El frío comenzó a entumecerme los dedos, así que hice una parada a la vera de la carretera para ponerme los guantes y la chaqueta interior. Iba desprovisto de señalización e inmerso en la neblina cuando logré divisar un balneario ubicado en la frontera con la provincia de Bolívar, disponible a tan sólo cuatro dolaritos. Una ocasión para aprovechar uno de nuestros productos turísticos y un proyecto con el que se han lucido. No eran exactamente aguas termales, como lo había previsto, pero el ambiente que traía consigo bienestar y amparo ante lo que aguardaba después de la densa neblina, era para volver.

La abundante lluvia me obligó a parar y cerrar bien la chaqueta, cuyo cierre no me convencía, porque ya estaba filtrándose el agua. La ruta estaba bastante botada y no en mal estado, sin embargo necesitaba un buen mantenimiento y señalética. Estaba a punto de llegar a la civilización en busca de un cafecito y una empanada. Pero tuve que esperar, porque tocó ir a pedir de favor que me facilitaran una posada para el abrigo.

El clima al día siguiente no amainó, fue tanto o igual de hostil para el motorista. Iba camino a Ambato cuando oscureció. No alcancé a llegar. Debía entonces armar el vivac y establecer la carpa para pernoctar en Guaranda. Aproveché también para grabar unas cuantas escenas. Al mal tiempo, buena cara.
El pancito con queso y el café calientes por la mañana frente a una panadería surtida. Y estaba Minerva junto a mí, al pelo; aún daba la talla la señorita. La panadera, una amable joven de entre veinte y treinta años proveniente de Lago Agrio que me atendió súper bien, escuchaba con atención el consejo que los millennials tienen que escuchar: no se desconecten de la política, su voto es importantísimo.

Una empanadita de queso y un pan me costaron treinta centavitos. En Estados Unidos o en Europa nos cuestan dos dólares o dos euros. Eso indica que hay empresarios conscientes, que hay emprendedores conscientes.


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