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Eran las dos de la tarde, los familiares de la dotación, miembros de la Armada y quienes pasaban por el Yatch Club Naval, ondeaban sus pañuelos blancos al ritmo de romance de mi Destino, deseando la buena suerte y el marinero buen viento y buena mar. Era una calurosa tarde de invierno, con la presencia no muy grata de la lluvia pertinaz, parecía que El Niño se venía con sus desates característicos en la zona de convergencia intertropical. La despedida a la Dama Blanca se dio en medio de los honores de ley; no faltó la bendición del Capellán y los discursos navales de rigor por parte de los jefes militares. Intempestivamente comenzaron a sonar los pitos con su tío–tío, anunciando, a toda la dotación para que comenzara a subir por alto. Guardiamarinas y tripulantes se enfilaban a lo largo de la cubierta, otros se alistaban a subir por alto. El Alférez de Fragata Gabriel Carrión subía veloz por la jarcia, tenía que hacerlo, pues, detrás de él venían los oficiales y Guardiamarinas a quienes les habían asignado honores por alto desde la gavia1 alta hasta el sobrejuanete2.

Los honores por alto se mantenían hasta que el Comandante lo considerase necesario, casi siempre cuando la Guayas haya sido perdida de vista en el horizonte. Luego del forty honores, toda la dota-

1. Segundo palo horizontal (verga) del palo Mayor de la Guayas.
2. Última verga de abajo hacia arriba, tanto del Mayor como del Trinquete.

ción pasaba al rancho, la guardia amarilla a ocupar los puestos y el Comandante al puente de gobierno, pues, la salida del Canal reque- ría de mucha acuciosidad; en especial cuando, en el bajo de la barra la sonda podía, dependiendo de la marea, marcar hasta cincuenta centímetros bajo la quilla.

El Comandante ordenó al Jefe de Maniobras que toque Maniobra General, esta vez fue “descubierta”.

Aquí, simplemente nos preocupábamos que los aparejos se encuentren bien aferrados, los quitamiedos bien trincados. Si había algo que estibar, se lo hacía; y, a arranchar la maniobra. Las faenas en la mar nos daban la confianza para una reacción oportuna y, sobretodo, identificarnos con nuestro nuevo entorno como navegantes: el mar. Comenzábamos con la constante práctica de zafarranchos de abandono. Mientras el buque, con un sopor intenso bajo las cubiertas, por una inesperada falla en la planta de aire acondicionado, navegaba hacia el Golfo de México, se recibía el agudo sonido del altavoz y de los pitos que informaban sobre ejercicio de zafarrancho de abandono de la unidad. Todos corrían por las cubiertas, la mayoría del personal recién se enteraba qué balsa salvavidas estaba asignado y qué implementos debían llevar. Tendrían que pasar vein- te y siete minutos para que los encargados de cada balsa salvavidas reportasen al Comandante que su puesto se encontraba ocupado y sin novedad.

Algunos oficiales se habían reunido en el puente de gobierno, eran más de las dos de la mañana, el Comandante aun sufría de insomnio. Quería romper con la soledad de su mando, por lo que, subió a departir con su séquito.

–Usted qué cree Alférez, cómo considera que las corrientes están afectando en esta pata. -Obviamente, el Comandante, se refería a la parte más larga del Crucero, tendríamos que navegar por casi veinte y un días hasta llegar a nuestro destino final, san Juan de Puerto Rico.

–Hay una deriva de dos millas de nuestro track mi Comandante, además, según el radar -indicaba el joven oficial mientras observaba detenidamente la pantalla del 914 raccal Decca de vieja generación- tendremos algunos contactos que nos obligarán a caer del rumbo que mantenemos. –Y usted considera que es necesario caer, reiteraba el Comandante, mientras fumaba copiosamente como si presintiera que algo más iba a suceder con la nave que comandaba.

Los Alféreces recién graduados de la Marina de Guerra, o en la mayoría de casos los Guardiamarinas de cuarto año de la Escuela Naval, eran quienes hacían una fase de su formación a bordo de este velero. A más de las exigencias en las aulas de Salinas, la Armada demandaba del esfuerzo de la dotación propia del buque, instructores y alumnos para que tripulen la unidad y se tornen embajadores itinerantes de nuestra Patria.

–¡Afirmativo!, respondía, casi sin pensar, el oficial recién graduado. Parecía que, en aquel momento, más primaba salir airoso de la interrogante de su Comandante que analizar y responder con criterio la pregunta.

En realidad, al Comandante no le interesaba ni lo uno ni lo otro, su instinto marinero invocaba una respuesta más profunda, que solo él sabía. No era necesario conocerla o más aún interpretarla, bastaba con sentirla y ligeramente meditarla. Y así fue, llegó el primer mensaje NAVTEX, información meteorológica, difícil de interpretar. Una repentina caída de la presión atmosférica, frentes fríos y frentes calientes se ocluían, un sistema de baja presión frente a nuestro rumbo, la temperatura que comenzaba a disminuir y una serie de mensajes de auxilio enviados por los barcos que se encontraban navegando en el área. Obviamente, el Comandante de la Unidad comenzaba a empaparse de toda la información posible, buscaba en su experiencia la mejor de las alternativas.

En el ir y venir de la información, el sol apenas nacía en el horizonte. Los Guardiamarinas, puntuales, salían con sus sextantes a cubierta con el fin de bajar sus últimas estrellas y calcular la posición del buque a través del crepúsculo matutino y una recta de sol. Ellos vivían su propio mundo cumpliendo con sus tareas en los diferentes departamentos y dejando a punto su libro de Memorias, requisito indispensable para aprobar su crucero a bordo.

Aprovechábamos para hacer nuestra oración diaria al Creador:

“Señor de Infinita misericordia bendice a este buque y tus hijos que lo tripulamos, danos fuerza y sabiduría para que seamos dignos representantes de nuestra fe y nuestra Patria, te rogamos por ellos también Señor y por todos aquellos seres queridos que dejamos atrás, cuídalos y protégelos en nuestra ausencia mientras surcamos los mares cumpliendo diariamente con nuestro deber”.

Sin perplejidad o duda, el Comandante disponía:

–Oficial de Guardia, comunique por el anunciador general, reunión de oficiales en la cámara de popa. -Era el líder quien daba la orden para recibir el asesoramiento de su Estado Mayor.

–Su orden, mi Comandante, contestaba el Teniente Pazmiño, con la preocupación reinante dentro de la unidad.

Quienes se encontraban en el puente de gobierno sentían, en carne propia, las órdenes del Comandante, habían visto su rostro, desde que subió al puente hasta el momento de observar el radar y constatar la situación meteorológica. Su larga trayectoria, su quilataje de líder, su preparación para enfrentar las situaciones más difíciles, hacían del Comandante de un buque de la Marina, algo más que presidir una empresa; estaba llevando a ciento trece hombres, a la vida o a la muerte, al éxito o al fracaso, al honor o al deshonor.

La gran responsabilidad de conducir a este buque a puerto seguro determinaba que su Comandante tome la decisión más acertada, que enfrente el problema inspirado en el gran cúmulo de conocimientos que la Armada le había proporcionado y en base a su experiencia a bordo.

–¡Navegante!, proceda a calcular el ETA (hora estimada de arribo) hacia los inicios del temporal.

–Oficial de Maniobras, cargue todo el aparejo y máquinas avante toda. –Mi Comandante, este momento dispongo de máquinas avante dos tercios. -Indicaba el Capitán de Corbeta, con la seguridad y solvencia de su actuar.

Esto significaba que el buque con su máquina principal, sin velamen, no podía dar avante su velocidad máxima, apenas alcanzaría los seis nudos; tomando en cuenta que la corriente estaba en contra. Estos instantes de apremio, ratificaban el eficiente entrenamiento de la dotación. En apenas minutos, la tripulación de un buque de la Marina pasaba a ocupar sus puestos de zafarrancho general. Quienes formábamos parte de ella, teníamos la obligación de cumplir, fielmente, lo que durante los entrenamientos habíamos aprendido y asimilado. De hecho, todo el entrenamiento se fusionaba en minu tos, estábamos ya viviendo la realidad. Ahora era cuando nuestras mentes y cuerpos debían fundirse de tal forma que ni el temor ni la desesperanza atenten contra de los procedimientos de emergencia.

Y fueron los meses de navegación, el régimen de estudios y la disciplina de los Guardiamarinas, los que encausaron nuestro comportamiento. Ellos determinaron, a la postre, para que, en los momentos de mayor apremio, reaccionáramos tal cual se nos había adiestrado, con calma, poniendo a flote todo lo aprendido. Se trataba de una situación real, donde la única opción de sobrevivir en altamar era mantener a flote la unidad con los equipos básicos en funcionamiento: máquina principal, generadores, los equipos electrónicos y sistema de gobierno. Para el Velero era un temporal el que acechaba. la baja presión llegaba a 712 mm de mercurio e incitaba pensar cuan inminente era su rumbo hacia el ojo del huracán.

Nuevamente el Teniente de Fragata Pazmiño reportaba al Comandante que estábamos derivando y que cada ploteo variaba considerablemente, ni siquiera por los vientos, pues, por orden del Comandante, el Oficial de Maniobras, había dispuesto cargar todo el aparejo, inclusive las velas cuchillo que nos hacían orzar hasta unos diez grados de escora. Esas velas y con el aparejo cazado a la banda en la que pegaba el viento, hacían que el buque incremente su velocidad que, en las mejores condiciones alcanzaba los doce nudos. Sin embargo, en estas circunstancias, debíamos evitar el menor daño posible a la Unidad, por lo que no se cargó todo el velamen.

¡Qué hacer frente a este temporal! El Comandante pensaba para sí que si caían a babor unos noventa grados del track que estaban siguiendo, lograría pasar apenas a una milla del ojo del huracán. Cada segundo que pasaba se tornaba inexorablemente adverso, el ambiente era tan pesado que nadie quería estar en el puente o en la sala de máquinas. Todos hubieran preferido en un zafarrancho ocupar, inclusive, los puestos más riesgosos como de control de averías o como gaviero en el sobrejuanete y no sentir la misma transpiración de quienes tenían la responsabilidad del buque más consentido de la Armada, la Dama Blanca. La tensión era tal que el Capitán Ramiro Verdesoto llegó a comentar tiempo después “…que el Comandante no aceptaba que los Guardiamarinas estén en el puente, y que los oficiales en curso, quienes también estaban embarcados, debían pasar inmediatamente a la camareta para estar listos, inclusive, para un zafarrancho real de abandono”. La exigencia marinera a bordo del Buque Escuela Guayas obligaba que, tanto oficiales en curso como Guardiamarinas, den lo mejor de ellos.

Mientras tanto, en la sala de máquinas, la guardia y todo el personal de este departamento permanecía en máxima alerta. El suboficial segundo Juan Mora trataba de infundir la calma en los demás. Asignaban trabajos adicionales todo el tiempo, desde el control de los indicadores del tablero principal de la máquina y generadores, hasta el simple achique de las sentinas. Uno de los mayores inconvenientes que se vivía en la sala de máquinas era que, por el constante cabeceo y balanceo del buque, las bombas no funcionaban al ciento por ciento. Las tomas de mar comenzaron a trabajar en vacío degenerando una deficiente refrigeración de la máquina principal y generadores. De todas formas y bajo la presión que, inclemente, ejercía la naturaleza, la dotación en la sala de máquinas y control de averías supo reaccionar con arrojo, valentía y profesionalismo. La situación empeoraba, sin embargo el buque comenzaba levemente su caída.

–¡Confirme timonel! -era la voz impaciente pero segura del Comandante.

–¡Así como va cero tres cero, señor! -replicaba no menos nervioso el tripulante timonel.

–Confirme cuando alcancemos el tres seis cero marino. -Replicaba el Comandante, ahora con su rostro más sereno debido a la casi imperceptible reacción de su Unidad.

–¡Los equipos están respondiendo mi Comandante. Cargado todo el aparejo, máquinas avante toda y con el gobierno funcionando el buque no tiene otra opción que responder a nuestro instinto marinero! -Indicaba, casi a gritos, pero con su sentido del humor característico el Jefe de Maniobras, dando a conocer el terrible esfuerzo que toda la tripulación había hecho y se mantenía haciendo a fin de sacar al buque del borde de la tormenta.

La caída a babor nos alejó del ojo del huracán, apenas unas mil yardas más de lo estimado. De todas formas, parte del temporal, vientos muy fuertes y olas gigantes alcanzaron a golpear sin cesar a la Unidad. A pesar de que el buque se encontraba bien amarinerado y con toda la tripulación lista para enfrentar al temporal, los daños no se hicieron esperar. El mascarón de hierro estaba partido. Las velas, que estaban bien adujadas, se arrancaron y las que estaban cazadas resultaron rifadas y desprendidas de las vergas. La toldilla estaba irreconocible; cabos fuera de sus cabillas y el compás maestro de popa fuera de servicio. Ello fue el resultado de la violencia con que la madre naturaleza se había presentado ante nosotros aquella mañana de abril.

Sin las ínfulas del feroz huracán y sin esperar su vaivén furtivo; los oficiales, tripulantes y Guardiamarinas meditábamos y elucubrábamos sobre lo ocurrido. La Dama Blanca seguía navegando después de la desigual batalla con la naturaleza, ella salió victoriosa y todos sus hijos airosos y orgullosos de haber demostrado su espíritu marinero a toda prueba.

Nunca nadie imaginó que el Caribe, en especial el mar de las Antillas, iba a desentonar la armonía del salobre ventarrón, más que brisa y menos que un suave suspirar, la efímera travesía del buque de instrucción en medio de un día totalmente despejado que ni siquiera presentaba las características de un posible mal tiempo. Sin embargo, el futuro inmediato había sido otro. Bastaron treinta y dos horas para que el paraíso fugaz y apasionante haya transgredido la paz de una tripulación y como verdadero embate, aseste el peor de los temporales durante los cinco últimos años en medio del Caribe Central. Ya al final del Crucero, en medio del remanso hogar y seguros de pisar tierra firme, nos enteraríamos que el ojo del huracán que logramos evitar, fue lo que quedaba del “Andrew”, uno de los monstruos naturales que llegó a causar los mayores estragos a la costa este de los Estados Unidos de Norteamérica. Su paso por la Florida había dejado desgracias personales y daños materiales incalculables.

El marinero Carlos Cortez recordaba con una ansiedad casi incontrolable: “Cuando el jefe del palo mayor, mi Sargento Pincay, alcanzó a pitar el tío-tío que significaba que comenzáramos a bajar; mi compañero, el tercero de la gavia alta, no tenía asegurada su silla a los palos por la excesiva confianza al descender, pues, la lluvia pertinaz hizo que se balanceara forzosamente hacia nosotros. Gracias a un acertado gesto, casi divino, el hombre logró aferrarse al borde de una vela con una mano, y con la otra a mi pierna. Para mí, no solamente hubiera quedado el crucero allí, sino mi propia existencia. Logramos salvarlo”.

Durante los temporales fueron no pocas las experiencias vividas por cada uno de los miembros de la dotación, especialmente para aquellos que desafiaban a la misma muerte desde las alturas de los palos y las vergas. Eran los marinos que trabajaban en cubierta, hombres valientes que, con o sin quitamiedos, de día o de noche, con mar calmo o embravecido estaban siempre prestos en las jarcias. Fueron marinos de guerra demostrando su espíritu aventurero en la Dama Itinerante.

Por esta experiencia vivida y mil situaciones más, los marinos que hemos tenido el orgullo y honor de haber pisado su hermosa cubierta, la recordamos con amor, y, cual hijo agradecido, pedimos a Dios con fe y profunda unción, que, la Dama Blanca, siempre tenga un metro bajo su quilla y un puerto seguro al cual arribar.

One response to “HTF: La Dama Blanca, memorias de un crucero”

  1. Avatar de Antonio Burgos espinoza
    Antonio Burgos espinoza

    Bien mi Capitán Ortega, soy Antonio Burgos SGOP(IF) SP. Me retire convencido de que mi Armada querida ya me había dado lo suficiente para salir a la vida de los «Mortales» educación y la satisfacción de conocer muchos países, pertenecí a la dotación de tres cruceros, porque?, …porque me enamore de ese buque, soy sobreviviente del Crucero Tall Ships Australia 1987/1988 donde fuimos puestos a prueba por el Ciclón «Cilla» donde nuestro velero mantuvo escoras de hasta 45 grados, solo los que hemos navegado ahí sabemos de qué estamos hablando, me siento orgulloso de usted, no soy infante de Marina pero si marino de vocación.
    Al leer su historia se me vienen a la memoria muchas anécdotas que casi siempre son las mismas, ahí se vive y se convive siempre igual, es uno de los repartos donde el oficial y el tripulante juntos sin ego ni complejos reman hacia un solo objetivo que es llevar al navío al derrotero trazado y al que sin tomar otro rumbo tenemos que arribar.
    Saludos y felicitaciones por todo lo que hace, mas quiero hacerlo en la parte que nos relaciona, que es el mundo de la publicidad, soy un aficionado a la publicidad no me considero el gran artista pero si se lo que hago y he dejado en mi camino, más aun en el ámbito naval, ya una vez me pusieron a prueba y me dijeron «Mi Sub Burgos» puede usted hacer un nuevo logo para COGUAR y les dije que “SI”, y el actual es el resultado de ese proyecto, bueno existen algunos, como el de DIRNEA, Capitanías, se mejoró el de ESMENA y algo más por ahí. Si mi capitán, soy de los que le gusta dejar huellas por donde pasa.
    Un abrazo y éxitos en todo lo que emprenda, la suerte es para los mediocres.
    Señor, Si señor.
    Atte. Toño

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