Con mis amigos Raúl y los hermanos Cristian y  Francesco Flores arribamos a Cancún en donde  desde el mismo aeropuerto ya se pueden observar los primeros indicios de la gran fecha. Todo tipo de cajas de transporte y deportistas de varias nacionalidades se aprecian en el aeropuerto internacional de Cancún. Lo que más llama la atención es la aparente calma que reflejan los futuros «finishers». Éste es el término con el que se conoce a los atletas que logran terminar la competencia en el tiempo límite de 17 horas. La gran mayoría de gente opta por estos desafíos simplemente por demostrarse a sí mismo que son capaces, es decir les motiva el vencer sus propias debilidades. Otras personas optan por agradecer a la vida de esta singular manera, a su supervivencia a un cáncer o algún accidente muy traumático y que estuvieron cerca de la muerte.  Y, otra motivación, para otros, es descubrir el mundo a través del deporte.

Creo que todos y cada uno de los deportistas, independiente de su motivación, creen en el sacrificio y la dedicación como elementos vitales de todo ser humano. Los meses y años enteros dedicados al entrenamiento merecen el día de la gloria.

Una vez en Cancún, el viaje aún no había culminado. Todos nos embarcamos en un bus que nos llevaría a Playa El Carmen. Una hermosa ciudad de toque europeo, que por cierto la gran mayoría de turistas provienen del Viejo Continente, a diferencia de Cancún que la gran mayoría son norteamericanos. El aire cosmopolita de Playa El Carmen nos recibe de pasada, pues, inmediatamente nos embarcamos en el ferry que nos transportaría a la Isla de Cozumel.

 

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