HTF_Ortega_Edwin_pdf__página_85_de_213_.jpgMuchos no lográbamos entender que la tradición era la verdadera razón de ser, la que inspiraba, motivaba y empezaba a fraguarse en los futuros Oficiales de Marina. En estos jóvenes se vertían principios militares que en la Escuela Naval se inculcaban a toda hora del día, desde la diana hasta la formación de la lista de coys1; e incluso, hasta el final de la jornada, cuando el último de los castigados pasaba al “fondo naval”2.

La palabra Guardiamarina, semánticamente, significa: “estar en la mitad del buque”; es decir, jerárquicamente no era considerado ni oficial ni tripulante. Término procedente del vocablo sajón midshipman (Alférez alumno). Más tarde se gestaría un concepto para señalar que “el joven que, tras seguir el mandato de su verdadera vocación, se preparaba en la Escuela Superior Naval para alcanzar el título de Oficial de la Marina de Guerra del Ecuador3.

Los valores militares iban desde el respeto profundo a los símbolos patrios hasta el simple pero auténtico saludo militar, desde el desempeño de una guardia rutinaria hasta el cumplimiento de misiones especiales de alta complejidad.

El saludo de la mano hacía reminiscencia de los viejos marinos británicos que, en señal de respeto a sus superiores, se quitaban la gorra o sombrero marinero. Esta vieja costumbre pulida por nuestros antece-

  1. Especie de litera portátil que los marinos utilizan como cama a bordo de las unidades, especialmente a vela. Lista de coys es utilizada como el momento de la formación en que se envía a la guardia a sus puestos y al resto del personal a dormir.
  2. Frase usada en la jerga naval para referirse al descanso o sueño. Indica que va a dormir.
  3. Libro de Tradiciones Navales de la Escuela Superior Naval “Comandante Rafael Morán Valverde”.

sores a lo largo de los anales de la Institución. El saludo era enérgico, con la mano extendida a la altura de la sien derecha y con el codo formando un ángulo recto con el dorso. En la izada del Tricolor Nacional, los pitos o clarines matizaban los honores justo en el momento que ha llegado al tope de las astas la bandera de la Escuela Naval, la de la Armada Nacional y del Ecuador, respectivamente. Para nosotros este acto se había convertido en todo un ceremonial. Inclusive, en momentos cívicos y domingos lo hacíamos al unísono de las sagradas notas del Himno Nacional. Al ser arriadas, el procedimiento era el mismo, pero en orden inverso. Mientras que, cuando las doblábamos, las tres banderas quedaban en forma triangular y con un doblez casi a la perfección. Los fusileros nos escoltaban hasta el Cuerpo de Guardia.

Cuando tuve el honor de pisar por primera vez la Planchada, el Patio de Honor, fue un impacto, pues, en ese pedazo de cemento se forjaban jóvenes soldados, retoños de la Marina valiente y estoica, altiva y emprendedora. Éramos una juventud sencilla y soñadora, felices emprendedores y ávidos de servir a la Patria. Fueron horas interminables. En aquella Planchada aprendimos a marchar, a llevar un fusil, a ejecutar el paso regular en armonía con el paso del resto de camaradas dentro del Pelotón de fusileros. La mayoría de actos castrenses se veían engalanados por la gama de uniformes que cada Escuela Militar vestía, especialmente en los desfiles.

La Escuela Militar encabezaba los desfiles cuyos cadetes vestían la guerrera blanca que les daba casi a las caderas, el pantalón negro de lanilla con su característica franja amarilla y el flamín que variaba de colores dependiendo del pelotón a que pertenecía cada cadete. Mientras tanto y a continuación, la Escuela Naval se engalanaba con su flamante cuácara, una guerrera negra hasta la cintura y con cuello cerrado, con botones color dorado finamente alineados a lo largo de dos hileras. El pantalón blanco, terso e impecable, con una fina línea negra que parecía ser una continuación tenue de la cuácara. Los botines charolados y calcetines negros. Se usaban ligas con el fin de que, en el paso regular, se aferre el pantalón a las piernas y se aprecie el ángulo que no solamente hacían las piernas con el suelo, sino la elegancia que se formaba entre el zapato y el tobillo mismo. Era la esencia gallarda del paso frente a la tribuna.

La representación excelsa de la Armada se daba, sin lugar a dudas, con el paso gallardo y estoico de la Escuela Naval. Desde lejos se apreciaban a los marinos de guerra, su impecable gorra blanca con el escudo bordado en hilo de oro, tradición imperecedera de un uniforme, de un porte, de toda una leyenda. Lentamente se acercaba el pelotón de pelotones al ritmo de la melodiosa marcha que entonaba la impertérrita Banda Blanca. A la cabeza, el tambor mayor, con sus cordones que, naciendo en sus hombreras, color negro con dorado, y que terminaban en uno de los botones de su cuácara, lograba distinguirse por su excelente porte militar y paso regular. Su estatura y garbo lo hacían acreedor a tan distinguido puesto. Era el primer marino en desfilar dentro de las paradas de la Fuerza Naval, quien, después de las autoridades, rompía la gran parada.

El Pelotón Comando o Banda de Guerra llevaba a la cabeza de sus filas los bombos. Estos Guardiamarinas se distinguían por espigados y buena contextura para cargar los instrumentos que no dejaban de pesar. Luego venían las liras, apenas cuatro, en armonía casi sinfó- nica con el resto de instrumentos. Ellas ponían el toque de elegancia a la Banda de Guerra. Los tambores, Guardiamarinas enérgicos. Sus melodías representaban la esencia misma de las marchas militares que, en congruencia con los clarines, atisbaban las grandes batallas cuando, en las cruzadas o guerras del Medioevo, eran enviadas las olas de guerreros con melodías militares; cuyas gestas eran atesoradas con el toque del clarín, el redoble de un tambor y el retumbar de un bombo.

De pronto, la Banda Blanca hacía alto a sus armonías castrenses, mientras la Banda de Guerra de la Escuela Naval, en coordinada acción, levantaba sus rodillas en su última parada previo al paso regular.

–¡Escuela Naval, desfile de honor, por pelotones, honores a la derecha! -era la voz bizarra del maestro de ceremonias que daba las órdenes para que los Guardiamarinas comenzaran su avance hacia la tribuna de las autoridades.

Inmediatamente los clarines, cual aproximación a combate, entonaban sus agudos sonidos; acto seguido, irrumpían los rugientes tambores y los explosivos bombos. La Banda Blanca, sinergia musical, esperaba el último estruendo del bombo de la Escuela Naval para comenzar con la marcha de paso regular.

La Banda de Guerra, escoltada por los pelotones de fusileros, avanzaba a ritmo lento, armonizando su paso con el bombo gigante de la banda. Tres sonidos estrepitosos y cadencias daban el: “¡atención vista a la de re!”. En acto casi imperceptible los Guardiamarinas comenzábamos a levantar las piernas formado entre ellas y el piso un ángulo de cien grados. El espectáculo toma excelsitud con la mirada estoica y elegante, con el mentón ligeramente levantado hacia la tribuna y con la mirada fija y orgullosa hacia días mejores, demostrando la imparcialidad y solvencia de joven soldado.

El pito marinero significó mucho en las jornadas, tanto en tierra como en mar. Todas las actividades eran anunciadas a través de él dentro de los entrepuentes y cubiertas. Contramaestres, mensajeros de guardia y cabos de entrepuentes lo cargaban consigo en todo momento. Todo tenía su razón y su objetivo. En las navegaciones a bordo de las unidades de la Escuadra Naval nos daríamos cuenta cuán importante fue conocer las diferentes melodías y significados que se podían entonar con el pito marinero. El viento y el estrepitoso vaivén de las olas impedían que las órdenes en cubierta fuesen escuchadas adecuadamente. Aún dentro de las cabinas y compartimentos, camarotes, camaretas, salas de máquinas, puentes, etcétera. La viva voz era difícil captar. De ahí que el sonido que emitía el pito marinero, con su agudeza y consistencia, era audible hasta en los ambientes de ruido y confusión más extremos. Su diseño de plata con latón, tradicional y hermoso, hacía de éste una herramienta invaluable para todo marino, especialmente, en sus labores de guardia, en cubierta, o en sus años de formación. Los honores en la Fuerza Naval eran engalanados con este imprescindible instrumento marinero, cuya acústica era vida para nuestros oídos. Fuimos felices y orgullosos con nuestras formas. Nuestro diario proceder no podía prescindir de ellas. Les dedicábamos todo el tiempo necesario a fin de pulirlas y perfeccionarlas. La Armada existía por la tradición inveterada de sus hombres en proyección a mejores días.

4 responses to “HTF: TRADICIONES NAVALES, HISTORIA Y LEGADO”

  1. Avatar de Galo Mendoza
    Galo Mendoza

    Gratos recuentos que rejuvencen a quienes pasamos por las Escuelas de Formacion Militar y Naval y Aerea. Solo puedo esperar que las tradiciones se mantengan y con ello se propague la cultura del respeto disciplina y cortesía. Las FFAA siempre estarán en nuestro corazón y esperamos de ella, gallardía, decencia y orgullo para que nuestro pueblo jamás sea mancillado o sometido a injustas tiranías.

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    1. Avatar de capitanortega

      Que así sea mi comandante. Un abrazo

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  2. Avatar de Carlos Garcia Mata
    Carlos Garcia Mata

    Estimado Capitán Ortega:
    Espero que su espíritu de lucha nunca lo abandone, estoy seguro que en su caso se hará justicia.
    Valga la oportunidad para manifestarle que el caso se me había olvidado, pero ahora le prometo que me pondré en campaña con mis compañeros de la ASOGENAL, para gestionar con el mando actual, para que su actitud no sea olvidada, si no, por el contrario sea premiada como debe ser, como ejemplo de honorabilidad, valentía y lealtad con la institución y sus valores.
    Atentamente.
    Calm Carlos Garcia Mata

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    1. Avatar de capitanortega

      Muchas gracias mi Almirante por su deferencia, seguimos en la lucha pero quien creyera que cada vez se pone cuesta arriba, le comento que estoy dejando la gloriosa Institución, es mi única forma de defenderme. le dejo mi número de fono señor 0993534958, a las órdenes

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