Rumbo a Macará y decisión de cruzar la frontera


La sensación más parecida a esto fue la que sentí al embarcarme en el buque Escuela “Guayas” en mi periplo internacional en el año 1998, en que recorrimos más de quince destinos abarcando el Caribe, la costa Este de Norteamérica y navegamos por el mar de los Sargazos. La diferencia radica en que en aquella ocasión tenía veintiún años de edad y hoy tengo 43, sumado a que tenía como compañeros de travesía a más de un centenar entre oficiales, tripulantes y guardiamarinas. Hoy es un periplo conmigo mismo de compañero y embarcado en una moto debo darle mantenimiento y cuidarla para llegar sanos y salvos después de cuatro meses de aventuras, regocijos, sentimientos encontrados, madurez física y espiritual y sobre todo seguir conociendo al hombre que vino por alguna causa a este mundo y que está a punto de encontrarla, pero no hoy sino después… quién sabe cuando.




Perdido en un pueblo pequeño
Encontrar a alguien que provea de una dirección correcta en Macará resulta tarea imposible. Por mas amable que es la gente, la configuración de la ciudad es compleja, no es de la manera tradicional de bloques perfectos ni cuadrículas lo que le hace muy difícil ubicarse a pesar de su corto tamaño. Además que es construida sobre una loma disforme y en donde la mayoría de locales conocen más del Perú que de su propio país. Cuando en el hostal averigüé donde poder cambiar dólares a soles peruanos me mandaron tres cuadras lejos de manera innecesaria, siempre considerando a la iglesia central como punto de referencia, cuando al fin y al cabo todo giraba alrededor del mercado central.
Si hay algo a primera vista destacable de Macará, es la cercanía abismal que precede a Perú. Como si de alguna manera el primer paso al desarraigo fuese tan contiguo, tan junto y próximo al final de una etapa que todavía no ha empezado. La redención parece aguardar tras celos cegados, tras esa bruma copiosa ofuscando los párpados. Atascado en la miseria pusilánime de un hogar con televisión y ventana al mundo con demás ventanales sin el diáfano esplendor que otorga una visión periférica, sobre la superficie en la que uno se ensimisma con soberana facilidad, en lo monótono, en una victoria pírrica capaz de invitar a ignorar las señales del afuera. Puede que anteriormente se haya proyectado así el mundo desde la platea del teatro, donde juega uno al espectador promedio atisbando siempre rescoldos apilados, a ser un dios que adora crear castillos de arena o roca tierna para echarlos abajo. Los fenómenos, los espectros adueñados por demás fantasmas huecos se ajustan a esa torpe necesidad: andar irrealizable, casi no vivir toda la facultad que la palabra desprende, tratando de alcanzarse estando muy lejos de hallarse completo, ser humano básicamente, ser ese barro noble que busca justicia sin poder definirla disociándose de por medio y actuando justamente creyendo que así, en efecto, lo hace. No hay un anverso a este modelo de moneda herrumbrosa. Hay deslices, y uno de ellos es el primer paso hacia la frontera. En vano, se trata de huir, de hallar una raíz primordial que otorgue plena significancia, de alcanzar un éxtasis místico en torno a la imagen, al ego alimentado por el ego emponzoñándose con el mismo aguijón. El paso definitivo hacia fuera de uno mismo es en realidad un regreso progresivo a esa maldición perentoria de ser y no ser, terminaciones aprehendidas simultáneamente. Habrán escenarios novedosos o pájaros pintos o jugos vegetales o lapidarios sin nombre o cruces de San Pedro atiborradas en la berma o un tesauro inagotable de cantares fantásticos, pero el fantoche, a pesar de sus fluctuaciones y recaídas, regresa al punto de partida que procuraba dejar atrás.
Hacia tierras australes comienza la travesía. El presupuesto podría alimentar un puñado de hormigas y un par de bocas famélicas. Recorre uno, cual voraz serpiente inofensiva, sinuosas rutas sin pretiles que amainen desvíos repentinos. Se alarga el soliloquio dentro del casco y las brisas deshojan racimos, el peregrinaje a voluntad o casi forzado impulso voluntario da el pistoletazo de salida en dirección a un lugar supuestamente mejor. Se da la ilusión de movimiento. Las acciones enmascaran los horrores, quizá buscando la expiación, la abreacción apresurada. Quizá un viaje pueda no solucionar las cosas o encontrar una identidad que jamás existió, pero da realmente la sensación (conformidad efectiva) de fungir como antihistamínico ante las severas repercusiones de ser humano, es decir, sentirse engañado por una incertidumbre capaz de envejecer cada año, tener la costumbre de renunciar y reclamar lo mundano, vivir acechado por una lacra acaecida al existir: el preguntar; pulular como una posibilidad inconstante, capaz de mantenerse estable y prontamente contradecirse al instante. Seguramente esta condición, la humana (agresiva y bondadosa en igual medida), sea tentada a removerse la piel, ansiando la desnudez y posteriormente la reinvención. Dicho a modo de fábula, la adquisición por el hombre de la conciencia de sí mismo se simboliza por el comer de la manzana y la pérdida de gracia, en consecuencia, la culpa asoma, el remordimiento es visible gracias a esa cáscara gruesa recubriendo al dúo procaz. Otra recubrimiento, un segundo trecho a trazar, puentes rotos en desnivel. No hay verdadera renuncia a los principios anteriores, sino un reordenamiento de camelos puestos en marcha. Der Geist es su pensamiento, no la praxis de su pensar incongruente. Segregado de las circunstancias interpretadas, existe para un quimérico descenso en caída libre, un ser en potencia frustrado, como si ante un abismo fuera un desecho cadavérico, condenado al ostracismo de un par de llantas en un sendero sin pretiles. El mundo está abierto a interpretaciones, puede uno incluso negar la realidad objetiva sin caer por ello en un subjetivismo radical, siempre y cuando la realidad esté sujeta a objetos tangibles. Es decir, siempre. Un espacio adquiere significado según la voluntad, asimila una apariencia, y como tal se haya condicionado el centauro a las consecuencias de seguir soñando con carices flexibles. Suspendido en la necesaria banalidad de ocultarse tras un velo de belleza, imagina los fenómenos como noúmenos. Ese animal, recolector de cenizas, lector asiduo de mandatos y violador excelso de lecturas sobre mandatos, lo ha hecho todo. Se desplaza a través de monzones llevados al sueño por otros ficcionarios. Magnifica la nada y falsea el futuro, así canta el dueño de esta cuna compartida. Disonante imprecisamente porque precisa el ansia, y además la traición para desplazarse fuera de uno mismo utilizando sus propios medios despliega una discordia con la sombra, puede habitar (e inhabitar) e interactuar con la tragedia que se ha creado: una ficción tácita e inasequible donde el vocablo “esencia” es por decoro un consuelo, no algo perentorio. Queda zozobrar, parecer moverse sobre aguas movedizas; muchas veces ciabogando a la ribera.
Tête à tête con lo real maravilloso, el tiempo se detiene súbitamente. Lo que antes no tenía descripción alguna, convergencia ninguna con la verdadera esencia de quien es partícipe del peligroso terreno arrabal definido por una secuencia de acciones, es, en apariencia, el aliento primero y último. Dígase que no ha tenido valor espiritual el asolamiento en el hogar, y que tampoco lo tendrá fuera de cualquier espacio. El espíritu radica en eso: en una búsqueda intelectual, emocional y vocacional. El fondo del horror, lo que no es permitido ser visto a ojos que sólo han vivido viendo hacia fuera, reside en no tener dónde residir. Como ya se ha mencionado anteriormente, existe una plena e incompleta ilusión en torno a la idea del desapego, complementada por la necesidad de historia y la necesidad intrínseca de utopía, lo que es normal. Pero la historia, a lo largo de toda la extensión de la palabra, persiste como un proyecto fallido. Hasta el día de hoy, siendo incluso conceptualizada través del tiempo, nadie puede afirmar haber aprendido algo de tal incipiencia. De lo contrario, quienes todavía se aprisionan en esta celda ajardinada a voluntad, no buscarían el propósito inicial. Distintos personajes moldearon el pensamiento contemporáneo, la academia del pensamiento no ha sabido escudriñar plenamente la psique de los hacedores históricos, quienes siguen manteniendo firme el telón de este escenario y se han encargado de parapetar los más grandes secretos del presente, el cual no es más que un trozo áspero del intelecto. Esa depredación de ideales póstuma se ha encargado precisamente de eso. Los seres humanos se proyectan de formas capaces de escapar del yo predominante, quien hace la vaga tentativa de comprender sus templas proyecciones a punta de Gutenberg o complacencias en favor de los demás para revitalizar el tedium vitae, algo que será titulado “servicio a los demás”. Es una repetición de actos llevados a cabo en varios escenarios, un ciclo sin retorno a la comodidad de la inexistencia. El resto de acontecimientos en lista, siendo tachados y conmemorados por futuras memorias analizando las descargas iracundas de sus antepasados, son el desarraigo del propio cetro de inanidad, la propia inexistencia, hallando el punto de conformidad clave, que es la felicidad, sin punto fijo de partida. En cuanto a este fenómeno, tan extraño y conscripto hasta el momento, Algo que no importa, porque la esperanza no es posible, sin embargo, está ahí. Ella se permite el sacro lujo de exigir lo que nunca ha tenido y, a su vez, no conseguirlo, al menos no completamente. El servicio a los demás recae en la vaga síntesis de un servicio, algo que no contribuye generalmente al beneficio general, más bien personal.
Macará

Macará (“este es un lugar hermoso digno de admirar”, según su etimología), entendida efigie de oportunidades, reinicio improbable cuya vigencia cantonal se remonta a 1902; su limitación natural es con el río homónimo. El caudal abre paso a “Los Funerales de Atahualpa”, a una infinidad de parques e iglesias relegadas de las estepas. Sobre su extensión de 578 km², constituyendo cerca del 5.2% de la provincia de Loja, repleto de balnearios y hornados, hay historias pertenecientes a nómadas cuyas vivencias podrían catalogarse en un compilado de 60’s sci-fi. Una completa armonía con el mundo persiste en los festivales, en esa conexión privada con la totalidad de las cosas, casi parecía que los de afuera, los desentendidos del saber incásico, padecían de simultanagnosia. La tribu Macarara moraba este paisaje arrabal de los Andes Bajos pisoteando la superficie terciaria, más estratificada a medida que hacia el yermo se avanza. La transición las llanuras abre las fronteras de un muro invisible; el sol golpea con fuerza y el aire se torna pesado. Cálida-templada asoma una región en 1837, repleta de casuchos desmadejados, fruto de una laboriosa reinvención perpetuada por el General Juan Otamendi, prócer de la independencia. Se radicó en Macará, endónimo aborigen, y logró cambiar charcos de lodo por calles y edificaciones. Pero si de fundaciones con etiquetado adjunto, sería menester pues, mencionar, la llegada del Capitán Felipe Tamayo del Castillo, quien, en 1787, se halló asombrado por los vestigios de pobreza, rezumantes de los apenas 102 moradores de algo que difícilmente podía ser llamado civilización a ojos del colono. Bautizó al sector con el nombre de “San Antonio de Macará”. Efectivamente, logró revestir la identidad sin daño aparente. La supuesta psicología de masas podía basarse completamente en que, debido al desconocimiento total de sus prácticas, pero total empleo de las mismas como si fueran un espectro necesario, no para trazar el rumbo anclado a una serie de métodos ideológicos, sino recorrerlo en favor de la supervivencia y, por ello, la mejor de las satisfacciones alimenticias, la percepción seguía intacta. Ellos, los otros, en su función práctica, reverberándose a un luctuoso mirar eurocéntrico, andaban como si nada hubiese pasado. La vida de los macareños fue incorporada a los márgenes de un bien mayor. El amo, así, consciente de serlo, se superpone a las consciencias inconscientes de ser. De manera similar, ocurrió con la identidad. En lo poco que realmente se puede llegar a conocer de una definición colectiva definida por un pensar colectivo, aparte de ser uniforme y maleable, es que nunca es seguro cuando ni de su folclore se está. Sin embargo, funcionó (teniendo en cuenta que esta palabrita ha sido un labrar súmmum desde principios del silo XX, será implementada como sinónimo de “bienestar común”). Los macareños se dedicaban a la pesca y a celebrar después de las jornadas laborales. Eran alegres. Nada era óbice de aquello por mucho que nadie haya mencionado ese trabajo cultural que realizaron sobre ellos. Fiestas, procesiones religiosas, Semana Santa y hasta corrida de vacas locas acompañadas de San Juanito y danzas pomposas con instrumentos ecuatorianos (dulzaina, bandolín o pingullo), además de su vestimenta basada en collares, sombreros y alpargatas, nacieron como un compromiso consigo y con el amor hacia la naturaleza. No se había reivindicado lo estropeado, era solamente una evolución voluntaria que posteriormente sabrían tomar los niños y, por supuesto, la academia como un sinsentido involuntario. Ahora, dígase que bien pudo haber sido esto una demostración de la identidad, puesto que, prácticamente, existe una identificación, pero, en defecto, ya no con la individualidad, sino bajo la tutela de un movimiento mayor, que es la propia creencia en potencia del pueblo tratando de realizarse. Además, si habría de ser idéntico, sería igual a otra edad, que siquiera habría de tener conciencia sobre sí misma, si es que se pretende hablar de una identificación a mayor escala, sino una serie de acciones previamente impuestas, heredadas culturalmente. Es una demostración de intenciones cuyo trasfondo no deja de asimilarse como una totalidad discorde. El conjunto es incapaz de demostrar algo consistente a menos que sea completamente conforme (funcionalmente puede, de lo contrario habría que observar al ser humano y sus constantes inconsistencias cuando quiere expresarse, la idea puede llegar, pero es necesario al menos conceptualizar el “llegar a algo”: verbo activo apto para modificar el sujeto pasivo. Un mensaje, sea a quien sea que trate de ser enviado, comunicará un fragmento de un absoluto, ergo, lo indecible, y, por ende, siempre inasequible por el receptor. Ese algo inconforme con su naturaleza cuenta nada, quizá la única forma de realizarse, el demostrarse a uno mismo (tremenda osadía), es utilizando obligatoriamente un lenguaje externo, que por antonomasia supondría el idioma, que (lamentable) cae en el mismo error que se ha venido exponiendo hasta acá. El único lenguaje idóneo para imitar el auténtico palpitar del alma es la música, que ya no es lengua, sino expresión. Y el San Juanito parece un participante preliminar para complementar la idea, debido a que no es solamente un género musical andino: se anuncia como un molde cultural, presente en mestizos e indígenas, estos últimos principales figuras pioneras del baile característico, cuyo destino original fue, en su génesis, el Inti. Empero, en la actualidad no queda verbo originario del Geist dispuesto a proyectar su voluntad, sólo una herencia hueca que paradójicamente sigue llenando los vacíos de seguir aquí, afortunadamente, es una mentira perentoria y una justificación de acciones infalible). Además, hasta el momento poco ha sido el ilustre desdichado o adverso afortunado en conversar activamente con su dios, desconociendo en el acto el glosario de ambigüedades que puede guardar tras de sí una imagen de fe. El comunicarse con la fachada de la creación personal sin siquiera comprender la razón de su existencia, es un conflicto superado, por decir de otra manera que ha sido evadido hasta ya no ser el ‘boca en boca’ de aficionados a complicarse la vida.
Los lugares turísticos de Macará pueden resumirse en la Reserva Biológica Jorupe, ubicada a cinco kilómetros de la ciudad principal, vigorizada por una fuente casi inagotable de especies endémicas de flora y fauna características del país. Muchas instituciones educativas han explorado este lugar debido al uso múltiple de sus cabañas adecuadas al turismo, al alojamiento de grupos de investigación o cualquier otro visitante, sin contar de por medio la experiencia, repleta de senderos y un clima soleado. Cuenta mucho decir que, los habitantes de este sector en la provincia de Loja se han nombrado gente hospitalaria, dispuestos a brindar ayuda a los extraños y a los atascados a la vera del camino cercano a los valles, lagunas y romerillos aleteando peliagudos enriqueciendo las tradiciones en artes que tanto ha venido atrayendo a los viajeros fronterizos como sector preferido para rentarse una posada antes de ausentarse de los encantos endémicos. También está la Laguna del Amor y la Playa Guayabito, esta última rodeada de un bosque seco acalorado, balneario idóneo, brazos abiertos para arrinconarse en ese trozo desolado por las rocas y las risas, muecas desiguales, pero tan semejantes a su naturaleza, a la extraña personalidad que les dio vida.
El haber detallado con vehemencia a Macará, es debido a que fue mi primer punto en la partida hacia mi periplo #UnPatriotaUnaRuta. No dejo de admirarme ante tanta belleza natural y disonancia humana, pues si estuviéramos en armonía, las fronteras no existirían más que en nuestra oscura mente.
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