EO: Cuando recibí la notificación del Consejo de Oficiales Superiores, COSUPE, lo primero que se venía a la mente era saber quienes legalizaron mi persecución; al ser, mi última opción de reclamo y apelación, consideraba que un equipo colegiado cuyos miembros son de la más alta graduación de capitanes de navío, en otras Fuerzas son coroneles, no serían cómplices de semejante ataque a un oficial que ha servido plenamente a su Institución; y además que no se prestarían para legalizar una orden política a través de un vicealmirante que perdió su legitimidad moral. En honor a la verdad pude conocer que no elaboraron el acta con pies de firma de los miembros del Consejo, por la presión del vicealmirante Vallejo, haciendo que solamente tomen conocimiento dos capitanes de navío, entre ellos, el comandante Marcos Castro a quien semanas después abordé en la Base Naval Norte, afirmándome su decisión de haberme ratificado los diez días de arresto de rigor, a la vez, desconociendo el porqué no le habían hecho legalizar dicha acta.
Cuestiones así, hacen prever que hubo presión en quienes ratificaron mi sanción, y que la comisión que se reunió, pudo haber dicho lo contrario, pero al final de cuentas quien tomó la decisión fue el mismo vicealmirante Vallejo Game.
El Consejo de Oficiales Superiores que ratificó la sanción impuesta por un segundo consejo de disciplina, obvió consideraciones tales como las que en sendos oficios tuve la delicadeza de recordarles, como fue el hecho de haber viajado a Washington a presentar las medidas cautelares en la CIDH. Tomaron la decisión sin siquiera considerar un documento que estaba ya al nivel de tratados internaciones, pero prefirieron juzgarme por la presión política con un reglamento interno que ha sido, en mi caso, manoseado y mal utilizado.
La ligereza en el trato a un soldado
Una vez recibida la notificación para el cumplimiento del arresto el contralmirante Sánchez me supo manifestar que mientras más rápido mejor. Cada día se notaba más su nerviosismo en el manejo de la “papa caliente” como me llamaba cada que entraba a su oficina.
Con el simple hecho de que le hayan relevado del mando del comando de Cuerpo de Infantería de Marina, sacando a un oficial y caballero, el contralmirante Rafael Poveda, me producía asco el hecho de verlo al mando de las tropas élite de la Armada. El proceder de Sánchez en su podredumbre interna, no sólo militar sino espiritual daba a notar que me hacía un favor al comentarme todas las llamadas que recibía y cómo el manejaba la situación. Pero por supuesto, tenía la frescura de una lechuga putrefacta, actitud propia de los desvergonzados, de aquellos que carecen de dignidad y se venden por un plato de lentejas al mejor postor.
Esta clase de relación tenía yo con el contralmirante Sánchez, una relación de hipocresía en la cual no tendría otra opción de tomar las cosas con calma, pues jamás me imaginaría que todo lo que estaba sucediendo era el comienzo de mi batalla.
Recibí la ratificación del consejo de oficiales superiores, fui a mi camarote, llamé a mis abogados, y a Verónica, mi pareja, para que me lleve todo lo necesario para diez días encerrado en un frío y asolado camarote de la Base Naval San Eduardo.
Aunque parezca mentira, lo único que me mantenía con la moral alta era saber que podía escribir este testimonio y que tendría la compañía de mi mascota Titán. Difícil de aceptarlo, pero cuando uno es entrenado para lo peor, lo primero que se viene a la mente de manera mecánica, casi instintiva, es cómo reducir los riesgos y limitar la amenaza.
En efecto, recibí a la distancia tanto por llamadas telefónicas como de mensajes en redes sociales la solidaridad de miles de compatriotas, fue incuantificable, no obstante ahora que sigo enfrentándome al poder, me doy cuenta que muchos de ellos se han alejado por temor a represalias, con el simple hecho de saber que alguien pueda sospechar de alguna relación sea de amistad, profesional o laboral conmigo.
La visita de los oficiales y suboficiales de mi Batallón, en forma discreta, también me levantó el estado anímico, pues me pude dar cuenta que las cosas en mi Unidad se habían hecho de la mejor manera, cosechando sino la amistad, la lealtad de sus miembros. Ya no estábamos en la época de levantarnos en armas para respaldar a un comandante, estábamos en democracia demostrando la solidaridad en todo sentido. Atentando a mi moral
En mis diez días de arresto, pude al menos mantenerme comunicado a través de redes sociales con los ecuatorianos que estaban pendientes del atropello al cual me vi sometido desde hacía meses. El desenlace ni siquiera fue el arresto como tal, sino el hecho de que más temprano que tarde vendrían en cascada un sin número de sanciones.
La orden estaba dada, la cual era que debían sacarme de Fuerzas Armadas a como de lugar. Mis jefes pensaron que jamás optaría por defenderme, pues ellos siempre manejaron la tesis que a posteriori podría “quitarme” los diez días de arresto de rigor. ¿Cuán torpe me creían? cuan insulsos fueron!.
De hecho mi batalla legal recién comenzaría, así como comenzaría una persecución tan compleja que ni ellos mismos,
mis jefes, sabrían el desenlace a cambio de su honor.
En efecto, luego de analizar muy sesudamente su oprobioso comportamiento y su sumisa actitud ante los políticos, mientras cumplía mi arresto, decidí establecer tácticas para enfrentar a Correa y todos quienes operativizaron las órdenes. Sabía que eran grandes, poderosos y muchos más fuertes que yo, pero si actuaba con paciencia y conociendo sus vulnerabilidades críticas llegaría a su centro de gravedad: Rafael Correa Delgado.El engaño de un Hábeas Corpus
Cuando supe que podría tener la oportunidad de suspender el arresto mediante un hábeas corpus, tuve al menos, la certeza de que este trámite valdría la pena presentarlo, con el fin de que los días de arresto de rigor sean suspendidos, y se disponga mi libertad inmediata.
El dilema que manejábamos con mi abogada era si mi condición de “arrestado” conceptualmente distaba del concepto de “detenido”; lo que a la postre, -pensaba para mí- sería una cuestión que los accionados (los miembros del consejo de disciplina) iban a objetar.
Otra situación que me sorprendió, fue que mi salud iba degradándose poco a poco; y, a los pocos días del encierro, lo que de un momento a otro determinó que de una simple tos se me diagnostique bronquitis.
El juez, como era de esperarse, dictó sentencia en mi contra. Los argumentos de la parte accionada fueron tan parecidos a los descritos y esgrimidos en todas las instancias por los miembros del segundo consejo de disciplina, a los de la jueza Vanessa Wolf, a los de las autoridades y consejos que me ratificaron el arresto: “Sus peticiones no proceden porque quien violentó la seguridad jurídica del Mandatario fue usted, así como los procedimientos establecidos para juzgarlos han sido dentro de lo que manda el debido proceso”.
Además, cuando la jueza Lilian Ponce quien me negó las medidas cautelares, agregaba en su escrito que: «aparentemente» el consejo de disciplina (Segundo) ya vulneró mis derechos. Esto ocurrió el 23 de Noviembre del 2016, vergonzosamente no podían ocultar que estaban cumpliendo órdenes frente a un sistema de terror que se había implementado en la década del gobierno de Correa.
Lo más sorprendente fue que, en aquella tarde tenue de diciembre cuando, luego de siete días de ilegal arresto, los accionados debido a su falta de conocimiento y a un asesoramiento por demás burdo, entendían que yo “los estaba complicando”, a tal punto que uno de sus abogados, los mismos de patrocinio de la Armada Nacional, les asesoró en tomar fotografías en donde yo me encontraba cumpliendo el arresto. Luego, ya en la audiencia me harían llegar un documento en donde los accionados hacían ver que mi arresto era por demás “humano” y que no estaba incomunicado.
Pobre justicia, pobres accionados, pobre Correa!.
Mi madre acude a mi llamado
Creo que madre solo hay una, y eso lo pude evidenciar con su visita al quinto día de arresto.
Recuerdo claramente que me dijo que se me veía más delgado, y en efecto era producto de la bronquitis que me aquejaba, a tal punto que había perdido dos libras por día.
Mi madre, como siempre, valiente y altiva en su proceder, me supo manifestar que había hablado con Lenín Sánchez; a lo que yo me opuse rotundamente.
Mi madre, recurriendo a su buena memoria, señalaba que este sujeto era amigo de la niñez y juventud en Ambato. Yo era el que más claro tenía el panorama, pero el solo hecho de saber que un coterráneo de mi madre haya sido el “judas” y “poncio pilatos” de la Armada me daba vergüenza ajena y repulsión.
Dentro de los detalles que más recuerdo del arresto era que había un conscripto que, gracias a su calidad humana, me daba doble presa de pollo o doble filete de carne en los segundos, sabía que no me gustaba la sopa y me traía doble postre. Gracias a su gentil gesto de aquellos diez días le obsequié una ternada de deportes y un camuflado. Sé que aquel muchacho de quien no recuerdo su nombre, mantendré el recuerdo que en este mundo existe gente buena que no espera ni las gracias; pues como diría Platón, lo virtuoso en este mundo no es ser bueno; sino, el no ser malo.
Rosa María Sevilla, al final de cuentas, se llevó en su corazón que su hijo estaba viviendo la peor de las injusticias pero sobre todo contenta de que haya formado a un hombre de bien dispuesto a jugárselas el todo por el todo por nuestro bello Ecuador.Se acaba la pesadilla y comienza otra
Coincidencialmente, en pleno arresto, en mi universidad, el IDE Business School, en la cual estaba cursando mi primer año de un MBA en negocios, se veían las materias más complejas, finanzas y operaciones. Gracias al apoyo de mis compañeros pude mantenerme al día, al menos en lo que de tareas se trataba; no obstante, al haber cumplido el décimo día de arresto, tenía que cumplir con las clases del fin de semana.
Aquel sábado de la segunda semana de diciembre del 2016, prendí mi moto para que se caliente luego de haber estado sin funcionar diez días; mientras tanto me puse el blanco alfa, el uniforme con guantes y sable, que es simbólico y que de acuerdo a las ordenanzas navales debo vestirlo para dar parte que he finalizado el arresto.
No estaba el contralmirante Sánchez en la Unidad por lo que decidí presentarme al segundo comandante, Luis Ordóñez, quien tampoco estaba. En la cadena de mando el comandante Luis Kon era el tercero al mando; por lo que, me le hice presente. Siendo tal el miedo que se infundió respecto a la “papa caliente” que nadie quería asumir prerrogativas tan sencillas como el recibir parte de que había cumplido con el arresto. Kon, visiblemente asustado, me dijo que esperara a que Sánchez regrese a la base; a lo cual repliqué, que me urgía salir, pues ya había faltado dos fines de semana a clases de una de las maestrías más prestigiosas del país; y no es porque sea el IDE, sino la calidad de educación es de primerísimo nivel.
Tanta fue mi insistencia que, Kon, tuvo que llamar por teléfono a Ordóñez y pedirle autorización para que me retire.
Mi moto GS800 estaba que echaba humo, pues fueron casi treinta minutos de prácticamente “rogar” me dejen salir de la base a estudiar, a sabiendas que tenía incluso permiso para continuar con mis estudios en horas laborables.
Al final de cuentas, lo tenía muy claro, la orden estaba dada desde Carondelet, hacer hasta lo imposible, para que yo pierda los estribos, me insubordine y sea llevado nuevamente a otro consejo de disciplina y me den de baja por convenir al buen servicio. Cosa que nunca lo lograrían.