
La mañana calurosa del lunes 06 de abril del 2020, propia de un anómalo verano, que medio se ve afectado por leves chubascos de un invierno que no se quiere ir, recibo varias llamadas telefónicas.
Tenía pensado ir en busca de material para coordinar la elaboración de más féretros con carpinteros voluntarios, cuando decidí desviarme al hospital del IESS (Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social) de los Ceibos gracias a los contactos por mis publicaciones en mis redes sociales de los últimos días.
Ya en el punto, podía contar al menos unas treinta personas que daban cuenta de que los cuerpos de sus familiares que no eran hallados, cosa que solo se había previsto a manera de cadenas en redes sociales y ningún medio que se precise de ser serio había publicado algo al respecto en aquellos días. Por ello decidí investigar en dónde se encontraba el nodo o cuello de botella para que esto esté sucediendo.
Me es imposible creer que en un hospital que fue señalado como uno de los mejores del sistema de salud del IESS en la época de la revolución ciudadana esté ocurriendo esto. Que en un hospital público se estén perdiendo los cadáveres era algo que mi mente no podía aceptar. Pero después de cómo las noticias se iban desarrollando logré entender que además de ser una realidad era algo que recién estaría por comenzar en su real dimensión.
Se podía conjeturar en un inicio que el personal que labora en la morgue del hospital no haya estado completo, o que hayan ido renunciando o hayan enfermado en el transcurso de los días, etc. Más me inclinaba a pensar que podrían ser los trámites del personal administrativo, es decir la burocracia existente para recoger la firma de uno u otro responsable para lograr el tan anhelado documento: el certificado de defunción; o, en su defecto que los mismos familiares, dado el dolor y la presión sean quienes no estén cumpliendo con los requisitos tanto de las funerarias como del hospital.
Uno de los familiares decidió hablar ante mis cámaras a mi Facebook Live para decirle al mundo que es lo que estaba sucediendo en el trámite de entrega de cadáveres. Él señalaba que los familiares habían cumplido con todos los requisitos de ley, no obstante, eran quienes al reclamar el cuerpo para llevarse al camposanto a darle cristiana sepultura, estaban sometidos a una demora inexplicable, la misma que según ellos, era porque el hospital había traspapelado los trámites de los cuerpos. El caso de quién estoy contando esta historia es de una persona que había fallecido hace quince días por COVID 19, al escribir este artículo, no sólo que el cuerpo no ha aparecido aún sino que, no se sabe si es que está en el hospital o en los campos santos, muchos de ellos improvisados por el gobierno al estilo “fosas comunes” en los últimos días. Digo al estilo fosas comunes entre comillas, porque hay que reconocer que, el gobierno ha hecho el esfuerzo suficiente para que este último adiós sea de la manera más digna, con inhumaciones aún personalizadas pues cada cuerpo tiene su espacio, su nombre y su etiqueta en el campo santo. Uno de ellos, el que se ha implementado a la altura de la parroquia Pascuales en las afueras de Guayaquil, es al cual, actualmente, están siendo llevados gran parte de los cuerpos de las distintas morgues de los hospitales públicos y privados en Guayaquil.
Como esta historia, existen decenas a diario, pero siempre una segunda opinión no está demás en estos momentos de dolor. Hay que tener la esperanza de que nuestros familiares sean encontrados, en mi caso, la abuela de mis hijos, que en paz descanse, la saqué el mismo día del hospital y la funeraria, agilitando los trámites en dos días, logramos enterrarla en un campo santo vía a la Costa. Sin embargo, es una realidad que no todos corren con la misma suerte. El común denominador de todo este vía crucis es que aún no aceptamos la situación a la que nos vemos enfrentados, una pandemia y un sistema de salud colapsado en donde autoridades, privados y demás personas ya no pueden hacer más allá de lo que logran hacer en sus horarios de trabajo y quizá en muchas horas más de entrega desinteresada.
A todas las personas que se han comunicado conmigo y que me han permitido ayudarlas, en algo al menos, contactando a las autoridades o guiarlas en este proceso doloroso, les he manifestado que es hora de aceptar la triste realidad y que el ultimo adiós, así no lo sea, debe ser al momento que se deja al familiar en el hospital o sino en el mismo domicilio. Es duro y suena crudo decirlo, pero estamos en momentos en donde esta pandemia de alto contagio, sino entendemos su dinámica y no nos informamos como corresponde, podría morir mucha gente innecesariamente en este proceso. Confiemos en que el personal de los hospitales y centros médicos, morgues, funerarias y campos santos se llenen de sabiduría, amor a la causa y solidaridad, y no sigan cometiendo estos terribles errores, y que no se escuche nunca más que algún fallecido no ha recibido la cristiana sepultura que tanto anhelamos en esta época.

Deja un comentario