Un día más un día menos, pero con las siguientes cifras:

Dialogo a diario con gente de todos los niveles sociales y económicos, he interactuado con cada uno de quienes se han comunicado con nosotros, sea por los protocolos de ley, cal y féretros, de los videos y publicaciones en redes sociales trato de contestar a la mayoría de los comentarios; pero sobre todo, he logrado poder evidenciar la realidad de lo que ocurre en las calles de Guayaquil. La ciudad que tiene el 70 % de los casos de la pandemia a nivel nacional.
Todo redunda en que nuestra sociedad ha sido desnudada en fondo y forma, se le ha caído el maquillaje que siempre la cubrió en condiciones normales, aquel que disimuló las reales falencias en la estructura de Estado, empresa privada, sistemas varios y sobre todo a nivel humano; en donde por obvias razones, el lema que cunde es “cada uno se habrá de superar¨ o uno más coloquial como el “sálvense quien pueda”; no es solamente de un Estado fallido, es de un mundo fallido.
El problema en estos veinte días de cuarentena no ha sido quedarnos en casa, el problema radica en que no hay un rumbo ni brújula que orienten a los ecuatorianos a puerto seguro. Todo mundo te dice, es que la situación es a nivel mundial y que ni siquiera los países desarrollados tuvieron la capacidad de reaccionar o peor estuvieron preparados. De hecho, es coherente pensar en un historicismo que congela nuestro obrar, en donde el miedo nos paraliza y en el que hemos sido acostumbrarnos de la noche a la mañana a que, en efecto, no se puede hacer más.
Y, en ello, discrepo, pues cuando la amenaza y el enemigo a más del virus, nosotros mismos, nos hemos convertido en seres insensibles con una actitud muchas veces indolente y derrotista, no nos queda otra opción que sacar lo mejor de nuestro corazón y alma; y, ver la forma de sumar.
Por supuesto que, quedándonos en casa hacemos lo correcto, pero también, al ver que nada funciona, podemos hacer que las cosas vayan funcionando desde los pequeños detalles, reaccionando sin dividir a las políticas erradas, proponiendo sin desunir a las decisiones desacertadas y generando con entusiasmo, fe y esperanza lo que todos anhelamos, pequeñas ideas que en manos de quienes tienen la capacidad de ejecución, sean públicos o privados, logren materializarse.
Inclusive, aquellas ideas, en manos de cada uno de nosotros y en el momento oportuno, a una llamada de familiares de las víctimas, de enfermos o de fallecidos, hacer lo que es correcto y gestionar lo que esté a nuestro alcance a fin de aliviar su dolor.
Ya llegará el momento, en el mañana, dada la dinámica de la pandemia que nos preocupemos por lo venidero (alimentos, vivienda, trabajo, educación, etc.), pero para lograr el éxito tan anhelado de enfrentarla con altruismo y contundencia, debemos vivir tres días a la vez: el ayer, que debemos cerrarlo con la mayor cantidad de soluciones posibles, el día de hoy en el que batallamos por hacer que las cosas funcionen y el día de mañana en donde tendremos que concluir lo del ayer y del hoy. Es la forma de pensar a la que llamo, plan deliberado sencillo, controlable y flexible en medio de algo casi incontrolable y que no hay poder en el mundo que pueda dar una solución mediata ni a corto plazo.
Quién ha dicho que debemos esperar a las autoridades para actuar y hacer el bien. Desde niño en mi hogar mis padres me enseñaron que si las cosas no están a nuestro alcance, debemos hacer que estén a nuestro alcance.
Créanme, si no hubiéramos evidenciado lo que pasa en Guayaquil, los mediocres e incapaces hubieran seguido impávidos. No callemos, nada es normal en medio de lo anormal, lo último que pueden perder los seres humanos es la sensibilidad. Cuando eso ocurra estaremos perdidos.

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