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Se ha escrito mucho respecto de los errores y aciertos en la reacción frente a la crisis que generó el terremoto en el país del pasado 16 de abril. Como militar y ciudadano me compete compartir los acontecimientos en el nivel que corresponde a la fase de ejecución y acciones inmediatas en la zona cero, así como la materialización de la ayuda en Manta y sus cuatro parroquias.

Vernos sometidos a desastres naturales, más aún cuando en estas zonas ecuatoriales en donde no son comunes y en donde muy pocas veces nos hemos preparado para aquello; definitivamente es motivo de shock, parálisis de la gestión y lentitud en la toma de decisiones.

A esto se suman elementos como el egoísmo político, trámites burocráticos y el centralismo matizado en la figura autoritaria de un solo hombre. Esta inanición de decisiones fue a la que nos enfrentamos el 16 de marzo del 2016, cuando el terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter golpeó la costa ecuatoriana destruyendo en gran parte ciudades como Pedernales, Jama, Canoa, Bahía de Caráquez y severas afectaciones a Manta, Portoviejo, cantones y parroquias rurales de la provincia de Esmeraldas y Manabí, además de los daños sufridos por la infraestructura vial y de servicios básicos.

Nos encontrábamos para la semana del 11 al 17 de abril del 2016 cumpliendo actividades propias de las unidades élite de Infantería de Marina, adiestramiento y ejercicios en áreas específicas de la península de Santa Elena. El personal alistaba armamento y equipo para cumplir la segunda fase de las operaciones, cuando un fuerte sismo sacudió el campamento. La voz de alerta de mantener las posiciones en pocos minutos se vio diluida debido a que, a pesar de no existir alerta de tsunami, la iniciativa fue de dirigirnos a una zona alta. En ruta a Cerro Alto, localidad cercana a Punta Barandúa, a lo largo, observábamos como se iluminaba la vía que une las poblaciones de San Pablo, San Vicente, Punta Blanca, Ballenita, Libertad y Santa Elena, debido al tránsito forzado por la evacuación de turistas y citadinos hacia zonas seguras. Los servicios básicos habían colapsado, no obstante, no teníamos idea del daño producido en otros sectores de la costa ecuatoriana. Cualquier idea o comentarios eran vagos, frente al “posible tsunami” que por el temor y las experiencias de Sumatra, Japón y Chile se gestaban en nuestras mentes. Había que esperar el amanecer para darnos cuenta de la real dimensión del daño causado por la madre naturaleza.

Inmediatamente se dispuso que mantengan comunicaciones, en lo posible, con sus seres queridos. Todas habían colapsado, apenas habían SMS (mensajes cortos de texto), lo que, de una u otra forma alivianaba la carga emocional del personal. El Comandante del BIMEDU mantuvo la posición en el destacamento de Barandúa. Como más antiguo, hizo mérito de lo que en buena lid se dice respecto del Comandante, que sería el último en abandonar el buque, y así fue. Mientras tanto como Comandante del BIMUIL,  procedí a dar tareas al personal que se encontraba en la zona de Cerro Alto. La preocupación fue el agua, paralelamente el personal trataba de comunicarse con sus familias. Las comunicaciones seguían colapsadas, y al parecer no serían reparadas prontamente. Mientras iba y venía del destacamento, pude apreciar que teníamos un fugaz visitante, era el Ministro de Defensa que pedía un helicóptero. Para su mala suerte, el Helo Naval que sobrevolaba la zona estaba ya en Guayaquil desde horas de la tarde.

EN RUTA A CANOA

Recibimos las disposición de dividir al personal y dirigirnos a las localidades de Jama, Canoa, San Vicente y Bahía de Caráquez. La orden del Almirante, Comandante de la Infantería de Marina, desde Guayaquil, fue movilizarnos a estas localidades, establecer el vivac lo más pronto posible y comenzar la ayuda a los damnificados. Debido a la experiencia en las inundaciones meses antes en el sector de Milagro, no era tan vaga la idea de cómo operaba la SNGR, Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, otrora la Defensa Civil. La sorpresa que embargó al grupo era que las mesas que son parte de riesgos en caso de emergencias no habían sido conformadas. Habían pasado más de 48 horas y aún los técnicos de la SNGR no definían sus accionar.

Mientras tanto, al arribo del contingente de infantes de marina, la ayuda comenzó a fluir. El Comandante del Batallón de Apoyo de Combate y Apoyo de Servicio de Combate, San Eduardo, BIMEDU, nombre táctico militar en conflicto o en guerra, implementó el centro de acopio, fortaleciéndolo con médicos, enfermeros y tripulantes de soporte. En este centro, la tarea principal fue la de recibir todo el apoyo que provenía de los distintas ciudades en beneficio de los damnificados. El tiempo apremiaba, pues los protocolos de rescate estimaban que podría haber sobrevivientes hasta 48 horas debajo de los escombros. Era martes y aún seguían llegando los equipos de rescate. Habían más de 17 grupos especiales, y una brigada del ejército que establecía su vivac en alguna de las canchas de fútbol.

La situación cada vez era más y más complicada. El Presidente de la República arribó el lunes en la noche, aún colapsados los servicios básicos, en lo referente a sanidad preguntaba el porqué el hospital de la localidad no estaba operando, pudiendo constatar que a parte de estar cerrado no contaba con el generador eléctrico de emergencia. Iba y venían las respuestas de las autoridades, pretextos o no, un oriundo manifestaba que no venía operando desde hacía rato. Paralelamente, había sido montada una pequeña enfermería de campaña en la parte alta de Canoa en caso que pueda formarse un tsunami con las réplicas. La presión era notoria, todos quería quedar bien ante el Mandatario, no obstante las premisas eran otras, como el dotar de carpas o de refugios temporales a los afectados. La comida caliente escaseaba y esto para la Infantería de Marina se había convertido, en términos operacionales, en la vulnerabilidad crítica.

Mientras tanto, en el centro de acopio, la cosa iba bien, por un lado el médico militar con todo su personal trataban de salvar las vidas  y curar a los heridos; y por otro, los infantes de marina descargando el material de las “mulas” que en su gran mayoría eran donaciones recibidas desde las grandes ciudades; y, vehículos particulares que en medio del caos lograban llegar al parque central de Canoa, en donde horas antes habían sido colocados los cadáveres infaustos producto de la ira de la madre naturaleza.

Desde el punto de vista militar, por así decirlo, el problema a resolver, era en resumidas cuentas, dar luces, liderar al grupo que el Estado avalaba como el responsable en estas emergencias, y como fin ulterior lograr el efecto deseado: haber levantado la moral (estado de ánimo y autoestima) de un pueblo devastado, estabilizando al menos, su día a día con comida caliente, refugio y asistencia médica. Ambas cuestiones fueron resueltas. Los responsables de conformar las mesas de emergencia no fueron lo suficientemente ágiles, al parecer los aspectos técnicos en casos extremos no deben verse como requisitos sin equanom pues, no estamos frente a simulacros en donde los minutos puedan parecer horas; estábamos frente a una situación crítica, al punto que lo que se vivía ni siquiera aceptaba reuniones planificadas. Las decisiones debían tomarse en base a intuiciones, a experiencia, y escuchando las bases doctrinarias propias para minimizar los daños producto de los desastres naturales.

Mientras las SNGR dedicaba sus esfuerzos a conformar las mesas y establecer salidas técnicas a todo, la infantería de marina comenzó a operar en campo, es decir, decidimos encarar al desastre, literalmente haciendo formar a todos los grupos de rescate que estaban en Canoa. Caminamos por todas las cuadras censando a los grupos de élite y rescatistas con el fin de diversificar esfuerzos y dividirnos en grupos en las distintas manzanas. Llamó la atención de propios y extraños el hecho de que habían más de diez retroescavadoras parqueadas a lo largo de la calle frente al parque central, lo más curioso, sin operadores. Di la orden que los busquen por todo Canoa. Había sido decisión de ellos retirarse, pues nadie los dirigía y menos conocían del trabajo que debían realizar. Fueron distribuidos en las cuadras con los rescatistas expertos y ellos tomarían el mando de las maquinarias. Mientras tanto, el personal militar, infantes de marina como miembros del ejército bloqueaban las vías de acceso, además de mantener expedita la ruta hacia el centro de acopio, que poco a poco comenzaba a tornarse en un problema a ser resuelto, pues a parte de no dar el abasto suficiente, por orden política, se había irrogado tareas innecesarias que a la postre complicaba el fin para el cual fue creado. En medio de todo este dilema de seguridad, los delincuentes no podían dejar de lado esta fabulosa oportunidad de desmantelar lo poco que quedaba en pie. Fui alertado de bandas criminales que estaban operando en el sector; no dudamos en aprehenderlos y ponerlos  órdenes del UPC, Unidad de Policía Comunitaria, que tenía apenas tres uniformados. En algo, al menos en esos tristes días, se logró palear la delincuencia común.

Conforme pasaban las horas, la tónica de la asistencia humanitaria cambió drásticamente. Muchas de las donaciones no servían de mucho, pues lo que se necesitaba era de los insumos para cocinar: agua, gas y energía eléctrica. Esta última se fue normalizando junto con la señal de telefonía celular el día miércoles 20 de abril. Ante esta situación, el Comandante del BIMEDU solicitó permiso para dar de comer a Canoa. Asi de descabellada fue la idea de Milton, pero conocedor de sus capacidades, estaba convencido que sería pan comido. Y es que teníamos todo: el ímpetu de los comandos infantes de marina, un equipo de apoyo de servicio de combate o logísticos hablando en términos más sencillos de primerísima categoría y los recursos que desde que ingresé a la Infantería de Marina, siempre mis jefes se encargaron de hacer un buen trabajo a la hora de presentar proyectos en materia de adquisiciones; en otras palabras, disponíamos de un material en excelentes condiciones de empleo, y sobre todo útil en situaciones extremas.

A buena hora, se restablecieron los servicios básicos, habíamos implementado al ingreso de Canoa un centro de acopio más grande, evitando que los camiones ingresen al centro del pueblo, y los trabajos de búsqueda de sobrevivientes sea ejecutado sin causar mayores daños. Habían cables de alta tensión en el suelo, el olor fétido de la descomposición de los alimentos que quedaron bajo los escombros y de los cadáveres que en su momento fueron apilados en el parque central estaba causando serios problemas sanitarios, tornándose insoportable respirar, sumado al líquido vital que era más utilizado para bebida.

Cada vez que me acercaba donde los responsables de las acciones humanitarias y de rescate, veía en ellos indisciplina, y sin temor a equivocarme lo único que les interesaba era quedar bien en el ámbito político, evidenciándose en el manejo del centro de acopio, en las decisiones de la operación de las retroescavadoras y sobre todo cuándo no sabían qué hacer con las donaciones. Este fue el caos que reinó durante los días que permanecí en Canoa; que sin desmerecer el trabajo de otras entidades, sino hubiese permanecido la infanteria de marina con su contingente, mucha gente no hubiera recibido asistencia oportuna, los grupos de rescate se hubieran retirado al segundo día desmoralizados por la falta de decisiones; y finalmente puedo decir que jamás conocí a un dirigente político de la localidad, siempre se habló del distanciamiento que existía con el gobierno. Quienes montaron las mesas, si así fue, fueron funcionarios de la SNGR que nada tenían que ver con Canoa.

Repentinamente recibimos la orden de replegarnos. Con la satisfacción del deber cumplido desmontamos el vivac y nos alistamos para trasladarnos a la ciudad de Manta, de donde sabíamos muy poco de los daños que había sufrido. Paralelamente a nuestra labor en Manta, las acciones realizadas por la teniente Paola Ochoa, en Bahía de Caráquez y del alférez de fragata León en San Vicente demostraron el profesionalismo, en particular; y, de la solidaridad en general. El teniente Omar Vásquez fue mi mano derecha en toda esta larga semana, pude observar su valentía a prueba de todo, su don de gentes evidenciable en cada uno de sus actos y sobre todo su lealtad en ser consecuente a mis órdenes.

El saldo de nuestro servicio fue positivo, algún día la misma población de Canoa podrá dar fiel testimonio de lo que hicimos, recordarán a los de pixelado con la reata anaranjada con negro. A los de sombrero comando, a los jóvenes patriotas dispuestos a dejar hasta el último de su hálito en el campo de batalla, que para este caso, era la zona cero de la localidad de Canoa.

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AUTORES: CPCB-IM MILTON MENDIETA FLORES Y CPCB-IM EDWIN ORTEGA SEVILLA

CANOA 2016 AYUDA HUMANITARIA DE LA INFANTERÍA DE MARINA

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