En la vida hay momentos que reemplazan todas las medallas, ascensos, bonificaciones, seguridad, estabilidad y regalías que puedas obtener en tu profesión, son momentos decisivos en donde piensas que todo se puede acabar en un minuto.
Esa decisión la tomé yo, no hubo plan, no hubo oportunismo, hubo la oportunidad de demostrar lo mejor de mí y el plan se tornó deliberado, se hizo camino al andar.
Muchos piensan que, luego de haberle escrito a Correa pidiendo que sea honesto, que sancione la corrupción y que luche contra la impunidad, fue mi inmolación; en esos momentos por supuesto que fue así, pero conforme pasaron los días me di cuenta que servía para esto, para enfrentar a tiranos, a comandantes flojos, falsos y mediocres, a saber resistir a tantos y cuantos que me atacaron como pudieron, en forma directa o indirecta; pero algo dentro de mí siempre me dijo que actué como correspondía haber actuado.
Quizá en estas épocas, perder un trabajo, al cual renuncié sin dudarlo, sin un atisbo de cobardía y de manera certera, sea considerado una locura, pero permítanme decirles que a pesar que mis decisiones se enmarquen como la lucha de David contra Goliat, jamás me arrepentiré de lo que hice, pues no creo que exista un solo ser humano en el mundo que se arrepienta de sacrificar su vida por HONOR.
Al inicio como en todo proceso, es lo que suele ocurrir, pero conforme pasa el tiempo la técnica se va ganando, la doctrina que antes era militar va tomando forma y se torna en estrategias aplicadas a todo nivel y en toda ocasión, más aún cuando empiezas desde cero, aglutinas gente buena que piensa como tú y sobre todo tienes la capacidad moral para decir NO a los que muchos dirían SI o visceversa.
En fin, las condecoraciones quizá den testimonio de que fuiste “bueno” para algo; o, al final te las regalaron, pero en resumidas cuentas la medalla de oro en la vida te la llevas cuando sabes tocar fondo y empezar desde cero.
Cap. Edwin Ortega S.
Madrid, agosto 2019
Deja un comentario