
Colegio Militar “Eloy Alfaro”
Los días previos a mi ingreso al Colegio Militar fueron muy ex- traños. Los sentimientos que me invadían iban entre nostalgia, por abandonar el terruño y alegría por aventurarme a la vida de cadete. Mi madre había gastado un buen dinero. Después me en- teraría de la gran cantidad de uniformes que debía recibir. Mientras yo trataba de acostumbrarme a mi nuevo hogar, mi madre iba y venía a diario de Ambato a Quito y viceversa, a veces para firmar los do- cumentos de ingreso y en otras para cancelar los valores que deman- daba la admisión. –Hijo, es hora que te pruebes estos pantalones me decía sonriente y con esperanza de mejores días, mientras cargaba, junto a mi tío Carlos, un chimbuzo repleto de uniformes.
–¡Mamá! –¡No puedo creer que tenga que ponerme tantas cosas a la vez! -decía, más con ignorancia que con certeza de lo que debía hacer. –No, no hijo mío, los uniformes te los debes poner de acuerdo a un régimen, a un instructivo que te lo van a entregar en el Colegio Militar. Por el momento solo quiero que te los pruebes; los que estén grandes los cambiamos o los llevamos con un sastre, replicaba con semblante sereno pero cansada debido a tanto trámite.
Mi tío Carlos, siempre fue diligente y generoso en sus cosas. Muy apegado a la familia. Cuando de ayudar se trataba nunca hubo una respuesta negativa de su parte. Al saber de mi ingreso al Colegio Militar, fue el primero que saltó de felicidad, pues, sabía que mi ida
29
Edwin Ortega
no era solo para graduarme como bachiller, sino más bien, para con- tinuar de lleno en la carrera de las armas. Además, conocía algo del sistema educativo militar, de cómo colocarse el uniforme kaki, charolar las botas, quitarle el esmalte a la hebilla y del “marear”1 sin tener problemas con los cadetes más antiguos. Cuando conversaba conmigo, imprimía consejos vívidos que me permitían apreciar en sus ojos la pena de no haber logrado terminar sus estudios en este centro de educación secundaria.
–Sobrino querido, hoy, en mi adultez, logro ver en ti ese ímpetu, esa decisión, la inmensa motivación por ingresar al Colegio. Estoy muy orgulloso de ti, que Dios te guíe siempre, que las fuerzas no te abandonen; y que si piensas alguna vez en dejar esta empresa, re- cuerda que todo es pasajero y que, pase lo que te pase, es parte de la formación. Esto fue algo que nunca entendí.
–¿No entendiste Tío Carlos? -pregunté con asombro y un tanto ner- vioso. –Así es sobrino mío -se veía tristeza en sus ojos al expresar sus consejos. –Muchas de las experiencias en la vida son asimiladas en dis- tinto grado, vemos el mensaje en su esencia y ésta rediviva en diferentes circunstancias. Yo tuve que recibirlo una vez que decidí renunciar a mi empresa; una vez fuera del Colegio, entendí el valor de “la lucha”, del seguir adelante en los proyectos nobles que demandan mayor esfuerzo: alejarse de tus seres queridos. Después logré asimilar que el haber par- tido por perseguir un sueño fue una causa justa que debía cumplirlo, estaba a mi alcance, lamentablemente no lo pude lograr.
Hizo una pequeña pausa, encendió un cigarro y prosiguió.
–Sobrino, no es necesario renunciar a algo para entender la rea- lidad de la vida, mi consejo es que triunfes, independientemente de cuantas veces te caigas o yerres, todo lo que vivas en el trayecto a tu objetivo te servirá para mejorar, para madurar y acrecentar, poco a poco, la sabiduría que Dios pone a nuestra disposición. El camino
1. Utilizado para referirse a la evasión de trabajos, castigos e inclusive órdenes de los superiores. Es un término de uso más común en las filas del Ejército del Ecuador. Usualmente en la Armada se utiliza la frase “sacarle la vuelta”.
30
Hacia Tierra Firme
que escogí fue el más fácil y corto, el de la renuncia, simplemente no lo sigas como ejemplo. Veo en ti un niño soldado que algún día se convertirá en todo un militar, adelante sobrino, sigue adelante; pon fe que Dios te va a guiar tus aspiraciones. Una última consideración y nada más: no te olvides de dónde vienes. La gratitud en la vida siempre es compensada con creces.
Era una madrugada típica de la Capital. El cielo despejado, ve- raniego, se apreciaban como dioses impertérritos los volcanes de las provincias colindantes. Desde el Valle de los Chillos el recorrido, a cargo del señor Mena, demoraba casi hora y media desde la vivienda del primer cadete usuario del bus, hasta la avenida Orellana donde nos esperaba el sesquicentenario Colegio Militar Eloy Alfaro.
Ese cadete era yo, mi diana era a las cuatro y cincuenta de la ma- ñana. Marthita, esposa de mi tío Pablo, me dejaba el desayuno pre- parado desde el día anterior, aunque ella insistía en levantarse todas las mañanas para atenderme con un alimento caliente. Preferí que me dejara listo para ponerlo al fuego y evitar molestias innecesarias, más de las ya ocasionadas, más aún a esas horas donde un poco más de des- canso viene más sabroso. Además, mi tía no sólo debía preocuparse de mí, sino también de mis primas que, por esos años, aún eran escolares, eran ellas quienes requerían de toda su atención. Mi habitación estaba ubicada en la parte superior de la casa, era una especie de guardilla que yo mismo la escogí cuando mi Cuña, forma cariñosa y especial como llamábamos al Tío Pablo, compró la casa en San Rafael. Era un hermoso palomar, todo de madera, el hormigón que apenas se divisa- ba, sostenía las tejas del techo. La casa parecía de aquellas sacadas de una historia del viejo oeste. No muy grande pero confortable, funcional y hermosa, con rústicos acabados, hecha de manera no convencional.
Los fines de semana eran repletos de todos nosotros, iba y venía la familia de todas partes, unos veían televisión, otros jugaban vóley en el pequeño césped, la mayoría rondaba la cocina a ver si tenían la suerte de ser los primeros en saborear los deliciosos manjares que toda la vida preparó Maminita.
31
Edwin Ortega
–¡A ver niños!, no es hora del almuerzo todavía, salgan de la co- cina, ¡dejen preparar a mamá la comida!, ¡zape!, ¡zape! -decía la tía Katty con la elocuencia que la caracterizaba.
–¡Pero tía!, Maminita necesita que le echen una manita con la sal. Imagínese si se le va demás en este rico ají de carne -decía mi prima Valeria como si los más de sesenta años de experiencia en la cocina de la abuela lo necesitara.
–Bueno Valerita, pero nadie más se queda aquí -reponía mi que- rida tía, mientras masticaba jugosos maduros que, junto al maní y otros vegetales, aromaban la cocina, dando a la exquisita sopa serra- na ese sabor terruñal irrepetible.
No solo San Rafael era el sitio de reunión de la familia durante los fines de semana; la quinta San Luis en Guayllabamba, que fue construida por el abuelo Carlos y don Manuel, también solía darnos la bienvenida, ocasionalmente. La enorme variedad de flores junto a la entrada le hacían un lugar apacible, lleno de vida. Un estrecho camino separaba la casa de la entrada principal. El letrero forjado en hierro de herradura que decía “San Luis” seguía levemente incli- nado, nadie se preocupó de arreglarlo. Y es que ni bien llegábamos todo mundo saltaba a jugar. Desde los adultos hasta los más peque- ños. Las tías se encargaban de limpiar el polvo de las habitaciones, colocar sábanas limpias a las camas y preparar la comida, los tíos, de mantener a punto la cisterna e ir al pueblo por lo necesario. Mientras tanto el abuelo lidiaba con el conserje y su familia, Manuel, su mujer Luz María, Lucho y los “janchis” Manolo y Tocayo. Cuando se deci- día despostar un cerdo, toda la familia estaba de fiesta. La Maminita, con su fuerte voz senil, vociferaba:
–A pelar las papas, cocinar los choclos, poner la manteca en la paila, freír los maduros se ha dicho. Todos nos poníamos a colaborar en algo. Las tardes eran llenas de aventuras. Detrás, por los sembríos de maíz, a escondidas de los abuelos, construíamos nuestra propia finca. Llegamos incluso a dormir, cinco de los doce primos, en un escondido y remoto dominio.
32
Hacia Tierra Firme
Cuando el abuelo falleció, dejamos de ir por mucho tiempo. Los recuerdos en su ausencia fueron muy dolorosos para la fami- lia. Todos añoraban revivir aquellos felices momentos que parecían hacerse más y más lejanos. Pero, poco a poco, todos retornaríamos a la quinta de la alegría, de la paz, de la unión y la hermandad.
No solo yo era el madrugador, sino también mi gran amigo y com- pañero Patricio Cevallos. Desde el tercer curso del Colegio fuimos muy unidos. Lo admiraba mucho por su dedicación al deporte; en aquellos días era campeón nacional de Tae Kwon Do, un joven ejemplar.
No recuerdo exactamente cómo hicimos más estrecha nuestra amistad con Pato, pero desde el momento que decidimos hacer las tareas juntos e inscribirme en su gimnasio, la amistad se fortificó. Él era de los más pequeños de estatura del curso, pero de pronto la pubertad le vino de golpe, creció desenfrenadamente hasta llegar en cuarto curso a ser miembro del Pelotón Comando del Colegio; ho- nor y privilegio para cualquier cadete, en especial, para los del ciclo diversificado.
Yo seguía disfrutando de mi niñez, tenía casi dieciséis años, los demás alumnos de mi edad comenzaban a cambiar de voz. Muchas veces, como Comandante de Curso, al dar disposiciones a mis com- pañeros, tenía que fingir la voz para hacerla más grave y dar a enten- der que también estaba en la etapa de pubertad.
En toda la subida de la autopista de los Chillos que hacía el reco- rrido íbamos dormidos, debíamos compensar las horas que teníamos de desventaja con el resto de compañeros, pues, salíamos primeros y llegábamos últimos a los hogares. Era tal el cansancio que la mayoría de cadetes revisaban la materia de examen o los deberes a entregar. Pato y yo preferíamos recurrir al Dios Morfeo para que nos ilumi- ne con su grata compañía hasta llegar al Colegio. La compensación de la falta de descanso en el bus la suplimos durante el sexto curso, pues, mientras teníamos un “mi cadete” sobre nosotros resultaba casi imposible descansar. Primero por el poco espacio que había en el ve- hículo, lo que permitía apenas que solo los cadetes del quinto y sexto
33
Edwin Ortega
cursos aseguraran su asiento; y segundo, porque en cada parada se subían los más antiguos que, mandatoriamente, debíamos cederles el puesto. Aunque sin temor a equivocarme, no sé como hacía Patricio Alfredo, pues, nunca lo vi de pie.
Las formaciones, durante la mañana en el llamado patio central eran largas y tediosas, salvo que se diera lectura al libro de órdenes o se premiara a alguien por haber dejado en alto el nombre del Co- legio. Sin embargo, esto no ocurría a menudo; el parte daba inicio poco menos de las siete de la mañana. Los primeros en recibirlo eran los Comandantes de cada paralelo; quienes, a su vez, reportaban las novedades al Brigadier de cada curso.
Los Brigadieres eran los cadetes más sobresalientes del sexto curso. Este Cuerpo de Brigadieres se conformaba con un Brigadier mayor, doce Brigadieres y doce subrigadieres. El Brigadier mayor llevaba un espadín, sable que poseían los oficiales como símbolo de mando, pero en miniatura. Consistía en una leona con rubís incrustados en sus ojos, la respectiva dragona y tiros color blanco. Se lo podía dife- renciar del resto de los cadetes por las tres estrellas que llevaba en su hombro derecho. Su principal deber era el mantener la disciplina de los cadetes y velar porque la mística y esencia del Colegio Militar se mantuviera, siempre, elevada. Aquello era un asunto legendario, con más de un siglo de tradición, y no solo de normas plasmadas en fríos manuales y reglamentos.
¿Por qué regresa a ver cadete? -se escuchaba en medio de la for- mación. Era la voz casi en susurros pero firme del Brigadier mayor. Estábamos en cuarto curso cuando el cadete Javier Egüez ostentaba tan honorable designación, llena de trabajo y responsabilidad. El ca- dete Cherry del tercero “A”, apenas con el rabo del ojo lo observaba, tenía las botas córcoras charoladas como un espejo; era sin lugar a dudas él. Tenía la potestad de moverse a lo largo y ancho de las filas y columnas de la formación.
El uniforme kaki le quedaba un tanto grande, pues, era pequeño de estatura, sin embargo su presencia emanaba un sólido respeto,
34
Hacia Tierra Firme
tenía aires de orgullo militar que muy pocos llevaban en su sangre; se notaba en su mirada algo más que vestir el uniforme por simple norma o convención, sus cejas gruesas y pobladas contrastaban con su nariz pequeña y espigada. Denotaba mayor edad a la que poseía, más la presencia militar era complementada con sus gestos, el movi- miento de sus manos, su forma de caminar y hasta la de hablar.
El Brigadier mayor poseía estas cualidades, sus formas militares eran imitadas por más de ochocientos cadetes que conformábamos el número promedio de los seis cursos vigentes en aquellos días.
Cuando daba parte al inspector general, su cuadrada era escu- chada por todos en el patio de formación, retumbaban las botas; mientras que cuando subía la mano a la visera, el subir y bajar de su brazo denotaba energía, explosión, fortaleza, respeto; pero a la vez calma y seguridad interiores.
La meta de todo cadete era llegar al sexto curso y ser parte de los futuros Brigadieres, ser cadetes al servicio de los otros. El Brigadier no sólo era aquél que impartía justicia o que se tornaba en el verdu- go de sus propios camaradas; iba mucho más allá de este concepto erróneo. El Brigadier era el amigo, el compañero; el nexo entre el cuerpo de cadetes y los oficiales inspectores e instructores. Eran los oídos que escuchaban, el corazón que sentía y por ende la mente que aconsejaba. Por ello, quienes eran designados como tales debían conocer a profundidad la problemática del Colegio y haber cursado los cinco años: “sudado la camiseta”.
Consabido era que a los dieciocho años de edad un estudiante no es lo suficientemente maduro para guiar a cadetes que aún están en período de crecimiento y formación. Sin embargo la interrela- ción entre los cadetes hacía que, poco a poco, se vaya fraguando el respeto que era esencial en un instituto con tinte militar. De ahí que los Brigadieres, con su corta edad, guiaban a más de un centenar de alumnos por curso. Su elección se basaba no solo en el aspecto académico, sino en la trayectoria de seis años donde resaltaba sus cualidades físicas, militares, espirituales y de cuerpo. En otras pala-
35
Edwin Ortega
bras, los Brigadieres eran jóvenes cadetes del sexto curso elegidos en base a méritos y tenían la gran misión de guiar a sus menos antiguos en lo disciplinario y militar. Colaboraban directamente con los ins- pectores e instructores militares.
–¡Por recorridos formar! -decía con voz potente el Capitán, ins- pector general. Bastaba aquella voz para que en menos de un minuto todo el Colegio pasara a cada una de las columnas que correspon- dían los distintos recorridos que hacían los buses para transportar a los cadetes a sus casas.
–¡Moverse reclutas, moverse! -señalaban los cadetes más antiguos. Los de sexto a todos, los de quinto a los de cuarto hacia abajo y así sucesivamente. Todo se tornaba una avalancha humana. Los que más sufrían eran los niños del primer curso que, con apenas doce años, debían corretear en medio del Patio Central para alcanzar su respectivo recorrido. En estos pequeños detalles su carácter comen- zaba a formarse, muchas veces en medio de incongruencias; pero que al final se traducían en un objetivo: formar el carácter militar.
El inspector del Primer Curso, el Capitán “Tata”, como le de- cían con cariño al Capitán Moncayo, más por sus canas que por el tiempo en las filas castrenses, comenzaba a dar la bienvenida a los nuevos cadetes.
–¡Alinearse por provincias, cadetes! -decía con una voz gruesa que inspiraba confianza a los pequeños pupilos decididos a conocer la vida militar; o al menos, recibir nociones de lo que podría ser la carrera de las armas, si alguno, luego del sexto curso, optara por ella. Teníamos que formar columnas. Pasábamos el centenar de niños.
La mayoría eran de la capital; los otros, en menor porcentaje per- tenecíamos a las provincias aledañas. En efecto, se notaba que aún la niñez no sentía sino admiración e interés por saber más acerca de sus militares; definitivamente, en aquella época, la mejor forma era ingresando al Colegio Militar “Eloy Alfaro”.
El horario de clases era similar a la mayoría de los centros de educación secundaria del país. La diferencia radicaba en las for-
36
Hacia Tierra Firme
malidades militares presentes en casi todas las actividades. Desde el “firmes”, el “a discreción”, el “atención vista a la de re”. Nuestros más antiguos nos iniciaban en el mundo de los detalles que diferen- ciaban a civiles de militares. Aprendíamos cómo subir la mano a la visera, cómo cuadrarnos, tanto con la pierna izquierda como con la derecha. Cómo acudir al llamado de un superior y la distancia que debíamos mantener de él.
Los cadetes debían pedir permiso para ingresar a las aulas. Para trasladarse de un lugar a otro. El Comandante de Curso o el Brigadier los conducía bien formados y entonando canciones militares: Mancha roja, Patria Tierra sagrada, Paquisha, la canción de los Comandos y otras más que mantenían viva y en muchos casos incrementaban esa llama que, cada vez, ardía más dentro de cada uno de nosotros.
El personal docente era de lo más selecto de la época. Profeso- res que se caracterizaban por su solvencia académica, experiencia, responsabilidad, ardua dedicación en preparar las clases y carisma para dictarlas. Tenían la ferviente certeza de que un conocimien- to fundamentado y actualizado conduciría a sus alumnos cadetes a convertirse en excelentes bachilleres capaces de elegir cualquier carrera, fuera o no militar. Más que profesores fueron maestros en- tregados completamente a sus alumnos. En efecto, el tiempo daría la razón, pues, muchos de los bachilleres graduados llegarían a ser hombres de bien para la sociedad, tanto como profesionales y em- presarios en la vida civil, cuanto como oficiales del Ejército, Mari- na, Aviación y Policía Nacional; ¡maestros, cuánto han dado por nosotros!
El Templete de los Héroes era el lugar de mayor relevancia para los cadetes. Representaba el acicate del civismo en su máxima expre- sión. Era una estructura antigua construida para albergar los restos del soldado desconocido de la Guerra del 41. A la vez conservaba, en su interior, efectos personales del Viejo Luchador que confrontara en su lucha ideológica a los conservadores de inicios del siglo XX. También se encontraba el Telégrafo, primer avión o mono hélice
37
Edwin Ortega
que surcaría nuestros cielos por primera vez ante el asombro de los cóndores.
El sentimiento de respeto que profesábamos día a día a este emble- ma histórico se encarnaba en los actos cívicos de los días lunes y el re- verencial silencio mientras estábamos en su alrededor. Era un sacrile- gio pasar por enfrente, además, cualquier cadete que observara alguna basura en su entorno tenía la obligación de quitarla a la carrera.
Durante los quince minutos del “lunch”, refrigerio que recibíamos a las diez de la mañana, los Brigadieres aprovechaban para fomentar en nosotros el espíritu competitivo. Nos llevaban al “cabo”para ense- ñarnos las técnicas para subirlo en escuadra; también aprendíamos a hacer la “cortada”, que no era otra cosa que balancearnos con velocidad y ejecutar un giro violento hacia atrás, volviendo nueva- mente a la posición inicial. Con todas estas actividades, nuestros Bri- gadieres e instructores, aspiraban que los niños y jóvenes comenza- ran a robustecer su arrojo y decisión en las actividades que la milicia demandaba.
En otras ocasiones nos llevaban a las barras, donde la “limpia”, la “clavada” y la “hoja” se convertían en los ejercicios que debíamos superar. Los menos hábiles para estos menesteres nos quedábamos, inclusive, practicando los fines de semana con tal de demostrarnos a nosotros mismos que sí podíamos. Poco a poco la palabra imposible se iría borrando de nuestro léxico.
Todo aquello que era motivo de esfuerzo, dedicación y arrojo se esgrimía como prueba de decisión en la vida militar. Quizá para quienes lo hacían como deporte se tornaba casi en un hábito mien- tras que, para los cadetes que éramos motivados a practicarlo y lo- grarlo, se convertía en un reto a vencer. No solo ocurriría con las barras y los cabos. La piscina con su tablón era otra de las principales pruebas a superar con el “carpado”, la “patada a la luna” o el rol ha- cia delante. Muchos lograrían ejecutar estos ejercicios en sexto curso; pues, previo a cada desafío, los primeros en dar el ejemplo serían los cadetes de los cursos superiores y especialmente los Brigadieres.
38
Hacia Tierra Firme
–¡Adelante mi cadete, si yo con sesenta años pude, por qué usted no! -replicaba al filo de la piscina el Maestro Tafur, profesor de lu- cha libre; hombre de bien que nunca se guardó nada para sí. Sabía dentro de su ser que la juventud contemporánea necesitaba de una formación que basase su disciplina en la espontaneidad deportiva; él nos concientizaba que el sacrificio nos proyectaría a mejores días. No por algo el Colegio Militar siempre obtuvo la presea dorada en tan exigente disciplina deportiva.
Se consideraba un deshonor que un Brigadier no esté a la cabeza en las actividades que realizaban sus cadetes.
El box era el deporte que más se practicaba en las instrucciones militares. No era una actividad que nos era enseñada para hacernos daño o herirnos con violencia. Era un deporte que nos instaba a sacar lo mejor de nosotros en momentos de apremio y en donde las fuerzas se disipaban. Estábamos claros en su meta: de darse el caso de combate cuerpo a cuerpo con el enemigo, tendríamos la última de las armas remanentes, nuestro propio cuerpo.
–¡Deben batallar siempre hasta el final! -nos decía eufórico y col- mado de mística Don Guanín, nuestro entrenador y aplaudido y re- conocido boxeador.
La mayoría de instrucciones se daban en horas específicas de lu- nes a viernes, principalmente en el primer año. Viernes por la tarde y sábado hasta el medio día recibíamos instrucción formal el ciclo básico y la instrucción militar el diversificado. El aprendizaje fue rá- pido, mas no del todo fácil.
El parche anaranjado lo utilizaban los cursos del ciclo básico y el rojo, azul y amarillo por el cuarto, quinto y sexto cursos respectiva- mente. Eran colocados en el hombro izquierdo, iban en la chompa del diario como en las chaquetas del uniforme kaki. El parche era una leyenda gráfica de un quijote con su coraza y flamín de plumaje amarillo, azul y rojo, nuestro tricolor. Este escudo representaba el heroísmo de las epopeyas libertarias que, a la postre, se convertiría en un símbolo del Viejo Luchador. A simple vista era lo que nos
39
Edwin Ortega
diferenciaba de los otros cursos, pero era mucho más que un par- che bordado. Los jóvenes dejaban de ser niños, se notaba el cambio en su porte militar. Especialmente en el cuarto y quinto cursos se apreciaba un convencimiento mayor por la vida del soldado. En las actividades que nos eran comunes se veían como jóvenes que anhe- laban ingresar a las Escuelas Militares, los escuchábamos místicos en sus diatribas y sobretodo exigían disciplina a los cadetes menores a través del ejemplo.
Una de las mayores motivaciones era estar en los grupos de los ca- detes que competían en los concursos intercolegiales de Matemáticas, Química, Física y Oratoria sobre todo, cuyos célebres logros, más de un centenar, inclusive, seis a nivel internacional, eran dirigidos por el Raúl Armendáriz A., “maestro de maestros”, calificativo nacido del sentir de los cadetes. Lograr mantener al Colegio Militar entre los primeros sitiales fue siempre la meta trazada. No en pocas ocasiones lo conseguíamos, especialmente debido al esfuerzo mancomunado entre profesores y alumnos. Fueron fines de semana y tardes enteras resolviendo problemas, haciendo experimentos o afinando detalles en las peroratas. Las materias exactas se tornaron tan interesantes como las sociales. Nos divertíamos en los laboratorios, más aún si estábamos cerca de la verdad de algún evento o fenómeno. Mientras que en las ciencias sociales sentíamos como, poco a poco, aprendíamos más acerca de la historia patria, la geografía universal, la literatura, la filo- sofía o como redactar mejor un ensayo. La frecuente interacción con cadetes más y menos antiguos determinó que, a la postre, la mayoría de alumnos pierda el miedo de hablar en público. Inclusive tenía- mos el ejemplo de excelentes oradores que lunes tras lunes, durante el Momento Cívico, nos arengaban con sus discursos matizados con la prosopopeya sana de alguien que persuade, que lucha, que recaba el conspicuo momento histórico a fin de estimular a sus camaradas hacia mejores días… hacia una juventud patriota.
La inocencia muchas veces hacía que a tan temprana edad todo pareciera perfecto. Mas no siempre fue así. La mayoría de jóvenes
40
Hacia Tierra Firme
había ingresado y sabía que estaría por disciplina y jerarquía subor- dinado a alguien, de cómo sería vestir un uniforme militar, de cómo sería aprender a amar a la Patria cumpliendo el sagrado deber, etcé- tera. Como niños y jóvenes menores de edad, cualquier factor exóge- no negativo sería atractivo y contaminante. Las farras desenfrenadas, las jorgas e incluso las pandillas consumían el tiempo de muchos cadetes, quienes a la postre cometían faltas disciplinarias que iban en contra del reglamento del Colegio Militar. Su anhelo de conocer la vida militar se desvanecía en corto tiempo y muchos de ellos pedían la baja o eran separados.
Sin embargo, fue tanta la influencia de la vida moderna en la ju- ventud que hasta el glorioso Colegio Militar se vio afectado. Como hermano menor de la Escuela Militar tenía muchas cosas en co- mún; el uniforme, los sellos, canciones, Pelotón Comando, tradicio- nes, términos, etcétera. No obstante, el uso y mal uso del uniforme por parte de ciertos cadetes hizo que fuese abolida la franja amarilla característica del pantalón de lanilla del cadete del Colegio Mili- tar. Fue muy doloroso cuando tomaron esa decisión las autoridades militares de privarnos de nuestra huella digital, grabada en el alma y corazón profundos. El sello de nuestra chaqueta y la franja que nos había distinguido por tantos años se esfumaban en medio del recuerdo de lo que fue una institución, semillero de héroes y sol- dados, jóvenes aspirantes a formar parte de las Escuelas Militares del Ejército, Marina o Aviación. Me pregunto qué se consiguió con aquella, equivocada, mutilación de nuestra tradición. Las grandes tradiciones son inviolables, toda razón “modernizante” en contra de ellas no dejará de ser razón sin razón.
Todos los lunes nos vestíamos con el uniforme de lanilla, el de gran parada. Teníamos que charolar los botines y limpiar con “bras- so” todas las partes metálicas de los tiros que llevábamos encima del uniforme. Hombreras bien cocidas, el instrumento que se tocaba en la Banda de Guerra listo para entonar las melodías militares. Era todo un rito preparar el uniforme, lo hacíamos desde el día anterior.
41
Edwin Ortega
Al menos cuando el calzado era nuevo, sacarle brillo no era mayor problema, lo difícil resultaba obtener charol. El algodón, la bacerola y la saliva fueron la fórmula para, después de algunas horas de cons- tante movimiento, obtener tan excelso brillo. Una vez charolados por primera vez, la limpieza diaria resultaba más fácil. Lo mismo ocurría con la hebilla. Las de bronce venían con una especie de esmalte en su capa superior que, al igual que las botas, era necesario frotar por varias horas con una franela y “brasso” a fin de quitarla de encima. Sin el esmalte superior, la hebilla adoptaba un brillo impecable que era necesario mantenerlo con una limpieza diaria, evitando que se raye. Éramos casi obsesivos con los detalles del uniforme. Desde el corte de cabello, “corte cadete”, hasta cómo colocarse las ligas en las bastas del pantalón. Pues, no había otra opción para demostrar nues- tra propia valía e interés por aprender a ser soldados. Desde muy pe- queños aprendimos que las formas militares van de la mano con las del fondo, de la esencia, de la naturaleza misma del ser, del espíritu que guía a aquellos que aspiran un mundo diferente, al menos visto desde el ámbito castrense.
Las primeras marchas y los primeros ejercicios de campaña fueron ejecutados a lo largo y ancho del territorio ecuatoriano. Fue el mejor pretexto, como un paseo de fin de año en los colegios civiles, para ale- jarnos de nuestros hogares y comenzar a saborear la vida del soldado de cerca. Aprendimos labores básicas: cómo adujar una mochila, cómo cocinar al aire libre, cómo montar una tienda de campaña…, etcétera.
Haber pisado por primera vez un cuartel fronterizo determinó, en cada uno de nosotros, un abrir nuestra conciencia hacia la real labor de nuestros compañeros soldados. El término “buddy” empe- zaba a tomar forma. Habíamos sido separados en parejas. Cada uno de nosotros debía ejecutar todas las tareas con los compañeros asig- nados. Compartíamos alimentos y medicinas. Los utensilios e im- plementos que teníamos en común eran socio-utilizados sin ningún aspaviento. llegamos a ser hermanos en medio de la inclemencia y austeridad, características de la vida del militar en campaña. El es-
42
Hacia Tierra Firme
píritu de cuerpo iba desarrollándose generosamente. Los instructo- res aprovechaban las salidas al terreno para probar nuestra reacción ante imprevistos y para observar cuán desarrollado estaba el coraje y “ñeque” dentro de nosotros. La palabra miedo comenzaba a tomar otro significado en nuestras vidas. Ya no era el sentimiento que nos paralizaba, se había convertido en el acicate que permitía sacar a flo- te, a veces la calma y en otras, la agresividad. El paso de las pistas de acción y reacción, infiltración, cabos, líderes y obstáculos determinó que cualquier sensación de pánico quedase enterrada para siempre en el pasado. El dolor físico y el cansancio mental eran simbióticos para la consecución de estas metas.
No obstante, la realidad de haber disfrutado de la vida colegial al tratar de ser el niño soldado culminaba. Nuevas metas se venían des- enfrenadas en el futuro cercano y las decisiones debían ser tomadas inmediatamente, pues, el tiempo apremiaba.
El ejemplo que imprimió el tío Pablo fue de suprema importan- cia en mi vida. Él fue mi amigo y compañero durante mis difíciles años de pubertad. Sus largas charlas, iban marcadas por la voz de la experiencia. La ausencia de su hermano determinó en él una perso- nalidad excepcional, fraguada en base al sufrimiento. Él trataba de ser prudente en sus palabras, éstas atesoraban un mensaje sabio y oportuno. –Luis, el mundo está lleno de un sinnúmero de escenarios en los que deberás tener la sapiencia para saber conducirte. La vida nos enseña, muchas veces con dolor y desconsuelo, lo que no se debe hacer. La juventud de hoy en día, al esgrimir la bandera del libre al- bedrío, ha desdeñado valores que han sido, son y serán base del buen convivir del ser humano.
Yo, escuchaba inmutable sus palabras. Cuando él hablaba me era fácil concentrarme debido a la realidad, contundencia y honestidad en ellas. Acariciaba su bigote y continuaba: –El uso del alcohol, del tabaco y las drogas lleva casi siempre a caminos inextricables, in- ciertos y de infelicidad. De ahí que el entorno que tratamos de darte aquí, en tu hogar, ha sido basado en el ejemplo, la autoestima y con-
43
Edwin Ortega
sideración. La figura de tu padre fue tan importante que hasta el día de hoy se ha mantenido vívida en medio de la familia. Por ello y por el cariño que te tenemos, hemos tratado de darte un ambiente, sino lleno de comodidades, sí de paz, armonía y ejemplo. Queremos en ti un futuro ciudadano, probo y cabal, útil para la sociedad.
La pérdida temprana de varios seres queridos, especialmente de uno de nuestros primos, Ñaño Calo, le llegó tan profundo a su corazón que ya nada sería igual que antes. Todas sus energías no solo fueron destinadas al trabajo, sino que también, anhelaba un mundo mejor para quienes estaban a su alrededor. Su monólogo culminaba:
–Mijo. La vida misma tiene sus enseñanzas, guíate de la mejor for- ma posible. Recuerda que existe un Creador que, en su infinita sabi- duría y misericordia, sabe lo que es mejor para nosotros. Cuando fla- quees o tus fuerzas quieran desvanecerse, no dudes en pedirle a Él que te proteja y te ayude a encontrar la mejor salida a los problemas. Sus ojos oscuros y ligeramente rasgados comenzaron a brillar más de lo acostumbrado. Apretándome fuertemente mi mano finalmente dijo:
–No te quiero cansar más con mis largas peroratas. Has sido como mi hijo y me inspiro desde lo más profundo de mi ser para siempre ofrecerte lo mejor de mí; con errores y defectos, pero con el alma abierta y generosa sobrino mío. Recuerda que los problemas no son otra cosa que oportunidades para ser mejor. Nunca lo olvides.
Mi tío Pablo conocía de mis dudas, de mis defectos, de mis anhe- los y de mis miedos. Para esos días tenía sobre mí la gran presión de decidir sobre mi futuro profesional. El paso por el Colegio Militar “Eloy Alfaro” había llegado a feliz término con largos seis años de capacitación, tiempo en donde se recibió la mejor introducción a la vida militar. Entramos a los doce años como niños temerosos y egre- samos a los diecisiete como jóvenes bachilleres, listos para enfrentar cualquier desafío académico. Las vivencias se habían convertido en recuerdos, luego de largas jornadas de introspección, me decidí por ingresar a la Armada y no al Ejército.
44

Deja un comentario