La diana u hora para levantarse el día de la competencia comienza a las tres de la madrugada. Finiquitar los últimos detalles como arreglar los lentes, gorro y protectores de natación, además de la preparación de las ánforas o caramañolas para el ciclismo, al menos para mí se convierte en cuestión de vida o muerte. Según mis cálculos, en el ciclismo cada hora necesitaría 150 Kc que abarcaban 40 gr de proteína más 70 gr de carbohidratos, sumados a esto, la bebida isotónica que debe proveer los electrolitos vitales para no colapsar en plena competencia. La única razón para entrar en tanto detalle es simple, y es porque al bajarme de la bicicleta debo estar en condiciones de correr una maratón al menos en 4h30 min. Con estas expectativas, desde temprano el equipo de ecuatorianos conformados por Raúl Manotoa, Francesco y Christian Flores, Marcelo Montalvo, José Sandoval, Roberth Narváez y el suscrito nos dirigimos al comedor a nutrirnos de un desayuno liviano, pero rico en carbohidratos fácilmente digeribles, frutas bajas en proteína, algo de azúcares y unos 1200 ml de hidratante, sea jugo o isotónica. Los nervios, normales y propios de los seres de carne y hueso, aún no comenzaban a aflorar. Realmente estaba un poco inquieto por el tema «necesidades biológicas» en plena competencia, así que hice un pacto con mi organismo para que sea generoso en desechar lo que más se pueda antes de la natación. Para mi mala suerte esto no ocurrió y horas después me encontraría en aprietos.

El autobús se encontraba listo para llevarnos al complejo turístico de Chankannab. Ya en ruta tuve la oprtunidad de dialogar con un par de triatletas puertorriqueños y venezolanos. Cada uno de nosotros comenzábamos a exponer el porqué estábamos ahí, listos para la nueva aventura. Casi para todos los que deportistas con los que conversé, era su primer ironman, muchos sí tenían algunos medios 70.3, en donde habían ya ganado experiencia. Sin embargo, mientras el autobús se acercaba a la línea en donde se encontraban las bicicletas, los nervios comenzaban a aflorar. Unos éramos preocupados por mentalizar y visualizar la transición, otros, de la alimentación, otros de la vestimenta, otros de las fotos, otros de inflar bien las llantas, etc, etc. Cada uno comenzaba a labrar su propia historia del ironman. Me acerqué a mi bólido CANNONDALE, estaba hermosa, tenía pinta de haber sido dada palo por años de entrenamiento, sin embargo no tenía sino apenas tres meses en mi poder. La única bici que tuve la vendí antes de irme como Observador Militar a la República de Liberia, y desde el 2006 lo único que conocía de pedaleo era apenas unos cuantos minutos de «spinning» en el gimnasio. Mi bici, sino tiene la pinta de las CERVÉLO, TREK u ORBEA, tiene una muy buena reputación, pues Crissi Wellington, una super mujer, ganó tres veces el campeonato mundial del ironman en KONO, Hawai, así que me sentía motivado en manejar un bólido con tan buen performance.

Ultimé detalles, como colocar las ánforas en cada lado de la bicicleta, la bolsa de herramientas que por cierto contenía el adaptador y dos cápsulas de Co2. Tampoco sabía como utilizarlas, de hecho, una de mis oraciones en la madrugada fue dedicada a que no se me pinche ninguna llanta pues me hubiera demorado eternas memorias en cambiar la misma. Me cercioré de que en la bolsa azul que dejé el día anterior esté mi casco, los zapatos, medias y las gafas, claro está, un poco de mis caramelos con guaraná y cafeína que me servirían para «volver a la vida» en caso de descompensarme. No podía olvidar de dejar un poco de agua dulce para quitarme la arena de los pies y remojarme, pues aunque parezca increíble, el remojo de agua fría literalmente motiva a seguir adelante.

Los altavoces comenzaron a anunciar que nos embarquemos en las autobuses para dirigirnos al Hotel Presidente, de donde se encontraba la línea de partida de la natación con rumbo a donde nos encontrábamos en ese momento. Hice que me vuelvan a colocar el número en brazos y piernas y la última foto, gentileza de Luis Ramos «Luchito», buen amigo de Marcelo Montalvo que desde Guano, un rincón querido y hermoso de nuestro terruño se hizo presente para apoyarnos. En este punto de la competencia tratamos todos los ecuatorianos de estar unidos pero se hizo tarea imposible. Cada uno debía preocuparse de su propia logística y velar por su seguridad. Cualquier omisión se convertía en una pesadilla. El olvidarnos de colocar bloqueador solar, de tomar las pastillas de sal, de diluir los geles en las ánforas, de verificar las 110 psi de presión en las llantas, de probarnos los lentes de natación, de verificar el correcto funcionamiento de la banda cardíaca y los dispositivos de medición de velocidad, potencia, rotación en la bicicleta y de zancada y cadencia en la carrera. Estas mediciones se convertían en el «display de vida» para quienes al menos deseaban marcar un tiempo razonable en base a sus entrenamientos o en su defecto llegar «vivos» a cada una de las transiciones. Algo que me llamó mucho la atención de la T1 o «transición 1» era la organización de las bicicletas, de las carpas y de todos los jóvenes y adultos que participaban en la logística. Puedo resumir en una sola palabra: «perfecta». Los «pros» o élites, tenían su propio espacio, inclusive estaba el nombre de ellos sobre el andén.

En la partida alcancé a verme con Roberth y José, era un alivio en medio de los 2400 participantes. Hicimos las últimas apreciaciones y bromas propias de los ecuatorianos. A las 0645 salieron los pros, luego las mujeres pros y de ahí venimos el resto del mundo a las 0700. El espectáculo que se cernía ante nuestros ojos era maravilloso. No hacía falta una inmersión SCUBA en esos momentos. El agua era tan diáfana que las brazadas que dábamos generaban una espuma que contrastaba con los buzos que se encontraban a tres metros de profundidad filmándonos. Podíamos apreciar los corales, peces y la arena caliza propia de la península de Yucatán. Todos habíamos creído que la nueva ruta sería más fácil que la anterior, pero la caercanía a la playa hacía que se genere una pequeña resaca que en más de una ocasión no permitió nuestro avance. En cada brazada que daba habían dos competidores más a mi altura, todos luchábamos por nadar cómodamente; o me golpeaban los pies y talones o nos dábamos de manotadas inintencionales. Al final de cuentas, en menos de una hora alcanzaba a ver el muelle de Chankannah, había mucha gente esperándonos, entre amigos y familiares como jueces y personal de logística. Subí las escalinatas y rápidamente comencé hacer una lista de chequeo mental. Tomé mi funda azul y me dirigí a la carpa en donde me puse el casco, me coloqué las medias y los zapatos para ciclear. comencé a sentirme sofocado por el esfuerzo en el agua, pero sabía que el viento en la segunda prueba me refrescaría, al menos en la primera vuelta. Salí por la ruta establecida siguiendo las normas, brevemente me monté en mi cannondale en la zona establecida y comencé las horas más largas de mi vida sobre dos ruedas. Había mucha gente tratando de encontrar su «derecha» en plena carretera, además comenzaban casi en forma inmediata a orillarse los primeros  triatletas con problemas en sus bicis. La ruta era de Norte a Sur con viento en popa, en donde los regulares alcanzábamos no más de 34 Km/h. Esta pata del circuito que daba la vuelta a la Isla de Cozumel era la más bonita, pero no duraba mucho. a lo lejos aparecía el majestuoso mar, aún eran las 1000 am y no brillaba tanto como brillaría en la segunda y tercera vueltas por la posición del sol. Ya enfilados y paralelos a la playa, venía la parte más dura del ciclismo, viento casi de frente nos frenaba tanto que no pasábamos los 22 Km/h. la posición aeróbica, casi clavados en el aerobar servía para impedir que el viento no nos deje avanzar, las condiciones cada vez se complicaban más al punto que en la segunda y tercera vuelta gran parte de mi carrera fue en posición normal. El dolor de espalda se volvió insportable, pero el que me animaba era mi reloj, en contra de todo pronóstico lograba entrar cada vuelta en un promedio de 32 Km/h. Si las cosas seguían así podía terminar la prueba de ciclismo en menos de cinco horas cuarenta minutos. No obstante, la situación fue otra, el viento y el sol en la tercera vuelta estaban casi insoportables. Eran ya las once y media de la manana y recién me acercaba al pueblo, lo que significaba que cerca estaba el T2, en donde después de una vuelta más podría bajarme de la bici y comenzar la prueba en donde me consideraba más fuerte: la carrera. En efecto, las carpas estaban visibles y la gente se abarrotaba aplaudiendo sin cesar, justo ese momento pasaron dos motos y una ambulancia, creí que había pasado algo por lo inusual del acontecimiento, pero cuando vi que segundos antes de acercarme a bordear el T2 y comenzar la última vuelta  pasaba una máquina que solo le faltaba volar. Sin duda era el élite que iba a la cabeza de la competencia, no lo podía creer, él dejaba su «nave» y se preparaba en la T2 para comenzar la maratón, mientras que a mí, me faltaba una vuelta de casi dos horas en la bici.

Mi última vuelta fue durísima, ya no avanzaba del dolor de espalda, sin embargo físicamente me sentía bien, no había el tan temido agotamiento. Me acordaba que en una de esas breves conversaciones con Cristian Flores me decía que es bueno llevar una arcoxia para paliar el dolor de espalda en el ciclismo y otra para el mismo dolor pero en la carrera. Para variar no le hice caso y la factura me estaba pasando esta difícil prueba. En esos momentos lo único que quería hacer era bajarme de la bici y correr. En los puestos de abastecimientos ya no había gatorade helado y tampoco agua, por lo que de una u otra forma me mantenía hidratado con las sales y caramañolas que llevaba en la bici. lamentablemente eran mezclas que se había calentado considerablemente por tan canicular sol. Una de las situaciones que más me llamó la atención en esta prueba fueron los bloques de ciclistas que se generaban cada cierto tiempo y distancia. Eran unos enjambres de más de cincuenta ciclistas que alcanzaban grandes velocidades y que de hecho, quienes salían favorecidos eran los que iban en el centro. Tengo entendido que esto es trampa, tanto como el drafting «chupar llanta». De todas formas los jueces se dieron el trabajo de realizar amonestaciones y citar a los ciclistas al penalty zone, en donde debían permanecer cinco minutos castigados.

Cuando al fin llegué a la T2 me di cuenta que mi sensor cardíaco no funcionaba, me tocó poner a cero mi reloj y comenzar la maratón con otras mediciones. Lo más importante en estos momentos era entregar mi bicicleta, dejar los implementos a buen recaudo y alistarme para la maratón. Me coloqué los zapatos y comencé a sentir un dolor que jamás había sentido en mis piernas, ninguna sensación de las más duras y exigentes como nataciones largas con aletas, marchas militares armados y equipados y sin descanso, etc, etc; lograba compararse, bueno quizá, un 10 % del campo de prisioneros del curso de comandos. En fin, cada prueba superada ha tenido su dosis de dificultad. Creo que lo único que tienen en común es que en cada una de ellas el espíritu de fortaleza, corazón y anhelo de éxito han tenido que salir a flote. Convencido estoy que todos los seres humanos poseemos estas cualidades, simplemente unos deben emplearlas más a menudo que otros en el devenir de los años y en el pasar de la vida.

Una vez sentado para cambiarme los zapatos, observé a mi alrededor que todos en común queríamos algo, anhelo de no estar tan desgastados para empezar una maratón que se sobrevenía impetuosa al medio día. Con un sol que no solo quemaba sino que derretía, y con un desgaste corporal que bordeaba los límites. Me atreví a dar el primer paso hacia la meta final, lograr ser un IRONMAN, ser parte de ese puñado de atletas que rondan con ansias de éxito en cada rincón del planeta.

Lo primero que hice fue buscar una ambulancia, necesitaba un antiinflamatorio o algo que palee el dolor de mi apaleado cuerpo. Al kilómetro 7 hubo una ambulancia que para mi mala suerte solo tenía anti gripales pero no había otra alternativa, así que me puse al paso y me tomé con una pepsi cola heladita y un guineo. Esta maniobra hice cada cinco kilómetros, creo que esto me permitió llegar a la meta con vida. Sin exagerar el dolor que sentía en el cuerpo, era como que nunca había hecho deporte y me había lanzado al ruedo sin entrenar. Creo que ahí viene algo que se llama lucha interior, sin piernas y con un dolor de espalda terrible, no me quedó otra que ingeniarme para hacer de mi técnica para correr, un incremento de movilidad en el tren superior, es decir utilizaría lo que más podía a los brazos. Así fue, y el tiempo iba pasando sin cesar, además en las condiciones en que me encontraba perdí el control de la frecuencia cardíaca. para terminar mal o mejor dicho o terminar, preferí ponerme al paso en cada abastecimiento y brevemente ponerme unas esponjas heladas en la cabeza y espalda con la ingesta de todo lo que había. Además de las milagrosas pastillas de sal que cada media hora debía tomarme, debía, a cómo de lugar buscar hielo para milagrosamente recuperarme y seguir a la meta. Parece película de terror, lo sé, pero las palabras faltan para describir el martirio que fue la maratón. Insisito, para 3 meses de bicicleta fue un esfuerzo increíble lograr cerrar mi primer ironman en 11 horas 26 min 23 seg. A lo largo de las vueltas, es decir en el malecón de Cozumel, había turistas de los resorts que apoyaron sin descanso a los atletas. Nos pusieron música motivadora: Tarzan BOY, Eye of the Tiger y todas las electrónicas de moda. Esto también fue un acto inspirador, inclusive los niñitos recogían del suelo las esponjas secas y nos ofrecían creyendo que servían para algo. Ya al final creo que lo único que sirve es que el astro rey se haya ido a dormir y testigos vivientes de nuestro suplicio sean hoy las estrellas.

De los 2500 participantes llegué en el puesto 526.

El alto parlante anunciaba «YOU ARE AN IRONMAN», lo escuchaba claramente, a pesar que me faltaban aún unos 3 km. Fue cuando el valiente ecuatoriano Francesco Flores me pasó como a poste. Se notaba que le quedaba para largo mientras que a mi la meta definitivamente era el final de muchas cosas.

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