Escuela Naval… Abriendo surcos en el mar

Yqué decir de la bienvenida que nos dieron los Guardiamarinas antiguos!
Las comisiones eran para los diferentes cursos. Los de cuarto año, a quienes llamaban dioses, supervisaban el evento; Brigadieres Tenientes y Alféreces oficiaban esta costumbre tradicional. Los encargados de arreglos del casino eran los más requeridos, Guardiamarinas especialistas en transformar cualquier escenario a gusto del cliente. Para recibir a los nuevos aspirantes a Guardiamarinas casi lo habían adecuado todo, era una mañana triste y fría de verano costeño cuando estuve en la planchada de aquel día de septiembre, un diecinueve si mal no lo recuerdo.

Había letreros por todo lado, señalizaciones que daban a notar el empeño que tenía la Escuela Naval en persuadir a aquellos padres de familia que sus hijos quedaban en buenas manos y que los próximos cuatro años y medio vivirían una especie de mutación de la vida civil a la nueva vida militar. De hecho, no fue fácil dar el primer paso, fueron momentos llenos de nostalgia, emociones encontradas y mucha valentía.

La ceremonia de bienvenida estaba tan bien organizada que yo, a pesar de venir de un Colegio Militar, no podía dejar de lado la perplejidad que me causaba el evento. El ingreso de los nuevos jóvenes aspirantes se daba bajo el marco protagónico de los Guardiamarinas de primer año, aquellos que iban a dejar de ser reclutas; quienes, además, en pocas horas, se convertirían en flamantes antiguos. Previo a este acto, los reclutas habían sido “bautizados”, dejaban su viejo mundo para pasar al nuevo, al de las aguas indescifrables del rey Neptuno.

Como profesionales en obras de teatro habían preparado el sketch cómico que consistía en hacer formar a los ciudadanos y comenzarles a cortar las largas guedejas que hasta el momento llevaban. Había un “infiltrado” en la formación, el mismo me incitaba a desertar –; ¡qué gracioso!, ni siquiera estaba en los listados definitivos de ingreso y ya querían que me vaya, -me increpaban a decidir mi futuro y más insinuaciones mediocres que, a la postre, lo único que lograron fue el convencerme en favor de mi primer paso en el apasionante mundo del servicio a la Patria.

El “infiltrado” terminaba su actuación con un desesperante grito en medio de la formación, pidiendo a su “mamá”, quien había sido seleccionada previamente de entre las amigas de la Brigada de Guardiamarinas. –Mamá, sácame de aquí, no estoy hecho para esto. Lo mío es la vida civil -decía con su mirada perdida. Situación que no dejó de generar nerviosismo en el resto de los aspirantes.

La actuación era casi perfecta, representaba a un chico sin vocación que dejaba ver al resto del público que el mundo militar no era para él; ante lo cual, la “madre”, solicitaba ayuda a seguridad y suplicando que se lo mantenga en el reclutamiento, pase lo que pase.

Mientras tanto, algunos de nosotros, los nuevos, los que estábamos formados en ropa de civil aún, nos pusimos de acuerdo en que, por sobre toda desesperación, no daríamos nuestro brazo a torcer. A pesar de ello, hubo más de uno que dio su paso al frente y, consecuentes con el “infiltrado”, pedían la baja sin siquiera haber comenzado el desafío. Caían en el engaño insinuado del sketch. Era la primera impresión para quienes nos formarían los cuatro años y medio siguientes en la Brigada de Guardiamarinas.

Yo consideraba que, una vez egresado del Colegio Militar, las cosas serían más fáciles, más aún cuando la Marina era conocida por el trato de caballeros; bueno, era lo que se conocía hasta el momento. Sin embargo, el cielo nublado, característico de Octubre en Salinas, auguraba otros presagios.

Motivaciones sobraban, éramos jóvenes que gustábamos de la aventura, habíamos dejado nuestro terruño para enrumbarnos en la vida del marino de guerra, valdría la pena el sacrificio.

Un sentimiento de orfandad se apoderaba de nosotros al ver a nuestros familiares alejarse y nosotros, ya con nuestra cabeza rapada y vistiendo el blanco loco, nos aferrábamos al convencimiento de jóvenes aspirantes a Guardiamarinas en pos de días mejores. Salinas nos daba la bienvenida. Éste sería nuestro hogar por casi cinco años y la única forma de retornar sería victoriosos y con el grado de Alférez de Fragata de la Armada del Ecuador. ¡Haciendo de tripas corazón, adelante nos dirigimos en nuestros adentros y adelante fuimos!

Para los primeros meses de 1995, año de una nueva agresión peruana, como Guardiamarinas, ya vestíamos orgullosos el azul dungaree, la canana verde con el talí y el casco de fibra. El FAL, arma ligera, belga de la FN Herstal, era empuñada con honor y dignidad por todas las promociones de Guardiamarinas que formábamos la Escuela Naval en aquella época.

La mayoría de los oficiales de línea patrullaban la LPI1, estableciendo posiciones en el Archipiélago de Jambelí, listos para defender nuestro suelo patrio. Mientras tanto, pocos oficiales, en la Escuela, daban la disposición de que caváramos trincheras, afincando posiciones defensivas a lo largo del perímetro de la base. Se sentían presionados, todos lo estábamos.

No podíamos sino esperar, como buenos reclutas, frente al conflicto con el Perú, que los jóvenes e inexpertos oficiales a nuestro cargo dieran órdenes oportunas y nos guíen en caso de un ataque masivo del enemigo; principalmente en contra de la Base Aérea de Salinas o de la refinería de la Libertad, puntos estratégicos de nuestra nación situados en la Península. Fueron momentos de apremio, de

1. L.P.I. Línea Política Internacional.

lealtad compartida con nuestros combatientes, los héroes del Cenepa, camaradas que tuvieron el honor y oportunidad de luchar frente al enemigo.

En hora buena, recibimos la disposición de patrullar la Península de Santa Elena en los yates, todos pertenecientes a los socios del Yatch Club de Salinas. Conocíamos bien su operatividad. Con Cristian Devine, campeón regatista de la Escuela Naval, los habíamos tripulado en algunas ocasiones. Ahora ya no se trataba de un evento deportivo, era un patrullaje en época de conflicto, donde un Guardiamarina navegaba el velero al timón y el otro hacía las veces de serviola.

Fueron dos meses de largas jornadas donde más de uno “vio” al enemigo; no solo en forma de sirena o de Neptuno, sino en forma de grandes submarinos o buques gigantescos de los cuales desembarcaban Infantes de Marina peruanos en las playas de nuestra jurisdicción. El director de la Escuela Naval tuvo que tomar decisiones emergentes, pues, la fatiga de los Guardiamarinas era evidente; más de uno sufrió de estrés post traumático y uno que otro solicitó la baja pocos días después.

Los Corsarios, Dukes y Popeyes supimos que la victoria fue nuestra, que los héroes estaban más vivos que nunca y que aquellos que ofrendaron su vida hicieron el mejor de sus esfuerzos, la más excelsa de las añoranzas de quienes vistieron el glorioso uniforme militar, en especial en el sector de combate, el Alto Cenepa.

Existía fe militar, aquella se gestaba en los corazones ávidos de patriotismo. Fuimos torpes e inocentes testigos del cambio de la avivada, tanto al amanecer como en la lista de víveres. Los formalismos, aquellos que eran nuestro sustento espiritual diario, cambiaron de tono.

Ante el incitador grito de las primeras horas de la mañana: “¿Para qué vamos a trabajar en este día?”, contestábamos orgullosos, convencidos y decididos: “Para fortalecer nuestro cuerpo y espíritu, para reconquistar con las armas lo que la política y diplomacia han cedido”; consigna que dadas las circunstancias históricas fue reemplazada por: “¿Qué ofrendáis a la Patria en este día? Y respondíamos: “mi vida, mi coraje y mi valor, te juro que al nacer de cada día haré todo por tu gloria y por tu honor”.

También en la noche, el grito motivador de: “¿De quién son el Amazonas y la Región Oriental?: Del Ecuador son por herencia, del Ecuador son por derecho, del Ecuador serán por las Armas”, fue reemplazado por el de: “¿Qué espera de nosotros la Patria? Que trabajemos por su honor y gloria y que mantengamos incólumes sus fronteras” reponíamos corajudos e impertérritos como nunca.

Eran las avivadas las que inspiraban a los jóvenes y viejos soldados una motivación especial, profunda, aquello representaba una experiencia sui géneris que sentía el militar ecuatoriano al vestir en esas circunstancias el uniforme militar, desde su primer paso en la mañana hasta que se rendía ante el Creador, dándole gracias por un día más de vida. La guerra implicó tragedia, sufrimiento y muerte. En efecto, ese acontecimiento nos permitió demostrar cuán hambrientos de justicia estábamos; aquellos gritos se habían convertido en las voces silenciosas de nuestra rabia y en la aspiración de lo que, por historia y honor, siempre será nuestro.

Pasado el conflicto del Perú con nuestro país, el tiempo no pasó en vano. El oficial comenzaba a ver su carrera bajo otra perspectiva. Quería afianzar más los simples conocimientos que otrora representaban su razón de existir, aquellos que nunca prescribirían de su interior, pese a que se hubiera querido desvirtuar el ánimo de lo enseñado, de lo impartido.

La mística y cívica militar trataron de sacrificarse, a cambio del cumplimiento casi perfecto de planes, normativas y directivas. Obvio, todo en la vida, al amparo de la dialéctica, debía cambiar. La metamorfosis sería lentamente asimilada, pero sin perder la génesis vital de nuestra razón de ser: las tradiciones. Más allá de los hechos que se imprimirían en pro de una tecnificación y modernización, fue necesario que las invoquemos constantemente, pues, la base que fecundó a tan noble Institución, la Marina de Guerra, fue ella, la tradición.

Algunas tradiciones lamentablemente se irían disipando en el impertérrito ir y devenir del tiempo, mas quedábamos aún nosotros: los jóvenes patriotas cuya lucha diaria sería mantenerlas a flote a pesar del antagonismo de quienes intentaron trastocar nuestro pasado. Luego de la firma de la paz muchos aspectos sufrirían cambios profundos y dramáticos, era deber de todos los militares asimilarlos con madurez y gestionar nuevos valores, aquellos que debían nacer fuertes, imperecederos para proyectarse como energía revitalizadora. Dado esto, nuestra vocación de servicio se mantuvo intacta, aunque el esquema de Fuerzas Armadas haya tomado otro rumbo. Serían otros escenarios los que en el futuro demandarían nuestra real formación militar. En efecto, la ausencia de conflictos tradicionales jamás debía atentar la real dimensión de ser soldado.

Nunca jamás podríamos cambiar de actitud, en especial cuando se venía otra clase de conflictos, de implicación mucho mayor y más complejos para los que nos preparábamos en las aulas.

Aspirábamos pronto retirarnos de la formación del silencio2. No todos se iban a la litera, la mayoría optaba por alargarse una o dos horas más en sus estudios.

El equipo de pentatlón militar, al igual que el de otras disciplinas, tenía autorización para pasar directamente al área de cursos. El más antiguo del equipo era el Brigadier González, por lo que, disciplinariamente, debía responder de lo que ocurriese hasta que nuevamente formase la selección para el descanso.

En las aulas, el sueño era un desafío. Morfeo convencía, hasta el más rudo, a pasar a su reinado. Y así fue. Aquella noche, casi todo el equipo nos quedamos dormidos bajo la tapa de las bancas. El gama Baquero, alguien característico por su falta de tacto y poco desvergonzado, o “cara de tuco”3, en amonestar a sus subordinados, fue

  1. Veinte horas. Ocho de la noche. En la Fuerza Naval es la hora en que el personal pasa a descansar. En la Escuela Naval se la ejecuta a las diez de la noche con el fin de mandar a los Guardiamarinas a descansar, continuar en estudios, diferentes peticiones que autoriza el Oficial de Guardia o a la lista de castigados (teque).
  2. Palabra que hace referencia a aquellos que exigen pero que a la vez no cumplen o hacen lo contrario

directamente al aula en que nos encontrábamos el gama Narváez y yo. En efecto, estábamos en un sueño profundo; ser parte del equipo de pentatlón conllevaba, a más del sacrificio físico, esfuerzo académico y psicológico. Las dianas se daban una hora antes del resto de la Brigada de Guardiamarinas. Demandaba aprovechar el poco tiempo de estudio en grado supremo, pues, la mayoría del tiempo restante lo dedicábamos a pulir las pruebas técnicas como tiro y lanzamiento de granada. Aquel Guardiamarina, desde la claraboya, nos hizo la señal de que estábamos al parte. Al parecer nos venía dando “cacería” desde hace algún tiempo. Decir que no caeríamos en sus “garras”, era simplemente irse en contra de las leyes “naturales” que regían la vida dentro de la Escuela Naval.

Nos veíamos entre los Guardiamarinas las casi veinticuatro horas del día. Un error, por involuntario que fuese, era conocido por toda la Escuela. En efecto, las consecuencias de la sanción y la presión del resto de la promoción más antigua no tardarían en llegar. Haber sido pentatleta implicó también, haber tomado el riesgo de ganarse desafectos. No todos disponían de la capacidad física e ímpetu militar que se requería para los entrenamientos y peor aún si la competencia se daba en la altura, situación que se complicaba aún más.

“Musculitos”, como llamábamos con afecto a nuestro entrenador, el sargento Gilberto Mera, nos “entonaba” la diana puntualmente. Su pito era audible y reconocido desde lejos.

–Hermano, las cuatro y cincuenta, Musculitos empezó con su pito endemoniado -me decía David, entre dormido y despierto, desde su litera. Como vivíamos en literas contiguas era deber de quien primero escuchase el pito de diana despertar al otro. Así se iban levantando, sucesivamente, el resto de pentatletas que vivían en el entrepuente alfa de la cubierta cien.

–Hermano, ¿sigues ahí? -insistía David aun sin levantarse. –Claro, dime, muévete que ya casi son las cinco -le contestaba aún dormido pero casi vestido, parecía que aun soñando, pues, el primer turno

a lo que su verbo predica. Muy mal visto dentro de las filas militares, pero es muy común.

de guardia de la noche anterior hizo que completara apenas cuatro horas de descanso.

–Por favor Luis, dile a “Musculitos” que me duele la garganta- me replicaba con una ronquera forzada. El cansancio de la jornada diaria atentaba contra nuestra voluntad de entrenar.

Mientras tanto, frente al Cuerpo de Guardia y todavía a oscuras, el más antiguo de cada disciplina daba parte al gama de cuarto año del tercer turno saliente respecto a las novedades de cada equipo, pentalón, atletismo, natación y triatlón.

–Mi gama, cinco con quince, le ruego que mañana ya no nos atrasemos más -nos decía Musculitos, un tanto parco por la pérdida de tiempo de entrenamiento más que por la espera en sí.

–No se preocupe Merita, para mañana estaremos puntuales. Le ruego nos disculpe pero la Escuela está con un sinnúmero de obligaciones por los preparativos de la semana del Guardiamarina; usted sabrá entender que algunos miembros del equipo están en arreglos del casino, oratoria, elaboración del periódico “Alcance”, y otros, como David, guardia saliente.

–Listo mi Brigadier, manos a la obra. Hoy, repeticiones de cuatrocientos.

Merita, había medido en la recta de la vía alrededor de la Escuela doscientos metros y había colocado conos fosforescentes para guiarnos en la madrugada. Era el entrenamiento que menos nos gustaba hacer. Muchas veces corríamos adormitados, sin embargo esos piques nos daban la fortaleza de rematar en la pista de obstáculos y en el cross country (ocho kilómetros campo través).

“Musculitos” era el típico sargento formado casi a la perfección. Era el tripulante que todos querían tener bajo su mando; leal, humilde, trabajador, perfeccionista en su proceder y sobretodo, experimentado. Fue nuestro entrenador durante los primeros tres años de Escuela. Gracias a él pudimos aprender las bondades del deporte y a equilibrar nuestro accionar como Guardiamarinas intelectuales, amantes del sacrificio. Llegamos a interpretar tan bien sus objetivos que, en su ausencia, cumplíamos con las jornadas de entrenamiento anaeróbico y aeróbico. Completábamos las tablas por el simple hecho de que en nuestra cabeza estaba arraigado el concepto de que las metas que nos habíamos propuesto, tanto en marcas como en medallas, se conseguirían únicamente con entrenamiento duro y constante.

Todo lo que hicimos en el deporte fue por vocación. Las medallas no nos interesaban. Las expectativas creadas iban más allá de las preseas. Supimos aquilatar la real dimensión de la perseverancia, del esfuerzo, del trabajo en equipo, del afán de superación y del conoci- miento de algo muy particular, nuestra voluntad como Guardiamarinas aparte de ser medida día tras día, avanzaba más allá de nuestros propios intereses, instintos o comodidades: anhelábamos fervientemente ser mejores.

La Brigada de Guardiamarinas procedía a pasar al rancho. Las canciones que nos imbuían eran cantadas al unísono cuando se dirigían a la cámara. Mientras tanto, los gamas pentatletas estábamos ya en el filo del muelle en malla de baño, listos para emprender la natación habitual de ida y vuelta al “Duque de Alba”4 . Durante estas jornadas aprovechábamos para mejorar el estilo y la capacidad aeróbica en el agua. Mas éramos consientes de que necesitábamos trabajar en una piscina para aprender a sacar ventaja de los obstáculos y bajar los treinta segundos en la prueba de los cincuenta metros.

La pista de obstáculos en el agua estaba diseñada de tal forma que el primer obstáculo se encontraba a siete metros. El impulso inicial debía ser tan potente para alcanzarlo y ser montado con un pequeño empujón hacia abajo para luego abandonarlo violentamente.

Inmediatamente vendría el clavado para capear el segundo obstáculo con una pequeña apnea debajo del mismo. La siguiente bocanada de aire se la tomaba al sacar la primera brazada; ya que, con cuatro o cinco de éstas, se alcanzaba el tercer obstáculo: la malla

4. Toma de agua ubicada a 600 metros del muelle de la Escuela Naval. Los tanqueros DYE AD- GEUAL UCTOILI– ZABAN esta toma para abastecer a la Base Naval de Salinas del líquido vital.

acerada. Era cuestión de segundos. El trabajo de sobrepasar bajo el agua ciertos obstáculos se lo hacía someramente, sin mucho hundimiento, pues, cada segundo era valioso. El brazo diestro alcanzaba la primera barra de la malla, hacía las veces de brazo mecánico en donde se recogía todo el cuerpo para ahora, con el pie derecho, impulsarnos a la barra final de la malla. Aquí, casi imperceptiblemente, se ejecutaba la misma maniobra que al inicio. Se salía recién a tomar una bocanada de aire una vez realizado un buen desplazamiento. Luego de tres o cuatro potentes brazadas el siguiente obstáculo que aparecía frente al nadador era la mesa. Con estrepitosa clavada y trepada agresiva de piernas quedábamos encima. Una vez arriba, se hacía un salto conocido como el brinco del cabrito para tomar el otro lado de la mesa y, desde el filo, ejecutar un clavado con desplazamiento hacia el quinto y último obstáculo. Dos o tres brazadas permitían agarrarlo y, con la misma técnica que el paso de la malla, superarlo. De ahí, prácticamente, con una o dos brazadas más concluían estos explosivos cincuenta metros de natación con obstáculos. La patada continua era la clave para un mayor avance a lo largo de toda la piscina. Nuestra meta, bajar de los treinta segundos.

La prueba de descanso en nuestros entrenamientos era el tiro. Utilizábamos los fusiles “Tanner” o “Manlincher” de alta precisión y de alimentación manual. Ideales para este tipo de competencias debido al modo como era llevado cada cartucho a la recámara. Nuestros trajes eran adecuados para este deporte. Para el pecho, codos y rodillas disponíamos de un material antideslizante que permitía mantener la firmeza con la moqueta y la culata en la misma posición al momento del retroceso durante el disparo.

Los blancos se encontraban a doscientos metros. Era la diana típica en la cual, desde el número diez hasta el seis, los círculos eran de color negro y borde blanco. A partir del cinco al uno, los círculos eran blancos con borde negro. Con la práctica era bien difícil salir del diez o el nueve. Un ocho era considerado como una pérdida de concentración o falta de voluntad en alcanzar la precisión.

La prueba consistía en ejecutar el disparo de veinte cartuchos calibre 7,62 mm., diez de precisión durante diez minutos en posición tendido; y diez de velocidad durante un minuto en la misma posición. En la ejecución de cada disparo había personal marcando cada uno en la línea de blancos. Disponían de paletas marcadoras que indicaban, mediante movimientos establecidos, el puntaje en cada tiro. En esta prueba primaba mucho la confianza, serenidad, voluntad de éxito y perseverancia. Era la prueba técnica por excelencia que determinaba, a la postre, la victoria o el fracaso en el resto de pruebas. No anhelábamos tener diez en todos los impactos, más con un ciento noventa podíamos dar lucha a los más experimentados.

La pista de obstáculos era la reina de las pruebas en el Pentatlón Militar. El éxito radicaba en la técnica utilizada para salvar cada uno ellos. La flexibilidad y rapidez logrados en los entrenamientos permitían alcanzar los valiosos dos minutos cuarenta segundos, mandatorios para lograr por sobre los mil puntos en esta ruda prueba. La pista se proyectaba en un terreno de cien metros de ancho por ochenta de largo, sobre los cuales se adecuaban veinte obstáculos, haciendo un recorrido en “s” con una distancia no mayor a cinco metros entre cada requerimiento. El primer requerimiento o pata estaba conformada por una escalera de cinco metros, dos vigas dobles, dos alambradas; una tipo conejera, cubierta de alambre con altura de cincuenta centímetros, desde el suelo, y la otra formada de ligas elásticas. Posteriormente venían los vados, el espaldar y los troncos de equilibrio. En este primer tramo la clave estaba en mantener la cadencia en la carrera y evitar el derroche de energías, necesarias para el remate final. En el segundo tramo el requerimiento consistía en cruzar la pared, plano ligeramente inclinado de casi cuatro metros de longitud. Luego teníamos que pasar la mesa irlandesa, conformada por dos pilares de dos metros de altura sobre los cuales se colocaba una tabla. Un buen tiempo hasta este obstáculo, se con- sideraba el minuto y medio a ritmo de competencia. Después, con ligeros piques entre obstáculos quedaban las vigas horizontales con la conejera, donde se debía preparar su superficie para facilitar su cruce. Una vez más, las infaltables vigas dobles, la clave para cruzarlas en el menor tiempo posible era pegar bien el pecho a los tubos y evitar dar mucha silueta. A continuación, y en el mismo tramo, venían el parapeto y un pequeño foso. Se tomaba la misma viada que daba la cadencia para llegar a la fosa de dos metros de profundidad, aquí las energías parecían desvanecerse.

En el tercero y último requerimiento quedaban por ser salvados el muro de salto que era compacto y de fácil cruce, la escalera de metal de cuatro metros de altura, que con una bandera5, podíamos superarla. Finalmente, el paso de la pista culminaba con el muro de salto de dos metros de altura, el recorrido en zigzag y las tres paredes sucesivas. Eran los últimos metros donde, prácticamente, se entregaba alma, vida y corazón.

El lanzamiento de granada formaba parte de las pruebas técnicas. La potencia, concentración y explosión muscular eran los factores que permitían dar buenos resultados en competencia. Consistía en el lanzamiento de dieciséis granadas, cuyo peso y características eran similares a las reales, sin embargo no tenían el explosivo ni la espoleta en su interior. El tiempo estimado era de veinte minutos para el efecto. Esta prueba se dividía en dos partes: la primera, denominada de precisión y la segunda, de potencia, en la que el pentatleta disponía de tres lanzamientos para lograr el mejor puntaje.

Finalmente, y para lograr superar los cinco mil puntos, restaba la carrera de ocho kilómetros campo través. Esta prueba demandaba resistencia y fuerza muscular, capacidad aeróbica y experiencia para administrar las distancias en competencia. Eran ocho mil metros en los que el pentatleta dejaba todo de sí en el circuito establecido. Se la realizaba el último día y los deportistas salían de la partida en el or-

5. Nombre que se le da al modo como se acostumbra a cruzar una escalera en la pista de obstáculos de Pentatlón Militar. Desde el antepenúltimo escalón se pasa el brazo hacia el mismo escalón pero del lado contrario. Haciendo pivot y con el cuerpo apoyado ligeramente en la base superior de la escalera se realiza un leve impulso; el cuerpo comienza a girar y en el momento preciso se debe soltar para caer adecuadamente en el suelo.

den determinado por los puntajes obtenidos hasta el momento. Todos buscábamos una marca bajo los veintiocho minutos para lo cual, era necesario dosificar y mantener el ritmo a lo largo de la carrera.

El pentatlón militar no solo significó un deporte más. Debido a la diversidad de pruebas sensiblemente exigentes, debimos dedicarlo horas enteras de entrenamiento. En la Escuela Naval, que de por sí era dura, tuvimos que poner un granito más a esta maravillosa disciplina militar. La satisfacción personal y la de los camaradas de equipo era sin igual. Dar lo mejor de nosotros para ver a nuestra Escuela Naval ocupando los primeros sitiales en el Inter Escuelas Militares determinó, a la postre, que tanto autoridades e instructores se den cuenta de la real valía de este deporte en la vida del Guardiamarina; no solo en el aspecto competitivo, sino, también, en su adiestramiento y madurez como futuro conductor de tropas. Fue un deporte que nos catapultó a mejores días y maduró valores que muy difícilmente se podrían haber encontrado en el normal trajinar en la fila. Aprendimos a ganar y a perder, a sobrellevar el dolor físico en el entrenamiento, a desarrollar un espíritu leal y de sacrificio elevado; y, sobretodo, dentro de nosotros creció aún más el sentido del honor. simplemente, decidimos ser Guardiamarinas pentatletas.

Miguel siempre fue un oficial destacado, desde sus comienzos en el Colegio Militar, su paso por la Escuela y su vida en las Fuerzas Especiales. Lo llegamos a conocer en forma personal como Instructor Militar enviado por el Ejército. Recuerdo el día que llegó, nos hizo formar y nos dijo a los reclutas de ese entonces, que siempre quería vernos en el propio terreno y al trote, demostrando juventud y derroche de energías. Nos mostró, en una de las tantas instrucciones militares, el video de un curso de contraguerrillas en Colombia, las pistas que pasaban y las pruebas de “confianza” a las cuales eran sometidos. Era el curso de lanceros. Sin lugar a dudas estábamos viviendo en grado supremo la mística militar. Así lo sentíamos los Guardiamarinas, gritábamos las avivadas de corazón, las canciones militares, tanto navales como militares, las entonábamos de tal forma que ni el mismo tableteo de las ametralladoras podía compararse. Miguel era de aquellos soldados que dejaba estela a su paso, no sólo dejó Guardiamarinas imbuidos de mística y honor, más bien dejó amigos. Toda la Brigada de Guardiamarinas lloró junto a él la pérdida de su padre en un trágico accidente aéreo, al caerse el súper Puma en el oriente ecuatoriano. Fue uno de los generales de mayor relevancia y prominente liderazgo en el Ejército, junto al no menos estoico y caballero Carlomagno. Los Guardiamarinas de aquella época, difícilmente, podríamos olvidar la calidad humana e inagotable espíritu militar de Miguel, su hijo, quien fue un Instructor Militar que marcó la vida formativa de muchos Guardiamarinas, por no decir de todos.

El Comando Luis Parreño, Teniente de Caballería, no tenía curso de comandos, pero reflejaba su actitud de viejo soldado, chapado a la antigua. Era de aquellos que daba instrucción toda la noche y estaban de pie a primera hora de la diana, de los que cargaban las botas de caballería charoladas. Tenía curso de licenciado en Educación Física. Andaba a cargar, en los entrenamientos de las selecciones de atletismo, pentatlón, tiro y esgrima, unas tablas nutricionales y biorritmo. Fue muy técnico y sofista en sus cálculos. Con su desinteresado apoyo logramos clasificar al sudamericano de cadetes. Cuando los camaradas del Ejército trataban de marginarnos; él, a pesar de ser uno de los delegados de menor jerarquía, luchaba por nosotros y hacía prevalecer los derechos de la selección naval.

Sería el propio Capitán Cristóbal, quien se daría su propio recibimiento. Fue una tarde soleada en Salinas, culminaba la hora de deportes, aún con su uniforme camuflado con los parches de la unidad del Ejército, se acercó al grupo que nos encontrábamos lanzando granadas de entrenamiento en el parapeto. Con extrañeza comenzó a preguntar: –Cadetes navales buenas tardes, quisiera indicarles que yo también fui pentatleta– respiraba agitado, sudando a raudos, de- bido al viaje y al cambio brusco al nuevo clima.

Continuó atónito, tratando de ganar confianza de sus nuevos alumnos:

–Permítanme lanzar unas granaditas para no perder la costumbre. Comenzó a lanzar con una precisión y técnica solamente observadas en un ex pentatleta, todas centro, centro.

–Parece que aún no he perdido la costumbre -decía motivado. Quedaban aún cuatro granadas en el surco del parapeto, de pronto sonaron las tres campanadas de forty las actividades.

–Como más antiguo me permito informarle señor que esas campanadas significan “forty” las actividades, permiso para mandar a retirar al equipo para el aseo de la tarde mi Capitán.

–¡Espere cadete, como usted ha dicho!, forty las actividades, ¡así es, así es! -repetía y con mayor concentración y velocidad lanzó las cuatro granadas restantes. Lanzaba una cada tres segundos y seguía repitiendo:

–Eso es, forty, forty, más forty, más fuerte.

No pudimos mantener el estupor de la situación y estallamos en carcajadas al unísono. No lográbamos parar de reír, mi Comando Cristóbal nos observó, más que molesto, sorprendido, por la actitud de sus subordinados de nuevas tradiciones. Muy amablemente requirió:

–Nombre del Guardiamarina más antiguo, ¿puede explicarme a qué se debe tanta risotada?

No me quedó otra opción que transmutar mi semblante de niño travieso al del Brigadier Teniente embestido de formal mando para contestarle:

–Brigadier Luis Ortega, mi Capitán. Mil disculpas por el insolente comportamiento de los Guardiamarinas. Las tres campanadas indican el alto a las actividades, que culminan los deportes y que inmediatamente tenemos que pasar a asearnos. Me permito decirle que por desconocimiento de las tradiciones navales usted creyó que se trataba de darle más fuerte al entrenamiento. Creo que fue una confusión de parte y parte. Solicito para dirigirnos hacia el Cuerpo de Guardia y presentarle al Oficial de Guardia, sería un honor mi Capitán.

Al parecer comprendió nuestro inocente proceder, que de inocente no tenía mucho, pues, nos estábamos riendo de la actitud de un superior. Éramos tan diáfanos en nuestro actuar que, hasta el más mínimo de los desvíos de las normas aprendidas se volvían hábitos en nuestra conciencia. Al siguiente día saldamos nuestros errores, si así podríamos llamarlos, que no dejaban de ser transgresiones a la impoluta formación que el Guardiamarina recibía, con mayor sacrificio, buscando mayores desafíos y entregándonos al lema que nos inculcaron desde reclutas, a nuestros diecisiete años, “soy y seré el mejor Guardiamarina del mundo”, y creo fervientemente que así lo fue, fuimos todos los mejores Guardiamarinas del mundo, sin excepción.

La instrucción militar, de cuatro a seis horas semanales, constituía la vitamina que recibía el Guardiamarina para mantener alimentado su espíritu castrense. Si bien era verdad, la mayoría de la instrucción se encaminaba a formarlo como conductor de unidades navales, no menos cierto era que, para hacerlo, demandaba una formación férrea, tanto de carácter como de liderazgo. Para ello, la persona res- ponsable y motivadora del aspecto militar era el Instructor Militar. Su estoica parada, su forma de llevar el camuflado, el orgullo que sentía por representar a su Fuerza en el alma máter de la Armada constituía el eje diario de su comportamiento frente a nosotros. A más de su compulsiva actitud de vivir de ideales en un mundo militar que cada día se había tornado coyuntural y poco pragmático.

Los Guardiamarinas anhelábamos aprender más y más en las instrucciones militares. Se nos inculcaba no sólo acerca de la típica instrucción formal, sino también, sobre las habilidades militares que, en las pocas horas disponibles, se impartían. Aprendimos a descender con arnés y mosquetón desde una antena ubicada a unos cuarenta metros del Cuerpo de Guardia. Era un fierro pintado de negro con unos quince metros de altura aproximadamente. De esta altura descendíamos de frente y de espalda.

Los instructores Infantes de Marina realizaban la planificación de las distintas instrucciones en coordinación con los profesores del Ejército. Resultaba muy incómodo el azul dungaree, uniforme normado para estos menesteres pero, ante la incomodidad, primaban las tradiciones navales. Jamás se hubiera preferido al camuflaje que al viejo uniforme de fatiga usado por la tripulación a bordo de los buques. Los martes y los jueves eran días destinados a la instrucción militar; solíamos disponernos, fervientemente, para aprender algo del adiestramiento individual de combate.

Muchas ocasiones el raudo frío del ambiente me hacía ver cuán equivocado podía estar, principalmente, al recibir las órdenes dadas por mis superiores.

La gran mayoría de ellas se basaban en apego al fiel cumplimiento del deber, con ellas me sentía errado cuando las ponía en tela de duda; sin embargo, las otras, las dadas sin ton ni son, aquellas que simplemente se convertían en lisonja al superior, a ellas cuestionaba en lo más profundo de mi ser. De todas formas el único perdedor resultaba mi ego; bajo la imperante ley castrense de “la piedra y el huevo”, el mayor afectado era el orden jerárquico menor.

Fueron momentos memorables que arrebataban mi paz interior, especialmente, al iniciar la carrera de las armas, al comprobar la actitud de quienes comenzaban a detentar el poder basado en la antigüedad, se tornaba reprochable bajo mi pobre e inexperto punto de vista. Quizá me faltaban algunas coladas6 de más trascendencia para entender el espíritu de sus decisiones, para encajar dentro de un sistema que ni el más ávido de los sabios podría descifrar en un inicio.

La Escuela Naval compelía la mente del Guardiamarina de tal forma que ningún factor externo afectara nuestra vocación. A lo largo de los cuatro años y medio, la mente y espíritu del joven aspirante a oficial de la Armada no dejaba de enfrentar fenómenos exógenos alienantes de la sociedad. A pesar de toda duda, el joven oficial en el grado de Alférez de Fragata, primero en el escalafón militar de la

6. Se definían a los años de cursar la carrera militar, especialmente dentro de la Fuerza Naval, muchas veces se trataba de un término que implicaba el orgullo de haber resistido los primeros años en la Escuela Naval.

oficialidad naval, lograba percibir, en sus primeros años, toda la responsabilidad que no había descubierto durante su formación.

Comprender lo qué ocurría con esos nobles espíritus, sólo ellos quienes, participaron en su formación, podrían dar fiel testimonio, pues, de su actitud, dependería la calidad militar, intelectual y de servicio de los futuros oficiales. En el efecto “esponja”; el Guardiamarina lograba asimilar lo que le decían, copiaba lo que hacían sus superiores, todo se grababa en su retina. A posteriori, las frustraciones e incongruencias se evidenciaban cuando, en las relaciones laborales, aparecía un desequilibrio en la aplicación del mando, “más aún cuando las fricciones en el diario trabajo dejaban estela de abuso y autoritarismo mientras se aplique justicia”. Frases que citábamos de los manuales de liderazgo que comenzábamos a devorar en los escasos tiempos de ocio.

Durante la temporada de aspirantes a Guardiamarinas tuvimos instructores chapados a la vieja escuela, ortodoxos y doctrinarios por naturaleza. Hablaban siempre de la Escuela Naval de Guayaquil, recordaban siempre que fue muy rigurosa y que se permitían ciertas exageraciones. Este sentimiento de orgullo por haber “aguantado” incidía en quienes empezábamos la larga ruta a la oficialidad naval.

–Arriba, abajo, arriba, abajo -eran las palabras más escuchadas del clímaco7 cuando éramos aspirantes. Disposiciones que en las promociones, en mayor o menor grado, se repetían año tras año.

Durante el reclutamiento los nuevos aspirantes a Guardiamarinas pasaban buen tiempo tendidos pecho en tierra, con su chompa marinera blanca, impecable contra el polvo que, mezclado con sudor, se convertía en todo, menos algo presentable, por lo que los aspirantes, después de cada comida, tenían que disponer de una nueva tenida para después de la “sesión” con el gama8más antiguo. Todo era parte

7. Guardiamarina antiguo y que pertenecía al primer año en la Escuela Naval. Encargado directo de la formación de los Guardiamarinas que formaban parte de su mesa.

8. Palabra corta que significa Guardiamarina, aspirantes a Oficiales de Marina, cadetes de la Escuela Naval.

de nuestra escolástica formación, eran las pruebas diarias que teníamos que superar, era la lucha contra nosotros mismos.

En las formaciones del medio día se ponía a prueba la principal virtud de los primeros meses de formación, la paciencia. Pañuelos impecables, botas charoladas, calcetines nuevos, interiores bien marcados, uniformes blancos como la nieve, hebillas brillantes, uñas limpias y bien cortadas; corte de cabello adecuado, todas exigencias para pasar una buena revista de aseo. Las formaciones eran por guardias. Es decir, en cada guardia se encontraban Guardiamarinas aspirantes, de primero, segundo, tercero y cuarto años. Formar en la primera fila con el peso del cuerpo ligeramente hacia adelante era la posición básica de los aspirantes. Siempre en las formaciones con su sombrero marinero impecable. El banderín era el distintivo de cada guardia. Amarilla, azul y roja. La presión psicológica, por parte de los más antiguos, no solo se limitaba a las formaciones. Las mesas eran los principales centros de formación para los Guardiamarinas que recién ingresaban a la Escuela Naval. Era deber del recluta servir los alimentos para el resto de los integrantes de la mesa. A la cabeza se encontraba el “dios” o Guardiamarina de cuarto año. Le secundaban dos gamas de tercero y dos de segundo año, respectivamente.

En la popa de la mesa estaba el recluta con dos clímacos a ambos lados, los mismos que, durante todo el rancho, le presionaban para que sirva adecuadamente los alimentos e informara de las noticias del día, leídas antes de la formación. El tiempo para servir los alimentos era mínimo y dependía de su habilidad y rapidez terminarlos.

Sentarse a cuatro dedos del filo de la silla y subir los alimentos a su boca haciendo un ángulo de noventa grados en cada movimiento eran parte de sus obligaciones. En los primeros días, a la mayoría de reclutas les invadía los nervios, ansiaban correr a sus entrepuentes a cambiarse de chompa marinera, debido a los salpicados de los alimentos en la mesa. Los clímacos aguardaban por aquellos que no cumplían adecuadamente con sus tareas. El patio de cordeles era el lugar escogido para las reprimendas que iban, desde simples consejos, ejercicios físicos, hasta el teque9 por la noche. Los reclutas se convertían en la vida misma de la Brigada de Guardiamarinas. Su modo efusivo al saludar, el derroche de energía al moverse de un lugar a otro, el modo como se autoarengaban, inspiraba, en los antiguos, mejores días a la vida rígida, monótona y sacrificada de la Escuela Naval. -¡Todos pasamos por lo mismo y ustedes deben proponerse ser los mejores siempre!

Eran las palabras que los más antiguos retomaban cuando veían a los jóvenes aspirantes ofuscados, agotados y muchas veces perdidos en el incomprendido mundo del reclutamiento militar. Todo tenía su por qué. No obstante, los débiles de carácter, comenzaban a delatarse. Cualquier dolencia se convertía en el mínimo pretexto para renunciar a la lucha.

El término exento en la Escuela Naval era para aquellos Guardiamarinas que por una o varias razones de carácter médico tenían reposo. Los reclutas, especialmente, se valían de este reposo para evadir el régimen normal; mas, a la postre, terminaban retirándose de la Escuela. A pesar del deshonor que conllevaba estar horas de horas fuera de régimen, hubo más de uno que se amparó en las coyunturas para seguir en la fila, a pesar de haber permanecido exento por año y medio en litera.

Quienes apoyaron este tipo de injusticias quizá nunca se dieron cuenta que existían reclutas convencidos que sí estuvieron en las instrucciones militares, que sufrieron codo a codo desde el primer día y que sobre todo, anhelaban convertirse en antiguos. Lamentablemente, por no cumplir con los estándares académicos, médicos y militares requeridos para continuar fueron también separados de la Brigada de Guardiamarinas. Si se les hubiera dado la misma oportunidad que aquel Guardiamarina exento, quién sabe si hoy hubieran sido brillantes oficiales o, inclusive, excelentes líderes en combate.

9. Castigo físico que era aplicado a quienes habían faltado al reglamento de Disciplina Militar y que consistía en ejercicios físicos después de la hora del silencio. Iba de treinta minutos a una hora. El Brigadier de Guardia estaba encargado de su cumplimiento.

Ellos tuvieron honor, pidieron o les dieron la baja porque era otro el camino a seguir. Salieron por la puerta grande. Prefirieron hacerlo antes de quedarse atentando contra sus propios principios y normas establecidas en la carrera militar para todos, o casi todos.

Con todas estas situaciones debíamos seguir adelante. La presión que se cernía sobre nosotros tenía un fin, probar nuestro carácter día tras día. No había lugar a descanso, salvo en las aulas donde la obstinación era atender a clases y obtener los mejores resultados posibles en los exámenes. No cabía en nuestras mentes malversar las sagradas vacaciones, pues, aun en ellas, había que estudiar para no fallar en el aspecto académico.

La fase de aspirantes determinó un cambio radical en nuestro proceder. Las formas militares se habían hecho “carne” en cada uno de nosotros. Los gordos estaban flacos y los flacos más flacos. Las tradiciones navales, que fueron casi memorizadas por completo, comenzaban a dar forma a los nuevos marinos, quienes tenían una meta: llegar a ser Oficiales de Marina.

El camino no era fácil.

En los años de formación, tanto a Guardiamarinas como a grumetes, al menos durante los primeros meses, la principal fuente de enseñanza fue la convicción profunda en lo que hacíamos. Dado del poco tiempo disponible en las aulas para entender el fin que se perseguía, eran los momentos aparentemente libres, en donde se buscaba comprometer la mente y el espíritu de estos jóvenes patriotas para convertirlos en marinos de guerra aptos para enfrentar cualquier amenaza. Siempre se nos recordaba la misión de la Escuela superior Naval, con una profunda oración para nuestras mentes y corazones: “Capacitar moral, física e intelectualmente a la juventud ecuatoriana que ingresa a su seno, con el fin de entregar a la Armada oficiales con la suficiente preparación para cumplir con las tareas que se les asignen y con los conocimientos básicos necesarios para un futuro perfeccionamiento técnico profesional”.

Éste era el norte destinado al contingente humano representado por los aspirantes a oficiales y aspirantes a personal de tropa. La vida en estos centros de formación no era fácil, desde el mismo momento en que dejábamos los hogares y modos de vida civil. Desde que cambiábamos los cómodos zapatos por las botas caña alta; cuando al fin encontrábamos en el azul dungaree y blanco “loco” las tenidas de fatiga, fieles acompañantes durante las largas jornadas que, mandatoriamente, tendríamos que transitar por los escenarios que brindaban estos centros de formación naval-militar.

El curso de aspirantes se caracterizaba por darle al ex civil forma de joven militar. Las jornadas de entrenamiento físico, instrucción militar y capacitación, en términos marineros no cesaban. Se sumaban las clases con el fin de prepararnos para el primer año que se venía con una carga académica comparable con cualquier Politécnica del país.

El primer año recibía a los ex aspirantes con nuevas responsabilidades. Sin embargo manteníamos la misma condición de reclutas hasta el siguiente mes de septiembre en que ingresaban los flamantes aspirantes. Seguíamos manteniendo nuestras limitaciones y exigencias tanto en la cámara, entrepuentes y área de cursos.

En septiembre todo comenzó a cambiar, en especial un día después del bautizo. El Dios Neptuno en una dura prueba, llena de estaciones y tradiciones marineras, permitiría que dejáramos de ser reclutas y pasáramos a formar parte de su reino, el de los Antiguos. A partir de aquel momento dejaríamos de comer en escuadra, de sentarnos en la mesa a cuatro dedos, de darnos la vuelta completa al área de vivienda para evitar salir por la proa que era por donde caminaban sólo los gamas antiguos. Nos tratarían ahora ya no con el término reclutas, ahora éramos flamantes Guardiamarinas de primer año. Todo cambiaría luego del “bautizo en tierra”. A pesar de los nuevos beneficios o mejor, de la ausencia de ciertas tradiciones que nos forzaban el trajinar día a día, nos llenaba de satisfacción el saber que otros jóvenes ingresarían en los próximos días. Pletóricos de alegría ultimábamos los detalles con toda la Brigada de Guardiamarinas.

Teníamos ahora la delicada tarea de formar a los flamantes as- pirantes y moldear su cuerpo y espíritu tal cual lo hicieron con nosotros. La gran aspiración se traducía en lograr a futuro gamas antiguos llenos de amor a la Marina, convencidos y místicos con un espíritu a toda prueba.

Meses después, en diciembre, la Escuela adquiría otra tonalidad. Los preparativos para la graduación de los Alféreces de Fragata, conllevaban actividades para toda la Brigada de Guardiamarinas. Los nuevos aspirantes, por un día en sus vidas, tomarían el mando de quienes fueron sus Brigadieres en los primeros meses. Este evento, conocido como la “última diana”, no era otro que mostrar un sentimiento de gratitud a aquellos potenciales Alféreces y que la Escuela Naval reconocía su trayectoria. Que su imagen perdurará de manera especial en quienes estuvieron bajo su mando y que su ejemplo mantendrá vívido el recuerdo en medio de un sistema en que los subordinados deberían superarlos.

¡Oh, cómo ha pasado el tiempo, cuando me detengo a pensarlo, casi no lo puedo creer, tan solo falta un día para que, del fondo de los mares, emerjan esas palas a posarse sobre nuestros hombros!

Fue la última avivada que mis gamas de cuarto año entonaban en aquella diana de diciembre. Sudados aún, por los ejercicios físicos que “sus” aspirantes habían ordenado se ejecuten, se aprestaban, veloces, a cambiarse para la rutilante ceremonia.

Como Guardiamarinas “megatos”, o curso “sanduche” de la Escuela Naval, estábamos a cargo de la formación de los reclutas y debíamos capear las materias de Física y Cálculo, consideradas las más difíciles. Además, la presión del tercero y cuarto año sobre nosotros, pues, había que dar cuenta del avance formal de los reclutas, lo que se veía día a día en su comportamiento durante el rancho en las mesas. Fue el curso de mayor sacrificio académico y militar en la vida de Guardiamarina. Era nuestra lucha contra el estrés de la cotidianidad, presión de los estudios y de los más antiguos. El sólo hecho de aguantar al ingeniero, regordete profesor de Física, convertido, con el transcurso de los años, en el tamiz de la Escuela Naval. Quienes pasaban esta materia, prácticamente, estaban graduados, salvo situaciones de orden físico, disciplinario o inclusive casos fortuitos, propios del destino; sin embargo, la meta de todo Guardiamarina al pasar, a su segundo año, era de alcanzar el tan anhelado catorce, nota que imprimía el salvoconducto para tercer año.

La materia era fácil, primaba la experiencia de Guardiamarinas de otras promociones y el conocimiento adquirido en los colegios. A pesar de ello, la presencia invariable y la poca confianza que inspiraba el profesor, motivaba satanizar la materia como casi infranqueable; y es que las cifras lo decían, se hablaba de más del treinta por ciento de cada promoción como perdidos el año. Por Física había más dados de baja que por faltas a instrucción Militar, sanciones al cometerse faltas atentatorias o, inclusive, por retiros voluntarios. Sus clases adolecían de un bajo nivel académico; cosa contraria sucedía con los exámenes, eran sumamente complicados y su manera de evaluar no daba margen a errores procedimentales. El primer error era un cero en cualquiera de las preguntas; de ahí que, la gran mayoría de los Guardiamarinas dependía de los cuatro puntos de laboratorio de Física y de los dos puntos del cuaderno que, obviamente, se ponderaba en base a la mejor letra y colorido.

En tercer año, el esfuerzo académico iba encaminado a incursionar, poco a poco, en la vida naval; especialmente en el conocimiento de los buques de guerra. El “dragoniano” era considerado el supervisor de los menos antiguos. La Escuela era movida por el tercer año. Estaba por todas partes, su deber: controlar y ejecutar las órdenes y políticas establecidas por los gamas de cuarto año y Brigadieres. Paulatinamente nos dábamos cuenta de cómo funcionaría nuestra vida como oficiales. La jerarquización, basada en el respeto y la confianza echaba raíces desde sus inicios, desde la vida como Guardiamarinas. Fue en este año donde pasamos mayor tiempo embarcados. Dábamos nuestros pasos como navegantes al conocer las cubiertas de nuestros inveterados buques auxiliares: Cayambe, Chimborazo y Hualcopo. Aprendimos a conocer las nociones básicas para conducirnos como potenciales comandantes de unidades a flote de nuestra Institución.

La Escuela de por sí tenía vida propia. Muy pocas veces los oficiales instructores y de planta tenían que decirnos lo que debíamos hacer. El nivel de conciencia militar y moral era elevado. Quienes no se adaptaban a este ritmo de vida, tarde o temprano, se veían compilados a decirle adiós a este prestigioso centro de formación superior militar. Los oficiales aparecían en las formaciones. Tenían la plena confianza en su cuarto año. La excelsitud del mando tenía su fortaleza en las bases. Cada uno de los Guardiamarinas que llegaban a las últimas instancias de la vida de escuela, conocía exactamente cada una de las facetas de los cursos subordinados.

Los “dioses”, gamas de cuarto año, tenían funciones que iban, desde las más simples, cómo controlar una eficiente limpieza, hasta las más complejas, como la de encarar las competencias interescuelas militares con los mejores resultados. Todo tenía su porqué, fomentar la responsabilidad y espíritu de cuerpo que determinaría, a la postre, obtener oficiales jóvenes con alto sentido del deber y gratitud por la formación. Las coladas no venían por simple casualidad.

Quienes llegaban al tercero y cuarto año eran, realmente, porque habían puesto su mayor esfuerzo académico, físico y espiritual. El factor suerte tampoco era desdeñable, sin embargo, cada uno de nosotros sabía con qué fin ingresó a la Escuela Naval y bajo qué objetivo las metas debían cumplirse paso a paso. Metas personales como llegar a las vacaciones en julio luego del desfile, a las vacaciones en navidad después de la última cena, a las vacaciones luego de las navegaciones. Otras de carácter formal y militar, tales como llegar a ser antiguos, pasar los bautizos de abordo y en tierra, salir victoriosos en la semana del Guardiamarina, preparar el ingreso de los nuevos aspirantes, ganar alguna medalla en competencias deportivas. Y otras de orden académico como no quedarse arrestado los fines de semana por notas, tratar de estar en la lista de méritos, exonerarse para salir antes de vacaciones o ser considerado, en cuarto año, como Brigadier. Teníamos mil razones para mantener- nos motivados.

Inclusive, para romper con la diaria rutina, la Escuela organizaba competencias como el Guardiamarina de acero. En esta competencia era costumbre que el Comandante de Guardiamarinas disponga cuáles serían las pruebas en que los Guardiamarinas demostrarían sus habilidades como guerreros del mar. Entre otras, el cabo marinero, el cabo comando, el remo a bordo de las chalupas, la carrera atlética alrededor de la Escuela, el tiro al blanco. Todo debía realizarse en equipo. Fueron los momentos ideales para demostrar el verdadero espíritu de cuerpo y el afán de superación personal de quienes labraban su vida dentro de los centros de formación militar.

Al fin llegaba la tan anhelada Ceremonia del Anillo. Las madres de los flamantes oficiales entregaban el anillo naval, símbolo del caballero de mar. A pocas horas se celebraría la entrega de sables de mando; y, finalmente, la rutilante ceremonia de graduación como oficiales de la Armada del Ecuador.

Haber entregado los mejores años de nuestra juventud a este imperecedero centro de formación, en forma apasionada y altruista, implicó el sueño de vivir a plenitud el contexto naval-militar para lograr el anhelado rango de Alférez de Fragata. Además, la Escuela Naval, logró gestar, en lo más profundo de nuestros corazones, esa pequeña llama de servicio, esa flama que, conforme sigan pasando los años, habrá de convertirse en filosofía profesional, en filosofía de vida. Fuimos apenas unos jóvenes con quimeras, pero con una voluntad inquebrantable que, a lo largo de cuatro años y medio de vida como Guardiamarinas, supimos trastocar esos sueños, en franca armonía con la Escuela, lo hicimos realidad.

No solo pasamos por la Escuela, más bien ella pasó por nuestras vidas convirtiéndonos en soldados y marinos de guerra al servicio de la Patria.

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