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Rosa María, no te descuides de la bebé, fíjate que ya llevamos horas de viaje y aún sigue dormida. –¿Cómo se encuentra?, decía el Mayor mientras conducía, extenuado, su camioneta.

–Mucho mejor -respondía la hermosa joven ambateña. Podre- mos, entonces, disfrutar de las largas autopistas y verdes paisajes del Estado de Carolina del Norte.

–Trata de ponerle el biberón de agua, con este sol necesitará hi- dratarse, -agregaba nuestro padre.

Entretanto, mi hermano Carlos y yo, disfrutábamos del paseo. Éramos los niños más felices del mundo. Teníamos cinco y cuatro años respectivamente. Jugueteábamos en la Ford station año 80 color celeste. Por más largo que pareciere un viaje, siempre sonreíamos y molestábamos con la sana inquietud propia en los niños de esa edad.

De pronto, la camioneta paró súbitamente. En un país lejano y ajeno las cosas se complicaban. Estábamos perdidos.

Mi padre aparcó a un lado de la carretera. Regresó su mirada por el retrovisor y sonriendo dijo: un premio para quien me diga ¿que ruta tomar? -mientras su mirada cautiva y profunda volteaba por so- bre mi madre, la bebé y nosotros. Nos embargó un silencio sepulcral, a más de la falta de una respuesta, se percibía la nostalgia, aquella que auguraba la impotencia de no poder hacer nada, de someter- nos al misterio doloroso del destino. Aquel que imprimía la ausencia anticipada de su presencia, la de vivir una de las últimas ocasiones juntos. No quedaba otra opción que reírse de la vida, disfrutarla,

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añorarla, amarla. –Papi, el mapa está en la guantera. -Dije- tratando de atinar el real rumbo que tomarían nuestras vidas, como querien- do perennizar esos instantes para toda la eternidad y orientándonos hacia el sendero de la resignación.

Mi padre, con gesto armonioso nos volvió su mirada; esta vez nos empaparía con sus bigotes bellos y labios dulces, tan dulces como el beso de un padre que se iba para siempre. Él fue un destacado oficial del arma de Fuerzas blindadas, gran parte de su tiempo lo dedicó a las Fuerzas Especiales, fue uno de los pioneros del Paracaidismo Militar ecuatoriano.

Mis abuelos siempre orgullosos me detallaban como él se había enrolado. En principio había dado pruebas para la Fuerza Aérea, pero algún problema en la vista lo dejó fuera de esa rama de las Fuerzas Armadas. Mi abuela Maminita solía prepararme un batido espeso de guineos y huevo, decía que mi Papá lo llamaba el batido de los pobres, pero debió haber sido con sentido figurativo, pues, de po- bre no tenía nada, al menos daba energías para cualquier actividad exigente, propia de la carrera militar.

Mientras tanto mi “Taty”, el abuelo Carlos, quien demostró una fuerza extraordinaria para trabajar, me decía casi siempre en sollo- zos y, con ojos idos y tristes debido a la pérdida de sus dos hijos y un nieto, que mi papá había sido muy valiente al sobrellevar en los últimos años de su vida tan terrible enfermedad.

Mi Padre sirvió en el Ejército por más de veinte años, alcanzó el grado de Mayor. Estuvo en la Brigada “Galápagos” de Riobamba, en la Escuela Militar “Eloy Alfaro”, Escuela Superior Naval “Co- mandante Rafael Morán Valverde” y Escuela de Perfeccionamien- to como instructor y profesor. Fue experto en selva con el curso de Tigres, Contrainsurgencia, Comandos; complementándose con los cursos de Paracaidismo Militar y de Jefes de Salto. En su Arma, Fuerzas blindadas, alcanzó la preparación completa en los tanques de guerra de la época. Sirvió en el oriente ecuatoriano, lugares tan lejanos como Lagartococha, Tiputini y Montalvo. Estuvo también

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en Playas, El Guabo y Saraguro comandando los distintos Grupos Mecanizados existentes en el sector.

Su diario trajinar como soldado, padre y esposo era normal, hasta que cierto día le aparecieron unas manchas extrañas, a lo que los ga- lenos de la época simplemente le denominaron cáncer a la piel. Muy insensiblemente le dijeron:

–Mi Mayor, con todo el respeto, pero le queda un año de vida. Un soldado con esa fortaleza, psicológica, moral y física, de pronto sometido a una de las más duras pruebas, al repentino e inexplicable ¡Alto!: usted no puede vivir más. En cuestión de minutos, toda una vida se volvía pasado, una cinta cinematográfica en reversa.

Volvía a recordarse la niñez, la familia, la milicia, sus hijos, su esposa… todo coartado por la dolorosa enfermedad.

Por qué estos males, por qué deben permanecer aún entre noso- tros, si hemos llegado al espacio, al fondo del mar, descifrado casi en su totalidad el genoma humano, la clonación; el hombre ha hecho cosas tan increíbles, sin embargo, hasta ahora no existen visos claros de encontrar una cura para el sida o el cáncer. La limitación humana nunca entenderá, irse inesperadamente de este mundo, más aún su- friendo, un cuerpo orgánicamente destruido, pese a una mente fuer- te y lúcida como para tomar decisiones hasta el último de sus días.

Todo se fue. Quien tuvo que soportar en carne propia el sufri- miento de mi papá fue mi madre. Asumió el último año de vida del soldado, en Washington, junto a mi tío Santiago.

El Ejército en correspondencia a la brillante carrera del joven oficial optó por enviarle como Agregado Militar Adjunto a la Embajada del Ecuador en los Estados Unidos de Norteamérica con el fin de que se le pueda ofrecer un tratamiento oportuno; o al menos aliviar el dolor que la metástasis le producía en las distintas partes de su cuerpo.

Éramos muy pequeños para comprender lo que sucedía. Pero sentíamos, sabíamos que nuestras vidas en aquel mil novecientos ochenta no eran normales. Las otras familias sonreían, nosotros di- fícilmente lo hacíamos, quisimos ser niños felices pero no fue fácil;

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queríamos jugar, disfrutar como nuestros vecinos, empero nuestro sufrimiento hacía que todo lo que era luz y alegría nos sea vedado. Sabíamos que la vida de nuestro padre estaba en lucha con su propio destino; no podíamos entender que el destino, implacable, sentencia- ba a una muerte que se venía y a una vida que se iba…

Sencillamente mi padre comenzaba su dolorosa partida, decidió no aferrarse más a la vida y más bien anhelaba que nosotros, mi ma- dre, mis hermanos y yo, la recibamos “preparados”, con cierta dosis de inocencia, incluso de insolencia, pues él se encargó de que ese año, el último de su vida represente lo que para mí ha sido, es y será su perenne presencia a través de no sólo sus genes; sino de su vivo ejemplo, de su humano amor y sobre todo de su estela de servicio, humildad, valentía y sacrificio.

El sol radiante, el ambiente fresco del clima templado ambateño pintaban el amanecer de un nuevo día. En las calles, la innegable hospitalidad paisana, gente que iba y venía a lo largo de la Avenida Cevallos, con la impetuosidad laboriosa de un pueblo que no sólo había recibido las omisiones típicas del centralismo sino, inclusive, de la propia naturaleza encargada de atentar contra su ritmo vital.

Ese fue el entorno que matizaba a un pueblo luchador, cuna de poetas, ensayistas, historiadores y cosmopolitas por excelencia. Urbe que surgió del espíritu inveterado de los suyos que luego de haber sido destruida por la fuerza inevitable de la naturaleza en el terremo- to de 1949, fue reconstruida con la jornadas, cuya euforia de civismo y gratitud se plasmaría por siempre en la Fiesta de las Flores y de las Frutas, uno de los carnavales más famosos y alegres del mundo. Quizá cada pueblo tenga su propia historia, pero ésta representaba la fiel complicidad del escenario adecuado para señalar el derrotero, aquel que más de un niño seguiría en pro de mantener los valores más profundos de patriotismo y de servicio a un pueblo, fraguados desde las filas castrenses.

Nuestra familia era numerosa. Mi mamá en su primer matri- monio procreó tres hijos. En sus segundas nupcias llegamos a tener

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dos hermanos más. La fortaleza y la perseverancia para alcanzar las metas fueron factores predominantes en su personalidad. Haber superado la muerte temprana de mi padre y soslayado un sinnúmero de problemas tras ella, determinaron una férrea voluntad para salir adelante y educar a sus hijos con exigencia y dedicación. Siempre quiso que fuésemos los primeros de la clase, muchas veces lo conse- guíamos pero en ocasiones cometíamos travesuras que motivaban a que recibiéramos las justas reprimendas.

Ella, una joven y guapa ambateña, hija de Doña Fanny Abad y del Dr. Carlos Sevilla. Sus hermanos Carlos, Santiago y Carmen Fernanda también crecieron en la sociedad cosmopolita ambateña. Un trágico accidente de Agosto de 1969 los dejó huérfanos de pa- dre a temprana edad. Mi abuelo Carlos fue un reconocido escritor ambateño, lideró varios centros para hombres de letras, filósofos y emprendedores de la ciudad culta. Fue rector del tradicional Cole- gio Nacional Bolívar y miembro de honor de la Casa de la Cultura del Tungurahua. Su memoria fue perennizada con su relato “llanto seco” y el hecho de permitir que sus restos mortales descansaran bajo el árbol de Moros, junto a ilustres escritores como Luis A. Mar- tínez, Juan Benigno Vela, significó el justo reconocimiento que Am- bato profesaría por él.

Mientras la ciudad crecía imperceptiblemente, nuestra familia tra- taba de adaptarse al nuevo ritmo de vida. Ambato era la ciudad que poco o nada había cambiado desde los años cincuenta; sin embargo, su gente hospitalaria y trabajadora buscó expandir el fruto de su esfuerzo hacia sus afueras. La metrópoli seguía irreverentemente, invariable.

Acertadamente mi madre nos matriculaba en una de las nuevas escuelas de la urbe, la Atenas, de corte neoliberal y objetivos pu- jantes. Esperaba una revolución educativa altamente competitiva, una implosión académica que a la postre hizo que sus estudiantes trascendieran a sus exigencias. Siendo retrospectivo, en esos días me dedicaba, en forma aparente, a calentar el puesto y, desde las aulas, a inmiscuirme en el mundo social de la ciudad.

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El olor de las tostadas de queso y jamón era la señal de que el recreo se aproximaba, salíamos embebidos de alegría, eran nuestros primeros pasos en la vida estudiantil. La señora Blanquita, relativa- mente joven para ser maestra, no pasaba de los treinta años, con- ducía, con cariño, a sus pupilos. Nos hacía sentir niños muy feli- ces, queridos y pacientemente guiados. Pasaban los días y la Señora Blanquita nos enseñaba las primeras habilidades manuales, a jugar con la plastilina, a coser un botón en un pedazo de tela y a escoger el baño adecuado cuando lo necesitábamos.

–Niño Luis, ¿qué está haciendo?, -preguntaba la maestra con tono más de admiración que de preocupación, era una mañana veraniega de la serranía. Obvio a mi impetuosa inquietud, no tanto por el he- cho de calificarme como un niño hiperactivo, sino más bien por mi inclinación a las travesuras y curiosidades propias de la edad. Fueron los primeros años de mi vida consiente, el quinto de vida en que el ser humano aglutina las experiencias intrauterinas, trastocadas por sus genes, comenzaban a construir la personalidad que se imprimiría a lo largo del resto de mi vida. Ergo de lo exultante de esta edad, de la inocencia que en grado sumo se iba perdiendo conforme los años pasaban; los primeros fueron marcados por el hito de aprender y asimilar. Todo, absolutamente todo, se apuntaba a lo que algún día seríamos: un adulto.

–Blanquita, estamos preparando una tunda1 para jugar con el resto de mis compañeritos -respondía atisbando al resto de los niños que siempre esperaban que yo tome la iniciativa, inclusive, en los momentos de mayor apremio. Siempre nos ideábamos para pasarla bien, al menos en Finados2 cuando disparábamos arvejas secas con tubos de hasta un metro de largo, sí que hacían daño. Fastidiábamos a las niñas de mil y una formas, era parte de la identidad que cada uno de nosotros iba adquiriendo a lo largo del kindergarten. Cuando

1. Tubo de 5 milímetros de diámetro y de 30 a 100 centímetros de largo. Utilizado por los niños espe- cialmente para lanzar arvejas secas en Finados.

2. Fiesta Nacional en la cual se honra a los difuntos.

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regresábamos a casa con los reportes en mano, lo que más teníamos en mente era la reacción de nuestros padres, en mi caso, el temor que imprimió mi madre debido a que mi hermano Carlos Gustavo, mi hermana Rosa María y yo éramos castigados por cualquier travesura que hacíamos, los métodos no eran placenteros por cierto.

Los fines de semana que el señor Mariño nos llamaba a la nue- va escuela, construida en la parroquia rural de Izamba, íbamos ya preparados. Sebastián y su primo el Suco llevaban los silbadores y sonajeros, yo el tubo de la absorvedora de la casa, obviamente sin el consentimiento de mi madre. En el receso de las diez de la mañana preparábamos el “arsenal”, lo dejábamos listo para emplearlo.

Era un sábado de aquellos en Izamba, un cielo azul despejado y el sol canicular, típico en esas bellas tierras serranas, cuando llegó la hora de “apuntar” las “armas”. Era el tubo de la absorvedora enfilado desde la ventana hacia la torre de papeles higiénicos que había en un aula y que seguramente era el producto de la aportación individual de cada niño.

–¡Listos! ¡Fuego!, a mi señal prendíamos fuego al silvador.

Los primos húngaros, camuflados, si se puede decir así, detrás de una gran pared fuera del aula, “disparaban”. Además, cumplían la misión de obsevar sin ser vistos, propio de los francotiradores pro- fesionales. Nuestra “travesura” se convertiría en pesadilla: el aula del 3 “A” al parecer estaba vacía, sin embargo, justo aquel sábado, el conserje de la escuela pasó revista de aseo a todas las aulas; al mo- mento de ingresar percibió el olor a quemado, la torreta de papeles higiénicos comenzó a arder; el nerviosismo lo atacó y tocó la alarma de incendio general en la escuela, cuando apenas se quemaba un ro- llo de papel, sobre el suelo encementado y sin riesgo de propagación. Bastó un alumno del sexto grado, compañero nuestro, quien con una simple pisoteada acabó con el conato. El conserje en apuros, entre idas y venidas, nos divisó e inmediatamente fuimos reportados. La travesura nos costó cero en conducta que, de no ser por nuestro buen comportamiento a lo largo del año, hubiéramos reprobado el sexto

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grado. El juego con los sonajeros navideños grabaría nuestras vidas para siempre.

Siempre lo admití, esa travesura pudo haber causado daños ma- yores, sin embargo, poco a poco, nos fuimos reorientando. Ello fue ejemplo para todos los niños de la escuela, esos actos no debían permitirse, pues, cualquier juego con explosivos navideños debía realizarse en lugares abiertos, sin atentar contra nada material, peor en contra de las personas. La amonestación y ese cero en con- ducta nos sirvió para aprender amar nuestra integridad, la propie- dad privada y evitar travesuras que pudieran, a la postre, causar graves consecuencias.

Mi madre, en una ocasión, cuando nos enseñaba a rezar antes de dirigirnos a la cama, nos dijo:

–Hijos míos. El hecho de que su padre no esté ahora físicamente con nosotros no significa que él se haya alejado para siempre. Su vivo ejemplo y la forma en que se entregó en vida a ustedes y a mí si- guen latentes. Si se llegan a sentir abatidos cuando vean a otros niños con sus padres, piensen simplemente que Dios tuvo para nosotros otro destino. Nos hemos fortalecido a lo largo de los últimos años. El trauma de su ausencia lo hemos ido superado lentamente, pero superando. Ustedes son unos niños bendecidos por Dios y gracias a Él están por buen camino. Ahora la meta es unirnos cada vez más y salir adelante en la difícil competencia de vivir en sociedad. Todo el esfuerzo de mi madre por nosotros, su generosidad al referirse a nuestro progenitor, darían a futuro los resultados que ella esperaba. Nunca la defraudamos.

Nuestra nueva familia era nada más y nada menos del grupo de “poder” de la urbe. Tenía en su seno hombres intelectuales, políti- cos, empresarios y hacendados. Organizaban paseos anuales a los que asistíamos todos o casi todos los miembros de la familia. Nos sentíamos incómodos en muchos aspectos; es más, nunca logramos acoplarnos a esa forma de vida. Carros lujosos, ropa cara y de moda, vacaciones anuales al extranjero, navidades materialistas; en fin, la

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vida era extremadamente superficial, a pesar que compartíamos con innúmeros amigos.

Mi madre hizo lo mejor que pudo con nosotros, inclusive nuestra nueva familia nos demostró muchas veces cariño; anhelaban que nos acoplemos a su ritmo de vida; mas nos era un poco difícil ya que, en primer lugar, el padre de mis hermanos no tenía la capacidad para darnos los lujos que ellos se daban; y, segundo, al final de cuentas no éramos parte de ellos, nunca lo fuimos.

A pesar de todo, aprendimos mucho. Nos dimos cuenta que el dinero no era todo en la vida, que la posición social no daba más que un status frágil que en cualquier momento bien podría derrumbarse. Conocimos gente, en aquella familia, que verdaderamente mostró humildad, solidaridad con los demás; y, sobre todo respeto para con nosotros y nuestra madre.

La relación con el padre de mis hermanos gradualmente se había deteriorado. Fueron diez años en que él no supo aprovechar el privi- legio de guiar a sus hijos, propios y ajenos, por el sendero de la feli- cidad. Quizá tuvo todas las ganas, más nunca emprendió realmente sus obligaciones. En el ir y venir del tiempo mi madre hizo las veces de padre y madre. Hasta que un día no soportó más.

La casa primera del Condominio Callejas estaba vacía, nadie me abría la puerta. Miré de reojo por el ventanal, todo estaba vacío. Un vecino que veía con asombro mi insistencia supo decirme que la señora había partido con sus cuatro hijos. Una vez más, éste era otro fallo de mi madre.

Nuevamente se venía otra vida; a mis quince años nuevos retos, nuevas caras, nuevo rumbo. Mi madre había tomado una nueva y valiente decisión. Es lo único que podía pensar en aquel entonces. Nunca más volvimos a ver al padre de mis hermanos. Supimos, tiem- po después, que comenzó a ahogar sus penas en el alcohol. Había perdido lo más valioso para un padre: ser el líder de sus hijos.

La labor invaluable y sabia de mi abuela Fanny determinó que no nos estancáramos. Su entrega y apoyo desinteresados para con

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mi madre repercutió para que todo tome forma de familia. Aún sin la figura paterna, ella nos dio un nuevo motivo para luchar, para surgir y para renovarnos. Mi Maminita, abuela paterna, recordaba con profundo amor y emoción a su hijo militar, mi padre, no dudó en brindarme acogida en la tradicional recoleta, zona centenaria y llena de historia, principalmente por el Complejo Ministerial y por saberse testigo, en más de una ocasión, de hechos que cambiaron el rumbo de nuestra nación. Sería el lugar en donde pasaría mi puber- tad rodeado por la diaria motivación de la imagen paterna que la tuve hasta los cinco años de edad. Para esos días, mi edad no pasaba de los doce.

La casa estaba ubicada en la calle Vela, reitero, en el legendario, barrio de la recoleta, en los bajos del Panecillo. Los pasajes aledaños aun conservaban el labrado y empedrado propios de las construc- ciones de inicios del siglo XX y anteriores. La infraestructura de las casas iba cambiando poco a poco, sin embargo, quedaban algunas que, a cambio del concreto, bloque o ladrillo modernos, persistían en la mezcla de piedra y adobe. Era impensable saber constatar cómo este tipo de viviendas sobrevivían a los feroces inviernos capitalinos.

Para llegar a la casa de los abuelos había que alcanzar el final de la calle. Subir casi en empinada hasta toparse frente a frente con los graderíos, doscientos cincuenta en total, que conducían al Panecillo. El número 328 empotrado en una vieja placa que alguna vez fue púrpura indicaba que ésa era la casa. Una casa un tanto desordenada en su diseño. Aparentemente lejos una edificación de tres pisos, sin embargo, el abuelo Carlos, mi Taty, se esmeró porque sean hasta cinco los pisos que formarían todo el conjunto. Su tono era blanco para ciertas tempo- radas, crema para otras; apenas se apreciaba una ventana grande que daba a la calle Vela, el resto de dormitorios y departamentos daban a su interior.

La puerta de entrada principal, no era otra cosa que dos fierros an- tiguos, sin ningún adorno especial; es más, había siempre disponible una cadena casi oxidada con unos treinta eslabones pesados que

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colgaba de los filos y que, por órdenes de Maminita debía ser siem- pre colocada con el candado por seguridad de la casa. Todo era tan grotesco, se sumaba un oscuro y tétrico zaguán donde se percibía un olor a viejo, en el primer piso, debido a que los inquilinos eran desordenados y desaseados.

Las gradas que conducían al piso principal guardaban en sus pa- redes los garabatos de todos los nietos, cada uno había impreso su huella traviesa de niñez; en ellas se perennizaban desde bosquejos de firmas hasta dibujos, bolitas de plastilina, rayados con crayón, mani- tas de acuarela, etcétera.

Una fea y negra puerta establecía el límite entre patio y gradas. Aquí Fico y Fitona, dos french puddle, daban siempre la bienvenida a propios y extraños; ya estábamos en su vejez cuando decidí vivir en la calle Vela. A pesar de lo antiestético del ingreso al patio principal, donde vivía con ellos, el departamento principal era viejo pero muy bien conservado. Maminita lo tenía brillando, la sala impecable, ilu- minada con candelabros y con todos sus focos deslumbrantes. La alfombra de la habitación que compartía con ella era aspirada con frecuencia, debido a la sinusitis que por mucho tiempo fue la peor de mis afecciones. Mientras tanto, la otra habitación, la del abuelo, te- nía dos camas y un inmenso armario donde guardaba, cual reliquia, ciertos efectos personales que aún conservaba de mi padre. Ésta era la habitación que tenía la ventana hacia la Vela. Desde aquí veíamos quien transitaba frente a la casa.

El baño era de uso común, era casi misión imposible encontrarlo impecable en alguna hora del día, especialmente cuando los nietos estábamos de vacaciones. En efecto, éste era uno de los dolores de cabeza de la abuela que no encontraba momento oportuno para proceder con una buena limpieza.

Ella siempre se esmeró porque nos alimentásemos bien, especial- mente quienes vivíamos junto a ella: mi abuelo Carlos, la familia de mi tío que habitaba en el segundo piso y yo, recién llegado de la ciudad de los Tres Juanes, Ambato. Nunca nos faltó alimento en

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la mesa, mi Tío Pablo y mi Taty, trabajadores por excelencia, no desmayaban en su anhelo de mejores días, no sólo de sus propios núcleos familiares sino de todos nosotros: sobrinos, nietos, hermanos, hermanas, inclusive, primos.

Casi siempre, teníamos que pasar por casa de Don Tapia, un sim- pático anciano que solía levantar su cansina mano para saludarnos al paso de la camioneta del Taty. Para bien o para mal, el abuelo, a lo largo de su vida, tuvo que abrirse campo en el duro mundo de los choferes y del no fácil negocio de los “fierros”, como dueño de una empresa de grúas y transportes. Tuvo que hacerse entender en medio de sus colegas, no con modales políticos y educados que solía profesar en su diálogo, sino, en algunos casos, fajándose hasta con los mismos puños. Recurso éste que motivaría para que, en los años cincuenta, la tradición empírica de las autoridades de la época, le impidan resolver por las “manos”, debido a su nuevo status: la de “mano sellada”.

Jugábamos en la terraza. Santiago, Diego y Carlos Francisco eran mis primos más cercanos, los más traviesos. Todos contemporáneos. Las paredes de la casa de la recoleta se veían casi desteñidas por el tiempo. Mi abuelo, después del trágico ochenta, no quiso saber nada de restauraciones, inclusive, ni de su propia vivienda.

–Optemos por buscar los uniformes del Tío Golito y jugar a ser soldados -decía mi primo Ñaño Calo -refiriéndose a unos viejos y apolillados camuflados con cinturones que mi padre había dejado en un baúl; y que, Maminita tenía como tesoro bajo llave.

Mientras tanto, para sus otros dos hermanos, Diego y Santiago la idea no era tan descabellada, más aún si ellos sabían el paradero de las llaves de aquel famoso baúl.

–Bueno primo, ¿vienes o no vienes con nosotros? -señalaban mis primos, con aires de desafío y sin lograr intuir lo que significaría, para mí, reencontrarme con las pertenencias de mi fallecido padre militar. Teníamos apenas nueve años de edad. Mi madre nos manda- ba de vacaciones a Quito cada vez que la escuela permitía.

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En fin de cuentas, nuestros familiares de la Capital no se opo- nían que los visitáramos, aun cuando en su seno comentaban que “ya vienen los de sangre azul” o “ya se van hecha la transfusión”, ideas que al escucharlas me parecían simples, malogrados y ligeros comentarios de cuento de hadas. Posteriormente comprenderíamos que tenían un trasfondo familiar no resuelto.

Mi corazón palpitaba muy fuerte, venían a mi mente todos los recuerdos de mi niñez. El baúl estaba detrás de un bar que fue cons- truido por mi papá en la sala de los abuelos, tenía un acabado fino de caoba y duelas de laurel delicadamente laqueadas. La sala era grande, había dos juegos de muebles viejos, muy viejos, quizá de los años sesenta. Colgaba de la pared una media luna, mitad de vidrio mitad de cerámica; el marco era de plata con bronce y polvo de oro. Esta media luna era la joya que más cuidaba la abuela. Había fotos familiares por todos lados, enmarcadas en madera, fierro, latón, de material y color variados. La que más llamaba la atención era una que se encontraba en un marco de bronce, estaba casi verde por la corrosión y vetustez; allí se enmarcaba la foto de la tía Marcia con su esposo Guillermo, ambos totalmente cambiados, con anteojos, del- gados y sonrientes. A mi modo de ver, nunca me hubiera imaginado que los años cambiarían tanto a las personas, especialmente en su aspecto físico. En efecto, para entonces, la realidad de la vida comen- zaba a abrirme los ojos, a darme sus primeros mensajes que, bajo mi propia óptica, estaba obligado analizarlos.

Nos pusimos frente al espejo. Comenzamos a sacar todo cuanto encontrábamos en el baúl. Lo primero que identificó mi primo Car- los Francisco fue un suspender verde, nos probamos, y nos quedó inmenso; aún conservaba ese olor característico de cuartel, a pesar de lo intenso, me era familiar. Todos los broches estaban oxidados y percudidos por el tiempo. Su verde oliva se había desteñido tanto que ahora mostraba un color mostaza.

Diego, el más callado pero inquieto, tomó de una de las esquinas polvorientas del baúl un par de palos, eran palitroques de las tien-

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das de campaña. No eran dos sino seis. Al instante los acopló para simular que eran armas de fuego. La edad e inocencia nos hacía inventar lo inimaginable. Posteriormente encontraríamos, brújulas dañadas, cuchillos corroídos, sin filo, estuches de radio, porta mapas, botas con suela gastada, gorras con diferente tela camuflaje, parches bordados, deshilachados y otros implementos, servibles e inservibles a un comando.

Apuntábamos con los palitroques cual fusiles de combate. Del vie- jo suspender sacamos dos para nosotros. El resto de mis primos ves- tían las gorras. De las camisetas viejas y percudidas logramos hacer pañuelones que nos amarrábamos a la cabeza, imitando a los com- batientes de la selva que Hollywood nos mostraba en sus películas. Vivíamos nuestra propia “guerra”, fuimos niños felices jugando a ser soldados con los implementos de mi fallecido y siempre recordado padre. Sentían que mi padre me encomendaba en mí, así como yo en él: una como tú.

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