Cuando un soldado en servicio activo lucha silenciosamente sin exponerse ante la opinión pública es bien visto, pero cuando lucha a viva voz ante los mismos o peores enemigos lo vilipendian o marginan.
He tenido la oportunidad de estar en ambos escenarios, con las mismas botas pero con diferentes armas.
Hablando de política y milicia, en el primer escenario (servicio activo) cumplía y daba órdenes a fin de seguir siendo llamado “no deliberante” pero cuando el enemigo sobrepasó los límites y mis jefes no pudieron contra él vi la forma de decir basta! Quizá se logró algo, no lo sé, pero la historia nos va dando a cada quien el lugar que corresponde, a Correa y su mafia la cárcel, a los almirantes, generales y jefes, el olvido, y a mi lo que Dios me da cada día para cumplir la misión.
En el segundo escenario (servicio pasivo) la cosa es mucho más dura, ya no hay una Institución que te brinde ese sostén o paraguas, estás solo frente el mundo, salvo que decidas inmediatamente de haber colgado las charreteras, enrumbarte en esos movimientos que tienen dueño y que se dedican a la vida política empresarial torciendo la verdadera razón de hacer el bien común.
Al final de cuentas tú decides, ser un oportunistas más y escoger el camino más corto entre dos puntos o comenzar desde cero en ese mar de tiburones llamado política.
Todas estas medallas, insignias, charreteras y piochas me viven recordando que 30 años de vida militar no los puedo botar por la borda en decisiones aceleradas y mediocres.
Jamás me atrevería a formar parte de ningún grupo político pues, todos, absolutamente todos desvirtuaron el concepto del buen común por ende, prostituyeron la palabra política con el único fin de saciar sus más viles intereses.
Por ello he fundado uno, de y para patriotas: RUMBO.
Este cuadro con los sables más mi gorra y boinas me dan la luz de lo que fui, soy y seguiré siendo.
Como alguna vez les dije, no me interesa en lo más mínimo repartirme las cuotas de poder con quienes me pretendan dar las migajas o más, y no porque el poder sea malo, más bien es lo que se requiere para cambiar este maltratado Ecuador, sino porque llevo una vida digna y llena de sacrificios. Cada sello que brilla y otros que están ya oxidados por la falta de “brasso” me ha costado sangre, sudor y lágrimas y jamás cambiaría esta libertad que la conseguí a punta de pulso, una libertad de decidir entre lo bueno y lo malo, entre lo que le hace bien a la sociedad y lo que le termina destruyendo, a cambio de efímero poder.
Mi vida al igual que la tuya no tiene precio, sólo Dios sabe cuánto cuesta y por eso he decidido seguir luchando por ver un país mejor para todos y cada uno de nosotros.
En este cuadro, solamente muestro lo que más me ha costado, que es mi vida militar, de ahí la academia con tres maestrías y un candidato a doctorado solo me ha mostrado cuán egoístas pueden ser quienes manejan la educación y la información, de ahí que ha sido tan pobre la reacción de la academia en esta pandemia como la misma política que prefiero decir que me he educado con los libros, mis mentores y mi terrible avidez por encontrar la verdad al precio que sea. Los institutos educativos, en su gran mayoría, sólo buscan lucrarse. Rarísimas excepciones y mayor excepción en dar una educación de calidad.
El deporte, será motivo de otra publicación.
No me confundan, soy el capitán Edwin Ortega, nada más, las medallas y títulos quedan solamente para recordarnos en el silencio sepulcral de nuestra habitación y el susurro del Ángel de la guarda cuál es el rumbo a seguir… el resto es ya historia.


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