Complementar la vida de un ser humano es algo que va más allá de las creencias o intenciones. Muchos de nosotros tenemos miedo a lo desconocido y mediante la brutal injerencia de los factores externos seguimos acrecentando ese temor  a algo. No obstante y conforme maduramos en esta vida terrenal vemos con detenimiento cómo otros seres humanos encuentran sentido a sus vidas. Eso es lo que ha ocurrido conmigo.

Esta historia data desde hace unos veinte años cuando ingresé a la Escuela Naval. El compromiso de haber realizado el bachillerato en el Glorioso Colegio Militar Eloy Alfaro hacía que desde el primer día del aquel septiembre frío de Salinas dedique todos mis esfuerzos a mostrar mi «talante» o la «madera» de donde venía.

Era un compromiso extraño, pues, de hecho cuando se es niño lo único que creemos es en ser como los adultos, y cuando estos son destacados, los niños queremos ser adultos destacados. Habían muchas personas que emular en el colegio, inclusive en las disciplinas deportivas sentíamos identificarnos con las más duras, aquellas de las cuales hoy se conoce poco, como el pentatlón militar o la orientación militar. Con esta vaga idea del deporte ingresé a la Escuela Naval en donde por primera vez vi que había un deporte que abarque tres al mismo tiempo. El triatlón nos abrió las puertas a los reclutas Navarrete, Echeverría y Ortega de aquella época, gracias a los guardiamarinas de 2do año Omar Arellano y Marcelo Apolo. Fueron grandes motivadores que hasta la fecha puedo decir que nos une una gran amistad. Claro que las «panaderas», como se les denominaba a las bicicletas de fierro eran nuestras preferidas. Las de aluminio eran para los más antiguos y de carbono o grafito ni que hablar. Así fue la juventud triatleta de aquella época, creo que fueron los inicios de admiración y respeto por este bello deporte. Llegamos a competir mucho, inclusive llegamos a ser campeones sin título y reyes sin corona, nos fascinaba correr por el malecón o Punta Carnero, ciclear a Punta Blanca y nadar al duque de alba de la rada de Salinas.

Ya como oficial, salvo porque la Armada me consideró en los durisimos entrenamientos para competencias de pentatlón y orientación militar, me hubiera desligado del deporte de alta competencia. No obstante, y debido al perfeccionamiento en mi especialidad de Infanteria de Marina, sumado al servicio en todos los rincones de la Patria, tuve que alejarme del deporte y de las competencias Inter Fuerzas. Podría decir que gracias al arduo adiestramiento de los cursos de fuerzas especiales pude mantener a mi cuerpo, mente y espíritu dispuestos ante cualquier prueba, pero esto duraría hasta los 35 años en que ya la factura por la falta de entrenamiento específico y por el maltrato de la mochila, aletas y fusil, iba a ser pasada.

La vorágine de la Academia de Guerra vino con vehemencia, no hubo manera de «sacarle la vuelta» al sistema, y las dianas de training fueron reemplazadas por las amanecidas en el power point, word, prezi o los mapas conceptuales del culebrón. En fin, poco a poco, la búsqueda de sentido a mi vida comenzaba a tomar forma. Por cierto, soy divorciado y tengo tres comandos a mi mando. Esto de hecho es una ventaja al tiempo de entrenar, tengo el apoyo y respeto de mis hijos, lo que me permite que cualquier decisión «extraña y loca» que rompa los límites de lo imaginado y no imaginado, lo pueda realizar sin mayor impedimento. Además, espero que ellos superen lo poco que he hecho en mi vida. La simbiosis y sinergia existe, padre e hijos, que se funden en dos generaciones que anhelan dejar algo a los que vendrán.

A mediados de este año decidí dar un giro importante a mi vida. Las madrugadas debían tener otro sentido. El abarrotar a mi estómago de comida no significaba para mi otra cosa que llenarme de calorías por llenarme. De alguna forma la serotonina que genera el deporte debía aparecer a diario en mi vida, los fines de semana debían dejar de ser los «san viernes» o los chuchaquis infructuosos del sábado o domingo. Quería estar «drogado» en medio de tanto estrés, y me habían dicho que la única forma era con la secreción de adrenalina y la endorfina después de una ardua jornada de entrenamiento.

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